1 #2
—Deberías ponerlo en una taza.
—Ya tengo una taza aquí.
Me miró.
Lo miré.
Había bromas que podías hacer porque eran bromas, y bromas que no hacías porque el remate podía plantear una pregunta incómoda.
Fui yo la que apartó la vista primero, y me puse a sacar el cilantro.
La cena fue pavo picado con pimentón ahumado, comino, cebolla y ajo suficiente para aniquilar cualquier posibilidad de conversación educada con desconocidos.
La cena tardó más de lo necesario porque Mitchell cocinaba como operaba: organizado, atento y ligeramente ofendido por los atajos. Yo me senté en la encimera mientras él terminaba el arroz, y leí en voz alta los mensajes que se iban acumulando en el chat familiar.
—Tu padre ha mandado el mismo pulgar arriba cuatro veces —dijo.
—Cree que cada uno confirma la recepción.
—Maritza dice que el domingo es a las dos ahora.
—Mentira. Las dos del domingo quiere decir comer a las cuatro y media.
—Tu madre dice a las tres.
—También mentira.
Miró por encima del hombro.
—¿A qué hora vamos?
La palabra «vamos» pasó junto a mí con tanta naturalidad que casi no la noté.
—A las tres y media —dije—. Si llegamos antes, papá te hará ayudarle a mover algo pesado.
—Me cae bien tu padre.
—Por eso te hace mover cosas.
—Respeto mutuo.
Removió el arroz.
—Monica ha preguntado si seguimos yendo a su casa el fin de semana que viene.
—¿Nosotros? —pregunté, antes de pensarlo mejor.
Mitchell se volvió.
—Has dicho que querías ver la nueva colección de dinosaurios de Simon.
—Y quiero verla.
—Entonces, nosotros.
Lo dijo sin ser consciente de que esa palabra pesaba.
Quizá para él no pesara.
Me obligué a volver a la zona segura de la conversación.
—Simon tiene cuarenta y siete dinosaurios de plástico.
—Cuarenta y nueve. Frank le ha comprado otros dos.
—Tu padre es un consentidor.
—Es abuelo. Las normas de licencia son otras.
Sonreí.
A Monica y a Maureen las había conocido unos meses antes.
También a Teresa y a Frank. Nunca hubo una presentación que aclarase qué era yo.
Mitchell había dicho: «Esta es Leah», como si mi nombre contuviera toda la información necesaria.
Nadie había hecho preguntas delante de mí.
Tampoco nadie me había tratado como a una extraña.
Teresa me guardaba los bordes crujientes del arroz porque una vez dije que eran lo mejor.
Frank me mandaba fotos cuando su planta de albahaca por fin dejó de morirse.
Simon había decidido que yo imitaba mejor que Mitchell la voz de un velocirraptor y no le había permitido recuperarse.
Me había integrado en la familia Navarro igual que me había integrado en el piso de Mitchell: poco a poco, sin que mediara ninguna reunión.
—¿Qué? —preguntó Mitchell.
Me di cuenta de que lo estaba mirando.
—Nada.
—Eso es sospechoso.
—Tu pelo está haciendo algo ridículo.
Se lo tocó automáticamente.
Me eché a reír.
—Qué cruel.
—Te lo has buscado.
Se acercó, apoyó una mano en la encimera, junto a mi muslo, y se inclinó tanto que pude olerle el ajo en los dedos.
—Arréglalo.
—Ni hablar.
—Tú has causado el problema.
—Yo he observado el problema.
—¿Distinción profesional?
—Crucial.
Bajó la cabeza hasta que no me quedó más remedio que besarlo o apartarme.
Lo besé.
Solo duró unos segundos, hasta que pitó el temporizador de la cocina.
Mitchell se apartó con un suspiro.
—Salvados por el arroz.
—El arroz tiene un criterio excelente.
Volvió a los fogones y yo lo observé moverse por la cocina.
Si alguien me hubiera mostrado aquel momento sin contexto —las bolsas de la compra, nuestros planes familiares, el beso entre fogones, mis pies descalzos apoyados en el mueble de la cocina—, habría sabido perfectamente qué estaba viendo.
Probablemente por eso prefería tener el contexto.
El contexto me daba escapatorias. Mitchell picaba mientras yo lavaba la verdura.
Nos movíamos por aquel espacio estrecho sin chocarnos porque nos sabíamos el radio del cuerpo del otro.
Abría el cajón antes de que yo le pidiera el pelador.
Yo le deslizaba la sal hacia la mano izquierda cuando la estiraba sin mirar.
—No has terminado de comer —dijo él.
Lo miré de reojo.
—¿Me estabas vigilando la bandeja?
—No. A las dos y media te empezaba a doler la cabeza y te has puesto a frotarte justo aquí —se tocó la sien—. Siempre haces eso cuando te saltas la comida o duermes mal. Has dormido bien, porque te has quedado con casi toda la manta y me has dado dos patadas.
—Una.
—Dos.
—Demuéstralo.
—Tengo moratones.
—Eres un cirujano general de metro ochenta y tres. Sobrevive.
Me pasó un vaso de agua con gas por encima del hombro. Con lima.
Lo cogí y se me ocurrió, de forma nada útil, que no conocía a nadie más que recordara qué lado de la cabeza me dolía cuando me saltaba la comida.
Cenamos en su pequeña mesa de nogal y hablamos de todo menos de nosotros.
Aquella mañana, un residente había llamado «la agarradora» a una pinza de Babcock delante de un adjunto.
Mitchell imitó la cara del adjunto con tanta precisión que casi se me fue el arroz por otro lado.
Yo le conté la campaña de Rochelle para que repararan un calentador de mantas averiado a base de mandar correos cada vez más formales a mantenimiento.
Él se acordó de que yo le había prometido a Maritza ayudarla a elegir una alfombra el domingo.
Yo me acordé de que el lunes tenía una limpieza dental y lo amenacé con escribirle mensajes hasta que fuera de verdad.
Nada de aquello parecía trascendental.
Ese era el peligro de la rutina. Podía construir una vida a la vista de todos y hacerla pasar por simple comodidad.
Después de cenar, él fregó mientras yo secaba, porque el lavavajillas había empezado a hacer un ruido que él sostenía que estaba «dentro de los parámetros normales de funcionamiento» y que, según yo, sonaba como un mapache atrapado en una plancha de metal.
Cuando acabamos de cenar, encontré las galletas de limón del mercado ya guardadas en el armario donde Mitchell tenía los aperitivos que a mí me gustaban. No había preguntado dónde iban. Lo sabía.
Me quedé con el armario abierto un segundo más de la cuenta.
—¿Qué? —preguntó él desde el fregadero.
—Nada.
—Van dos veces esta noche.
—Quizá te estés volviendo desconfiado.
—Quizá tú estés rara.
Cerré el armario.
—Quizá la organización de tus aperitivos sea emocionalmente abrumadora.
—Lo sabía.
La broma volvió a rescatarme. Sequé el siguiente plato y dejé que lo hiciera.
A las nueve estaba en el sofá, con las piernas cruzadas, viendo un programa de reformas cuyos presentadores, por lo visto, no habían conocido en su vida un muro de carga que les mereciera respeto. Mitchell estaba estirado, con la cabeza en mi regazo y un brazo cruzado sobre el estómago.
Le hundí los dedos en los músculos tensos de la base del cráneo.
Cerró los ojos.
—Si paras, presento una queja.
—¿Ante quién?
—Recursos humanos.
—No trabajamos en el mismo departamento.
—Entonces, ante el ayuntamiento.
—Denver es muy receptiva a las reclamaciones por masajes de cuello de casi novios.
Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.
Abrió los ojos.
Mis dedos se detuvieron un latido.
—Lo de «casi novio» suena médicamente grave —dijo entonces.
Resoplé y clavé el pulgar con más fuerza en el nudo.
Ahí estaba. Asunto zanjado. Fácil.
Se nos daba muy bien lo fácil.
Me rodeó la pantorrilla con la mano, cálida y distraída, y me recorrió el interior del tobillo con el pulgar. Siguió mirando la televisión otros treinta segundos antes de volver la cara hacia mi estómago y besarme a través de la camiseta, justo por encima de la cinturilla.
—Espero que eso no sea un intento de distraerme del horror estructural de este programa —dije.
—Jamás. Respeto la arquitectura.
—Dijiste que tu lavavajillas tenía una estructura sólida. Has perdido toda credibilidad.
Se incorporó y apoyó una mano junto a mi cadera.
—¿Y si te distraigo de insultar a mis electrodomésticos?
—Depende de la calidad de la distracción.
Se le curvó la boca.
Esa sonrisa también la conocía.
Me besó despacio al principio, con una familiaridad que hacía innecesario buscar el ángulo.
Sabía a lima, a ajo y al chicle de menta que había mascado después de cenar.
Me hundió la mano en los rizos, en la nuca, y los recogió con cuidado para no tirar, mientras yo le ponía la palma plana en el pecho.
Entre nosotros no había incertidumbre de primer beso. No nos preguntábamos si al otro le gustaban los dientes, la lengua o la presión. Teníamos un año de información almacenada en el cuerpo.
Me subí a su regazo, con las rodillas a ambos lados de sus caderas. Sus manos se posaron en mi cintura con tanta naturalidad como si hubieran estado esperando ahí toda la noche.
—¿Estás cansada? —murmuró contra mi boca.
—Ya no.
—¿Te duele la cabeza?
—Se me ha pasado.
—Qué conveniente.
—No me hagas cambiar de idea.
Se rio en medio del siguiente beso.
Así era el sexo con Mitchell cuando no intentábamos impresionarnos: divertido hasta que dejaba de serlo, sin prisa hasta que, de pronto, la había.
Me quitó la camiseta por la cabeza, con cuidado de no engancharme los rizos, y la lanzó hacia el sillón. Falló por casi un metro.
—Coordinación de élite —dije.
—Fuera de servicio.
Me bajó la boca por la garganta mientras yo le subía la camiseta y deslizába las manos por la piel cálida y los planos firmes de su espalda.
Conocía la cicatriz tenue del costado izquierdo, de un accidente de bici en la adolescencia; el punto bajo las costillas que le cortaba la respiración; la manera en que por fin se le aflojaban los músculos de los hombros cuando le arrastraba suavemente las uñas por la columna.
Él me conocía igual de bien.
Sus dedos encontraron el cierre del sujetador sin titubear.
Luego llegó su boca, y después sus manos, y las ganas de bromear que me quedaban se adelgazaron hasta volverse calor.
Le agarré los hombros mientras me trazaba una lenta línea de besos por el esternón y luego volvía a subir, como si no hubiera motivo para apresurarse hacia algo que ya sabíamos que iba a pasar.
—¿Al dormitorio? —preguntó.
Miré hacia el pasillo y luego a la alfombra, debajo de la mesa de centro.
—Está muy lejos.
—Al menos tres metros y medio.
—Una barbaridad.