Capítulo 99 El Despertar del Corazón
Monasterio de Carracedo.
—Lucía, Lucía… —Mira, parece que ya recobra el sentido.
Abrí los ojos y la luz me golpeó con una nitidez hiriente.
Poco a poco, mi visión dejó de ser una mancha de colores para convertirse en rostros.
Estaba tendida en el suelo, rodeada de una docena de caras que me miraban con una mezcla de curiosidad y alarma.
Distinguí alas de ángeles, el velo de una mujer, el hábito de un fraile…
¿Dónde estaba? ¿Era el cielo? ¿Había muerto en la cripta?
—Dejadle espacio, vamos. Y tú, deja de grabar, que la vais a ahogar.
La cara desencajada de Luis empezó a mostrar un gesto de alivio infinito. Se agachó hacia mí y me ayudó a sentarme. Al moverme, las flores de lis de mi vestido color vino centellearon bajo el reflejo del sol que se colaba por el gran óculo de la pared.
—¿Estás bien, reinita? —me susurró, estrechándome la mano. —¿Dónde estamos? ¿Dónde está el broche? —pregunté con el corazón en la garganta—. Luis, el broche de los cesteros… lo he perdido.
—¿Te refieres a este? —Luis sacó el broche de plata de entre los pliegues de su capa—. ¿Qué cesteros? La chica a la que se lo compramos en el puesto de artesanía no tenía mucha pinta de cestera, pero vamos, igual me equivoco.
Cogí el broche y lo apreté contra mi pecho con una fuerza desesperada. Aquel metal frío era la prueba de que no estaba loca. Era el ancla que me recordaba que, hace solo unos segundos, yo estaba en las profundidades hablando con mis antepasados.
—¿Qué ha pasado, Luis? —Estábamos aquí, en esta sala, y tú te quejabas de que a la infanta Sancha no se le hacía el reconocimiento que merecía.
Decías que la figura del relieve del techo no tenía barba, ¿recuerdas?
Fuiste a pasar por el tímpano de la puerta para entrar en la Cocina de la Reina y, ¡catapúm! , caíste al suelo como un plomo.
Miré a mi alrededor. Allí estaba yo, con el vestido desparramado por el suelo, rodeada de ángeles músicos con sus instrumentos, el alcalde, el guardia de seguridad, frailes y damiselas con trajes multicolores.
—¿En qué época estamos? Estoy… confusa.
Luis hizo de barrera humana para darnos un poco de intimidad.
Me miró a los ojos y arqueó las cejas con esa complicidad suya.
—Reinita, estamos en 2026, en pleno evento medieval de Carracedo.
Te empeñaste en venir porque querías escribir una novela sobre su historia.
Vaya golpe te has tenido que dar en la cabeza para olvidar hasta el año.
De repente, todo se volvió claro. El sonido se hizo nítido y las personas se enfocaron. Recordé la cámara secreta, a Sancha con su bebé y la revelación de que Luis y yo éramos parientes lejanos; ambos ramas del mismo árbol que plantó la pequeña Vera.
Miré a Luis, que no tenía ninguna brecha en la frente, y sonreí con lágrimas en los ojos. —Estás vivo… —Mmm… bueno —me ayudó a reincorporarme mientras bromeaba con los espectadores para quitarle hierro al asunto—. Es que el vino del Bierzo es muy potente, tiene mucho cuerpo y sube rápido.
El alcalde, preocupado, se acercó a nosotros. —¿Quieres que llamemos a una ambulancia para que te lleve al hospital, hija?
—¡No, muchas gracias! —respondí con una energía renovada. Elevé la mirada hacia el tímpano de la puerta, ese relieve que mostraba a una reina con su bebé, velando a alguien que dormía bajo la protección de ángeles—. Estando aquí, tan bien acompañada… ¡no me pierdo este festival por nada del mundo!
Todos rieron. Sentí el calor y el abrazo de aquellas gentes que, sin conocerlas, percibía tan cercanas. Entendí que todos estamos interconectados, que somos parte de un entramado donde hasta la mínima astilla es vital. Como una cesta de mimbre perfectamente tejida.
Bajamos al claustro; estaba a punto de comenzar el concierto donde mi tía Bianca haría de soprano, como cada año.
Tomamos asiento. Bajé la voz justo en el momento en el que Bianca comenzaba a entonar su solo: el "O Vis Aeternitatis".
Su voz, clara y etérea, parecía elevarse por encima de los arcos apuntados, conectando el cielo con la tierra.
—Luis... ¿qué ha pasado ahí arriba? —le susurré.
—Te desplomaste, justo como lo hiciste en aquel verano del 99. –Dijo, Luis, bajando el tono.
–¿Y lo del broche? ¿Eso de que se lo compraste a una artesana?
—Algo tenía que decir. Es lo primero que se me ocurrió.
Me vino a la mente lo que tu madre me contó hace unos años: que tu abuelo se lo compró a tu abuela en un mercado medieval allá por los años 50.
Por cierto, –continuó Luis, tras una pausa de un segundo.
– Deberían poner un sofá o algo mullido en el Palacio Real para la próxima vez que se te ocurra venir —bromeó.
—¡Shhhhhh! Silencio... —Una señora vestida de María Antonieta, con un pelucón que desafiaba la gravedad, se quejaba de nuestros susurros—. Un poco de respeto por las personas que están ahí arriba cantando, oye. Es que ya no se puede ni disfrutar de la música en condiciones.
—Es verdad, señora, tiene toda la razón —dijo Lucía con una sonrisa, guiñándole un ojo a Luis—. Hoy en día no se respeta ni a la familia.
Esa tarde en Carracedo, bailé, reí y me sentí más viva que nunca. Miré mi broche de plata, mi tesoro, y sonreí. Sancha y el Caballero habían cumplido su promesa: la memoria seguía viva.
Mi corazón, por fin, estaba en casa.
Fin.
El cogobierno de Alfonso VII el Emperador y la infanta Sancha Raimúndez consolidó un proyecto político-militar y religioso sin precedentes en la Península Ibérica.
Juntos, expandieron las fronteras y afianzaron la cristiandad mediante la célebre Toma de Almería (1147) —una campaña internacional de cruzada marítimo-terrestre— y la estratégica incorporación de los Caballeros del Temple, a quienes entregaron fortalezas fronterizas clave para garantizar la seguridad del reino.
En el ámbito social y patrimonial, transformaron la institución del Infantado en un señorío vitalicio que dotaba de tierras, ingresos y total independencia a las mujeres solteras de la realeza, permitiéndoles ejercer un poder político autónomo.
Al mismo tiempo, sembraron las rutas del norte con fortificaciones y monasterios románicos y del Císter, blindando la retaguardia frente a invasiones, mientras convertían el Camino de Santiago en un eje espiritual y cultural inexpugnable mediante el traslado, donación y depósito de reliquias santas (como la de la Santa Espina en Valladolid) en templos, colegiatas y hospitales.
Para poner la guinda a este legado, devolvieron su antiguo esplendor al Monasterio de Carracedo (León) en 1138; impulsado por la infanta Sancha, este cenobio renació como un eje espiritual y en una sede de residencia real —con sus estancias palaciegas—, erigiéndose en un lugar estratégico del Bierzo fuertemente custodiado por los caballeros templarios desde la vecina Ponferrada y envuelto en una aureola de enigmas y misterios medievales que perduran hasta hoy.