Capítulo 98 El Espejo de las Almas
—¡Mieeeerda! Pero ¿en qué estabas pensando?
Me grité a mí misma, sintiendo cómo el eco de mi propia voz me devolvía mi estupidez.
La había cagado, pero bien. Empecé a moverme de un lado a otro en la pequeña sala octogonal, con las manos en la cabeza, incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir.
Yo, queriendo hacerme la entendida, ¿qué sabré yo de códigos templarios?
Me había pasado de lista y ahora Luis estaba allí, tirado como un fardo.
Yo sabía de spots de televisión y de teorías de la comunicación, pero no sabía ni poner una tirita.
Resoplaba, tratando de controlar la náusea y de no desmayarme al ver la sangre de Luis brotando de la brecha de su cabeza.
Miré las cartas del tarot que habían quedado boca arriba: el ángel de la Templanza, la diosa de la Justicia y la mujer agarrando las fauces del león, la Fuerza.
La diosa de la Justicia parecía mirarme fijamente, reprendiéndome por mi imprudencia.
—Luis, tío, te traes unas cartas y no te traes un botiquín. ¡Ya te vale! ¡Responde! ¡Dime algo!
Saqué mi alcatel del bolso, pero ni una rayita de cobertura.
En las profundidades de un monasterio la tecnología era más inútil que un cenicero en una moto.
Me eché a llorar. La situación me superó por completo.
Esto era el "culmen" del que hablaba el epitafio de Sancha, pero un culmen de dolor.
Yo siempre había sido la "doña ocurrencias", como me llamaba mi madre de pequeña, pero ahora mi mente estaba en blanco.
Luis, mi compañero del alma, la persona que siempre estuvo a mi lado en mis peores momentos, yacía sin conciencia en una cripta húmeda y mortal.
La bola de metal seguía oscilando levemente, como un recordatorio físico de mi error. La paré con las manos temblorosas para no volverme loca.
—Perdóname por lo que voy a hacer, Luis.
Le rompí su amada capa de lino blanco por el hombro izquierdo, el que no había sufrido el impacto.
Con el retal de la cruz patada le envolví la cabeza para detener la hemorragia, apretando un nudo improvisado.
Apoyé su cabeza en mi regazo, y le cubrí el cuerpo con mi capa.
Le tomé el pulso. Era débil, lento... se me estaba escapando.
De repente, las linternas empezaron a parpadear.
—¡Noooo! —grité.
Las pilas se agotaban, rindiéndose al unísono.
Un silencio sepulcral y una penumbra aterradora invadieron la sala y mi propia alma.
El frío, la sangre y la desesperación hicieron mella en mí.
Me dejé ir. Reposé mi cabeza sobre el pecho de Luis, en el centro exacto de la geometría de piedra.
Al poco rato, sentí un cosquilleo eléctrico recorriéndome la columna.
Un movimiento involuntario me colocó boca arriba.
Estaba sola en la oscuridad, temiendo lo que iba a encontrar, pero saqué valor de lo más profundo de mi ser y abrí los ojos.
Allí estaba. En la clave de la bóveda, donde se unían los ocho nervios, un círculo negro con un brillo sobrenatural me reflejaba.
—El Speculum —susurré.
Era un objeto físico, la reliquia que el linaje Carracedo había custodiado durante siglos.
Una energía densa y grisácea empezó a expandirse desde el espejo por toda la sala.
Y entonces, en el hueco abovedado, aparecieron dos figuras sentadas: la Reina Infanta Doña Sancha y el noble Custodio de Carracedo.
Me giré levemente para poder verlos de frente, aún en el suelo y con la cabeza de Luis inconsciente sobre mi regazo.
Él vestía una túnica de lino; ella, un vestido celeste de manga larga que le cubría hasta los pies y en su cabeza portaba una sencilla corona dorada.
En sus brazos sostenía a un bebé cubierto de gasas blancas, con apenas unos meses de vida.
Verles a los tres, ahí mirándome con una sonrisa tan humana y amable, me hizo estremecer. No sentí miedo, sino paz.
—Hola, Lucía. Teníamos muchas ganas de encontrarnos con vosotros —dijo Carracedo con una dulzura solemne—.
Habéis demostrado ser dos nobles guerreros, como lo fue Sancha y lo será nuestra pequeña Vera.
Este espacio sagrado es nuestro punto de encuentro entre generaciones.
Como custodia, Lucía, queremos ofrecerte, a través del espejo, la posibilidad de elegir tu destino.
—Sí, somos tus padres ancestrales —prosiguió Sancha, poseedora de una belleza divina—.
Nuestra hija Vera fue la segunda de la estirpe del espíritu de Carracedo.
Y tanto tú como Luis descendéis del mismo linaje, fruto de nuestro amor.
Estamos orgullosos de ti. Has aguantado la adversidad de los acontecimientos tan desafiantes como el viento del norte; has mantenido la calma frente a la sensación de no poseer cuerpo, como el fuego del sur; has sido justa trayendo luz al mundo como el sol de la mañana; y has sido prudente por la sabiduría obtenida de la oscuridad de la noche.
Me miraron con una paz infinita.
—El espejo te proporcionará el futuro que quieras visualizar. Solo tienes una oportunidad. Sabes lo que tienes que hacer. Ahora, salva a tu familia, Lucía.
Su imagen se desvaneció y del espejo apareció una escena maravillosa: yo, mis padres, mis hermanos y mis abuelos, todos juntos en una mesa, riendo, felices, en una realidad donde el castillo de naipes nunca se había caído.
Era lo que más deseaba en el mundo. Las lágrimas me nublaron la vista.
Pero entonces miré a Luis, inconsciente a mi lado.
Me di cuenta de que no podía aferrarme a un pasado que ya no existía. Todo ocurre por un motivo. El futuro no estaba en esa mesa de recuerdos; el futuro estaba aquí, en el hombre que había arriesgado su vida por seguir mis corazonadas. Luis era mi familia ahora.
Respiré profundamente, cerré los ojos y dirigí mi intención al espejo. La imagen cambió: vi a Luis y a mí tomando un vino en el bar de Borja, sanos, vivos, riendo. "La vida está bien como es", pensé. "Todo es perfecto. Que así sea".
El espejo se fundió con la piedra, transformándose en el símbolo de los cesteros de Carracedo dentro de un círculo, sellando la estancia para siempre. Miré a Luis. Su rostro había recuperado el color y la herida de su cabeza había desaparecido por completo, borrada por la magia del Speculum.
Ahora me tocaba a mí sacarnos de allí. Me acerqué al altar con una prudencia extrema, aceptando mi ignorancia y repasando las palabras de mis antepasados:
Acontecimientos fríos como el viento del Norte... —Coloqué la Fortaleza (F) al Norte.
Calma frente al fuego de los invasores del Sur... —La Templanza (T) se quedó al Sur.
Justa trayendo luz como el sol de la mañana (Este)... —Coloqué la Justicia (I) al Este.
Prudente ante la oscuridad de la noche (Oeste)... —Coloqué la Prudencia (P) al Oeste.
Al encajar la última piedra, me agaché por instinto, protegiendo a Luis, esperando otro golpe. Pero no pasó nada. Una puerta se deslizó hacia el lado Sur, revelando un camino estrecho y una escalera que subía hacia una luz clara.
—Luis... Luis, tenemos que irnos.
Él abrió los ojos, confundido pero sano. Al subir por la escalera, vi en una de las piedras dos marcas de cantero entrelazadas: la cruz templaria y el nudo de los cesteros. Y entonces, la luz me invadió por completo.
—Lucía... Lucía…