Capítulo 100 El Ermitaño del Guiniguada
En las laderas del barranco, donde la ciudad de Las Palmas parece detenerse para respirar, se alzaba una casa-cueva que desafiaba cualquier norma arquitectónica.
Tenía un pequeño huerto algo destartalado y una nave anexa de la que escapaba el cacareo constante de unas gallinas que parecían vivir en un estado de anarquía total.
Allí vivía un hombre que parecía haber sido escupido por un túnel del tiempo, o quizás por un festival de rock de los ochenta que se alargó demasiado.
Su barba era un mapa salvaje de pelos negros y blancos, a juego con una melena lacia y grasienta que nacía a mitad de una calva franciscana y moría en una coleta desaliñada.
Lucía una camiseta de Batman llena de agujeros sobre una barriga prominente, unas bermudas de "Coronel Tapioca" que habían visto tiempos mejores y unas chanclas castigadas por un peso que ya no sabían cómo soportar.
—¡Tirma! ¡Niña! ¿Qué haces con el dispositivo ese? —gritó Chema a su hija adolescente, quien ignoraba a su padre mientras grababa un trend de TikTok.
—¡Papi, calla! —Tirma, que llevaba el nombre de las famosas chocolatinas canarias por puro capricho paterno, dejó de bailar al recibir una notificación—.
Mira, mi amiga Paula está en un directo desde la península.
¡Hay una tía en el suelo! Es muy gracioso porque hay gente vestida de ángel alrededor. Quizá está muerta.
—¿Muertaaaaa? —Chema se acercó arrastrando las chanclas—. ¡Trae el móvil, endiablado invento! Si no fuera porque tu madre te lo permite, yo te lo tendría prohibido. ¡La tecnología solo trae desgracias! Y encima viendo cadáveres a tu edad... ¡Anda! Pero... ¡si a esta la conozco yo!
Chema se ajustó unas gafas que estaban sujetas con cinta aislante y entornó los ojos hacia la pequeña pantalla de cristal líquido.
—Era la chica de la que estaba enamorado en la facultad —susurró con una mezcla de nostalgia y asombro—. Recuerdo que se quedó flipada cuando le diseñé en Illustrator aquel nudo celta que me trajo todo roído en un trozo de papel.
—¿Enamorado? —Tirma arqueó una ceja—. Se lo voy a contar a mamá.
—No serás capaz. Bueno, total, díselo. Tu madre Guacimara y yo ya no estamos juntos. Incompatibilidad de caracteres, ya sabes. El espíritu libre y el orden no se llevan.
En la pantalla, la imagen mostraba a Lucía recuperando el sentido en el Oratorio del Abad.
—Mira, ya se levanta. Se habrá desmayado —continuó Chema, rascándose la barba—.
¿Dónde está? ¿En una fiesta medieval? Sabes...
creo que vive por aquí. La he visto ya varias veces por el barrio de Vegueta, pero no me ha reconocido.
Qué raro, si yo sigo igual que en el 99.
Yo creo que, en el fondo, le gustaba, pero nunca se atrevió a decírmelo.
Tirma soltó una carcajada que espantó a las gallinas.
—Mira, ahora que soy un hombre libre de nuevo, quizá contacto con ella —pensó en alto Chema con una dignidad renovada—.
Niña, busca ahí en tu aparato ese si tiene Vistagram o como se llame eso donde cotilleáis la vida de la gente.
Siempre me pregunté por qué desapareció de la facultad a media carrera y no volvió a pisar Segovia.
Y yo, como que me llamo José María Domínguez Peraza, ¡no pararé hasta averiguarlo!.