Capítulo 96 El Teclado de Dios
Nos quedamos en el umbral, justo tras la pared desplazada de la chimenea.
Ante nosotros, unos peldaños de piedra descendían hacia un fondo oscuro que parecía tragarse la luz de nuestras linternas.
Las escaleras se veían infinitas. A nuestra derecha, pegada a la pared interna, distinguimos una palanca de madera vieja y deteriorada por la humedad.
—Probablemente sea para cerrar la entrada desde dentro —aventuró Luis, alargando la mano.
El pánico me atenazó la garganta. —¡No la cierres! ¿Y si luego no hay salida? Nos quedaríamos aquí atrapados para siempre, Luis.
Él no respondió. Se quedó en silencio, con la mano suspendida en el aire, calculando riesgos.
En ese preciso instante, el eco de unas risas llegó desde la sala de la reina.
Una chica y un chico, vestidos de pajes y con sendas copas de vino en la mano, entraron buscando un rincón íntimo para darse el lote.
Por puro instinto, para evitar ser descubiertos antes de que llegaran a la chimenea, Luis accionó la palanca hacia abajo.
La piedra rugió de nuevo y el acceso se selló a nuestras espaldas.
—¿Qué has hecho? ¡Yo te mato! —rezongué en la penumbra. —Shhh... calla, o nos oirán. No te preocupes, Lucía, esta gente no era tonta. Tiene que haber una salida por otro lado. Ten fe, reinita. ¡Booooo!
Luis se puso la linterna bajo la barbilla, poniéndome una cara de monstruo que, a pesar de la situación, me hizo soltar una risilla nerviosa.
Sus tonterías eran el bálsamo que necesitaba para que el peso de la montaña no me aplastara, aunque sabía que él también las usaba para calmar sus propios demonios.
Empezamos a descender. El haz de nuestras linternas iluminaba una sillería perfecta. El techo, bajo y de medio punto, nos obligaba a caminar encorvados, similares al pasaje de la huerta y al lúgubre locutorio en el mismo monasterio; estábamos recorriendo las tripas de piedra del edificio.
—Cuidado donde pisas —susurró Luis. Sus botas resonaban sobre los escalones húmedos que bajaban en espiral—. Este aire no se ha movido en siglos.
A medida que nos adentrábamos en el inframundo, la música y las voces del festival se desvanecieron por completo.
A mitad del trayecto, la claustrofobia empezó a ganarme la partida.
Empecé a perder la esperanza. Toqué el hombro de Luis, obligándole a parar.
Me miró y la luz de su linterna hizo brillar las pequeñas flores de lis doradas de mi vestido carmesí.
—Luis, creo que estamos perdiendo el tiempo.
Esto es peligroso. No sé en qué momento nos hemos liado tanto.
Quiero volver. Vamos para arriba, por favor.
—Lucía —me miró fijamente, sin pestañear—.
Entiendo que estés así, pero ¿no ves que esto está aquí por algún motivo?
Por favor, no pierdas la esperanza. Algo bueno saldrá de esto.
—¿Bueno? ¡Estamos camino del infierno!
—Lucía, no te reconozco. Eres la personificación de la superación: tus padres, estudiar fuera sin recursos, tus experiencias astrales... No me digas que ahora, por una escalera oscura, te vas a echar atrás.
Suspiré profundamente. Tenía razón. —¿Sabes? Siempre me ha ayudado pensar que la vida son etapas que pasan y que al final todo se arregla.
—Pues céntrate en eso, deja de ser agorera y sigue bajando. No vaya a ser que, por estar aquí parados, se nos acaben las pilas de las linternas.
—¡Ostras! Es verdad, ¡baja, baja!
Llegamos al final de la escalinata, que enmarcaba la entrada a una estancia. Mi corazón empezó a latir a una velocidad de infarto, pero apliqué las técnicas de control que durante meses había practicado para controlar mis parálisis y logré mantenerme entera.
Luis elevó la linterna hacia el tímpano de la puerta. Allí había una talla preciosa: una cruz templaria de nudos intrincados flanqueada por dos leones adosados, idénticos a los del capitel del palacio real.
Aunque cubierto de musgo y humedad, se conservaba en perfecto estado. En la parte inferior rezaba una inscripción:
"Thesaurus in corde reginae templariae invenitur"
—Uff... el tesoro... reina templaria... ¿qué dice el resto?
Con un gesto de triunfo, saqué de mi bolso medieval un librito del tamaño de una nuez.
Luis se quedó de piedra. —¿Qué es eso? —Mi libro "liliput" de latín.
Lo compré en octavo de EGB para aprobar con Sócrates.
Como el hombre tardaba una eternidad en escribir las preguntas en la pizarra, yo sacaba este diccionario debajo de la mesa. Fue mi salvación.
Luis me miró con una mezcla de admiración y espanto: —Eres lo peor, pero en estas circunstancias te lo dejaré pasar.
Busqué las palabras clave mientras él me iluminaba—. Corde... corazón. Ya decía que me sonaba esta palabra, está en la inscripción del broche de mi familia.
Invenitur... encontrar, hallar. Vale, Luis. Podría decir algo así como que:
El tesoro se encuentra en el corazón de la reina templaria.
—Sancha—. Nombramos al unísono. Su nombre retumbó en el oscuro espacio que se hallaba frente a nosotros tras el último escalón y ante el umbral coronado por el arco con su inscripción.
Era el acto final, el amor desinteresado que Sancha había profesado y con esta inscripción nos daba la bienvenida. O así lo quisimos entender. Nos miramos, respiramos hondo y cruzamos el umbral hacia la cámara secreta.
Capítulo 96: El Teclado de Dios
Monasterio de Santa María de Carracedo. Sábado, 7 de agosto de 1999
Al cruzar el umbral, el tiempo se detuvo.
La estancia que se abría ante nosotros era una reproducción a pequeña escala del interior de Santa María de Eunate.
Era un espacio sorprendentemente austero y magnético, con una nave central octogonal cubierta por una bóveda de crucería nervada.
Ocho nervios nacían del centro exacto del techo y descendían hasta los vértices, donde descansaban sobre capiteles con motivos vegetales y geométricos que me recordaban a los de la sala capitular, allí donde Bianca había cantado.
Una tenue luz natural entraba por pequeños ventanales y lucernarios elevados, generando una atmósfera de recogimiento absoluto.
El silencio era tan pesado que podía oír mi propio parpadeo.
De la bóveda colgaban unas cadenas enormes que se perdían en el interior de las paredes, una frente a otra.
Ese diseño en pares —como los leones del tímpano— me sugería una simetría que iba más allá de lo arquitectónico.
A la derecha, un hueco abovedado en forma de arco me hizo estremecer; era idéntico a los sepulcros de los abades. El vello de mis brazos se erizó. Al fondo, a la izquierda, un pequeño altar de piedra nos esperaba.
—Luis, espera —susurré, agarrándole del brazo—. Sin baldosas flotantes, sin pinchos. Miremos bien.
Asegurándonos de que el suelo era firme, avanzamos.
Estaba húmedo, como si hubiera sido drenado recientemente; las paredes mostraban marcas de agua a media altura.
Por la posición de los tragaluces, intuí que estábamos situados bajo el patio, entre el mirador y la iglesia, a muchos metros de profundidad.
Me sentí pequeña y, a la vez, inmensamente afortunada.
Éramos los primeros en respirar este aire en siglos.
Al llegar al altar, vimos unos 20 cubos de piedra.
De unos doce centímetros. Inmediatamente pensé en mis cajas de CD-ROM.
Había unos treinta cubos esparcidos por el suelo, perfectamente cortados.
Sobre el altar, grabada en la piedra, una cruz patada atravesada por dos líneas, una vertical y otra horizontal, formaba una disposición de cuatro cuadrantes.
En los extremos de estas líneas, había cuatro hendiduras cuadradas de, precisamente, doce por doce centímetros.
Luis y yo empezamos a mirar los cubos y las hendiduras rítmicamente, como en un partido de tenis. Nos agachamos para inspeccionarlos. Cada cubo tenía una letra tallada en uno de sus lados. Había una por cada letra del alfabeto.
—No hay ninguna inscripción en las paredes, Luis. La sala está vacía —dije, buscando desesperadamente una pista en los capiteles de los ocho nervios—. Repasemos lo que tenemos. La clave tiene que estar en lo que ya hemos leído.
Saqué el diario de mi abuelo y el cuaderno de notas. Repasé las frases una a una, saboreando el latín que ahora parecía formar parte de mi propia lengua:
El epitafio de Sancha: “Hesperiae Speculum decus orbis, gloria regni. Justitia culmen et pietatis apex” (Espejo de España (occidente), adorno del mundo, gloria del reino.
La justicia es la cumbre y la piedad el punto más alto).
Inscripción grabada sobre la cubierta del sepulcro de piedra de la infanta-reina Sancha Raimúndez, en el Panteón de los Reyes de San Isidoro de León.
La inscripción en el dorso de la fíbula de plata la Octalfa, simbolo sagrado de los cesteros infanzones de Carracedo y grabado en piedra en los óculos del ala este y oeste de la Cocina de la Reina en las dependencias de lo que fue el Palacio de la Reina, antigua residencia de la infanta Doña Sancha y de su familia: “Ubi est thesaurus tuus, ibi est et cor tuum” (Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón).
“Valde dilexit Carrazetum” (Ella amó mucho a Carracedo).
Tambien hallado en el Tumbo de Carracedo, el códice o libro cartulario medieval donde los monjes copiaban exhaustivamente los privilegios reales, donaciones, sentencias judiciales y crónicas internas para asegurar la memoria y los derechos de la abadía, Esta anotación particular quedó registrada en los textos históricos redactados a mediados del siglo XII.
La Fuente de la Chata: “Vera lux est speculum Sanciae in Gloria Mundi” (La verdadera luz es el espejo de Sancha en la gloria del Mundo).
El tímpano de la entrada: “Thesaurus in corde regine templarie invenitur” (El tesoro se encuentra en el corazón de la reina templaria).
—Tesoro, espejo, corazón, cumbre.... —murmuré—. Al final todas las frases contienen palabras similares.
Luis, con sus ojos aún destellantes, se rascó la cabeza bajo la capucha templaria que llevaba puesta desde el momento de entrar en la sala, quizá como muestra de respeto a un espacio sagrado.
—Lucía, corre una leyenda en mi hermandad sobre un espejo de obsidiana traído de Tierra Santa.
Decían que no era de este mundo porque reflejaba los deseos mundanos.
Como una televisión de la Edad Media. No te lo conté por el código de honor y porque no tenía claro que fuera real, pero al ver esto... todo es posible.
—¿Tu código de honor? —le miré con incredulidad— ¿Y me lo dices ahora?
Pero Luis ya no me escuchaba. Su mente estaba en otro lugar, conectando cables invisibles.
Empezó a repasar el diario: "Justitia culmen...
Pietatis apex... Cor... Corde...". De repente, me agarró la cara con ambas manos y me dio un beso en la frente de esos sonoros que retumbó por las paredes y hornacinas de la sala.
—¡Es el corazón, reinita! ¡Es el corazón virtuoso!
—exclamó con una alegría casi infantil—.
Tenía razón desde el principio. Hemos pasado la primera prueba: la Fe (Fides) de la palanca.
Hemos pasado la Esperanza (Spes) de la escalera.
Y hemos llegado aquí por Caridad (Caritas), por el amor a Sancha y a la historia de nuestro país, de nuestros ancestros. ¡Son las tres virtudes teologales!
Me quedé mirándole como si se hubiera vuelto loco, pero sus palabras empezaban a dar forma al caos.
—Mira la cruz del altar, Lucía. Las líneas marcan los cuatro puntos cardinales: Norte, Sur, Este y Oeste. Representan las siguientes cuatro virtudes del código: las Virtudes Cardinales.
—¿Y cuáles son? —pregunté impaciente, mirando los cubos de piedra con las letras.
—Justicia, Templanza, Fortaleza y Prudencia.
Me quedé mirando los cubos con letras, los conté, eran exactamente 22 cubos.
Si Luis tenía razón, las cuatro hendiduras del altar esperaban cuatro letras.
Una para cada virtud cardinal. Pero, ¿cuáles?
¿Eran las iniciales? ¿O formaban una palabra nueva?
La sala seguía en silencio, pero ahora sentía que las piedras nos estaban observando, esperando a que nuestros "corazones virtuosos" encontraran las teclas correctas.
—Tenemos que pensar, Luis —dije apoyándome sobre el altar con precaución, por si activaba algo—. Si ponemos las que no son, no sabemos lo que puede pasar, pero creo que nada bueno.