Capítulo 90 Operación Rosetón
Aquella tarde, el Monasterio de Carracedo exhalaba un calor antiguo.
Luis y yo caminábamos entre los visitantes intentando parecer dos turistas más, pero el tubo de cartón que Luis llevaba bajo el brazo —y que juramos que era un plano de arquitectura para un trabajo de clase— pesaba como si fuera de plomo.
Llegamos a la Cocina de la Reina. El sol empezaba a bajar, bañando los muros de esa luz dorada que precede al ocaso. De repente, la voz del guardia de seguridad rompió el silencio de la sala:
—¡Cinco minutos para el cierre, señores! Vayan saliendo hacia el claustro.
Vimos al guardia alejarse por el pasillo para avisar a un grupo en la sala contigua. Era el momento.
—¡Ahora o nunca! —susurré.
Luis se colocó bajo el óculo del mirador, que se alzaba a una altura inalcanzable. Se agachó y yo, con una agilidad de la que no me creía capaz, me subí a sus hombros.
—Venga, "reinita", que no eres precisamente una pluma —gruñó Luis mientras se incorporaba con las piernas temblando—. Como nos pille el guardia, nos hace a la parrilla en esa chimenea gigante, te lo digo yo.
—¡Cállate y no te muevas! —le respondí, peleándome con el vinilo electrostático.
El primer intento fue un desastre; el nudo quedó torcido. Lo despegué con el corazón en la garganta, escuchando los pasos del guardia que volvía. Segundo intento. Mis dedos volaban sobre el metacrilato que protegía el óculo original.
—¡Luis, un poco más a la derecha! —le pedí. —¡Que me caigo, Lucía! ¡Date prisa que ya escucho las llaves del tipo!
Al tercer intento, el rosetón de la Octalfa PVC de Chema encajó perfectamente en el centro del óculo. El misterio de la electricidad estática hizo su magia: quedó pegado como si fuera una calcomanía. Me deslicé hacia abajo justo cuando el guardia asomaba la cabeza por la puerta pequeña.
—Ya venía yo a buscaros —nos dijo el hombre con una sonrisa amable—. Venga, que queda un minuto. Gracias por la visita.
Salimos conteniendo una risa histérica. El guardia ni siquiera miró hacia arriba. Acabábamos de "hackear" el siglo XII con un vinilo y mucho morro.
Cenamos en Cacabelos, en un sitio emblemático de la zona donde el vino del Bierzo nos ayudó a calmar los nervios, y nos quedamos a dormir en un hostal de Carracedelo. Casi no dormimos. A las cinco de la mañana, antes de que el alba rompiera el horizonte, ya estábamos de vuelta.
Nos colamos por el Jardín de la Reina, el patio que ahora era una sencilla y plana explanada.
El aire era gélido y el rocío empapaba mis zapatillas.
Subimos por las escaleras modernas que llevan al mirador exterior, el único lugar desde el que podíamos ver la proyección sin tener que asaltar el monasterio.
El sol empezó a asomar por los picos. Un rayo de luz pura atravesó el valle y, de repente, ocurrió el milagro: la luz pasó a través de nuestro vinilo y proyectó el nudo infinito, emblema de mis antepasados cesteros, sobre la pared interior de la base del mirador.
—¡Luis, otra vez! ¡Tengo que ver dónde cae exactamente! —exclamé.
Luis suspiró, se puso en posición y volví a trepar a sus hombros. Desde esa altura, asomándome por el borde de la ventana circular hacia el interior, vi cómo el centro de la Octalfa se posaba con precisión matemática en la base de la columna más cercana al rosetón, a unos centímetros del suelo.
—Veo algo... una oquedad entre unas líneas diagonales —dije emocionada—. ¡Pásame los prismáticos!
—¿Pero cómo quieres que te dé los prismáticos? —protestó Luis haciendo malabares mientras me sostenía—. ¡Si te suelto te vas de cabeza por la barandilla, "reinita"!
Con un movimiento de contorsionista, Luis logró quitarse la correa del cuello y alzó los prismáticos hacia mis manos. Ajusté el enfoque. Mi corazón se detuvo.
—Luis... no te lo vas a creer. Hay un pequeño agujero oculto en la piedra. Y rodeándolo, grabada con una finura casi invisible, ¡hay una Cruz Templaria!.
Luis soltó un silbido bajo. Allí, donde el sol y el vinilo se daban la mano, la historia de Sancha y el Caballero acababa de manifestarse al más puro estilo medieval en los albores del final del milenio.