Capítulo 97 El libro de la sabiduría
—Vale, buscamos una J, una T, una F y una P...
Me puse a buscar apuntando con la linterna a los laterales tallados de los cubos.
Estaba allí agachada, como una dama medieval buscando tréboles de cuatro hojas en medio del campo.
Luis me observaba con una media sonrisa; era un experto en encontrar el punto cómico hasta en el peor de los lugares, incluso aquí, en las catacumbas de Carracedo.
—Mira, Luis, los voy a poner apartados en hilera para pensar antes de encajarlos. —Espera, reinita. Los estás buscando en castellano. Tenemos que usar el latín; acuérdate de que esta gente lo usaba para todo.
—Es verdad, Luis. Parece mentira que no haya aprendido la lección a estas alturas.
Saqué mi diccionario liliputiense para confirmar: Justicia (Iustitia), Templanza (Temperantia), Fortaleza (Fortitudo) y Prudencia (Prudentia). Alineé los cuatro cubos: la I, la T, la F y la P.
Nos quedamos mirando las piedras en silencio. Un silencio denso, solo roto por el goteo del agua que generaba un eco singular en la sala octogonal.
—¿Y ahora qué orden? ¿Cuál corresponde al Norte y cuál al resto? ¿O da igual?
—Uff, Lucía... no lo sé. Eso no me lo enseñaron en la orden. No lo he visto ni en el Libro del Orden de Caballería de Ramón Llull ni en los escritos de Bernardo que he leído.
—Pues tenemos que avanzar —dije, sintiendo cómo la paciencia se me escapaba entre los dedos—. Pensemos. La Templanza representa el punto medio. En el Tarot —dije, recordando las charlas con Luis—, es un ángel que vierte líquidos de una vasija a otra sin derramar nada. El equilibrio.
Luis miró al infinito.
—Es cierto. –Musitó.
Sin vacilar, buscó uno de los saquitos que colgaban de su cinturón de cuero y de él extrajo un mazo de cartas de los 22 arcanos mayores.
No me sorprendió, él nunca salía de casa sin ellas.
–En los Arcanos Mayores hay tres cartas que se llaman así.
Podríamos intentar colocarlas por el orden en el que aparecen.
Existen teorías que vinculan a los templarios con el Tarot.
Yo siempre pensé que forman parte de un lenguaje cifrado de geometría sagrada y que contienen el conocimiento universal tanto de oriente como de occidente.
—¿Cuál es el orden, entonces? —Hice un esfuerzo por no entrar en una prometedora conversación al respecto, para centrarme en lo que nos ocupaba.
—No es tan sencillo, Lucia. En el tarot, con la Templanza no hay duda, es el número 14, pero no hay una carta de la Prudencia y además, la Justicia y la Fuerza —Luis hizo una pausa, tratando de encontrarlas en el mazo y, tras colocarlas una al lado de la otra en el suelo, prosiguió –intercambian sus números, el 8 y el 11, según el mazo que mires.
El ocho de nuevo, Lucía... siempre el ocho.
—No podemos esperar más. Las pilas se van a acabar —sentencié, ignorando la advertencia de Luis.
Mi mente iba a mil por hora, tratando de forzar una solución—.
A ver...pongamos las virtudes en orden siguiendo el sentido de las agujas del reloj, la Templanza es el equilibrio y se corresponde con el número 14, así que la pongo abajo, al Sur.
Y la Prudencia, como no tiene número, la pongo en el Oeste, a la izquierda, que sería la última de la serie.
Encajé los dos cubos en las hendiduras. No pasó nada. El silencio siguió siendo absoluto.
—¿Ves, Luis? Vamos por el buen camino.
Luis no las tenía todas consigo. Afirmó con la cabeza para complacerme, pero vi en sus ojos una sombra de duda. Me sentía orgullosa, poseída por una determinación heroica.
—Vale, nos quedan la Fortaleza y la Justicia. Fácil: la Justicia va en el Norte porque como la Templanza, indica el punto medio, y la Fortaleza en el Este, a la derecha, para compensar la pasividad de la prudencia.
Encajé los dos últimos cubos con un golpe seco. Me puse en pie y me sacudí el polvo de las manos con un par de palmadas triunfales.
—¡Listo!
No hubo tiempo para celebrar. Antes de que pudiera reaccionar, un estruendo seco desgarró el aire.
En una de las paredes donde se escondían las cadenas, los ladrillos falsos del área central estallaron.
Una bola de metal maciza, del tamaño de una pelota de playa, osciló con una fuerza devastadora desde la penumbra de la bóveda.
Era un péndulo brutal y silencioso hasta el impacto.
—¡Luis, cuidado! —grité, pero fue tarde.
La bola golpeó a Luis de lleno en su trayectoria, proyectándolo con violencia contra la pared de piedra. Luis cayó al suelo de forma seca. Su linterna rodó por el suelo húmedo, iluminando sus botas de piel de montar y su capa blanca, ahora manchada de polvo y sangre.
—¡Luis! ¡Luis, por Dios!
Me arrodillé a su lado. Tenía una brecha en la cabeza y había perdido el conocimiento. El corazón impaciente me había jugado la peor de las pasadas. Había fallado y el precio lo estaba pagando él.