Capítulo 89 Un desayuno piadoso
Entré en el bar de Borja como un torbellino.
Llevaba el diario del abuelo apretado contra el pecho y los ojos brillantes por la falta de sueño y la adrenalina.
Luis ya estaba allí, sentado en nuestra mesa habitual con un café humeante.
Se quedó mirándome fijamente, pero no por el diario, sino por mi cara.
—Buenos días —gritó Luis rebosante de energía —Pues sí que has madrugado hoy. No tienes buena cara. ¿Has dormido bien?
—Te recuerdo que ayer estuve trabajando toda la noche. Así que qué cara crees que puedo tener. No he dormido ni cinco minutos.
—Borja, ponle un café con leche cargadito a la reinita, que lo necesita más que nadie.
—¡Marchando! —Borja se movía dentro de la barra como pez en el agua —Buenos días Lucía.
—Buenos días, Borja —respondí agradecida por ese maravilloso café que me estaba preparando. —por cierto, vamos a necesitar de tus conocimientos Borja cuando puedas.
Solté el diario sobre la mesa y lo abrí por las páginas de los diagramas solares y el epitafio. Luis empezó a leer en silencio, frunciendo el ceño mientras seguía las flechas del abuelo.
—Justitia Culmen… —murmuró Luis—. "Cúspide de la justicia" o "máximo equilibrio".
Lucía, esto tiene que ser la alineación.
El momento exacto en que el sol atraviesa la Fuente de la Chata, entra por el óculo y proyecta la marca en la sala de la Cocina de la Reina.
Es el punto de equilibrio total del mecanismo.
—¿Y esto que pone aquí "Pietatis Apex”? —pregunté yo, señalando el último punto.
Luis se rascó la barbilla, pensativo. —Cima de la piedad. No lo sé. Podría ser un lugar físico con altura. ¿La torre del monasterio? Quizá hay que observar algo desde arriba mientras la luz hace su trabajo abajo. Tu abuelo no lo dejó muy claro.
—Tenemos que hacer una lista de "imprescindibles" —.
Luis extrajo una servilleta del servilletero de Cocacola que había sobre la mesa y un boli del bolsillo de su camisa —.
A ver: el tubo con el vinilo de Chema, linternas potentes, la fíbula de plata con la Octalfa, el diario, mi cuaderno y el plano detallado del monasterio —.
Estábamos tan absortos que no nos dimos cuenta de que Borja se había acercado a la mesa para dejarnos mi café humeante y un plato de churros con una montaña de azúcar blanco por encima.
—Muy bonito todo, chicos —interrumpió Borja, apoyando las manos en la barra y mirándonos con su habitual sorna cariñosa—. Pero hay un detalle que se os escapa en vuestras cuentas de Indiana Jones.
—¿Qué pasa, Borja? —preguntó Luis.
—¿Cómo tenéis pensado el 24 de junio colaros en la sala de la reina y colocar un vinilo de 120 cm de diámetro sin ser vistos?
Me quedé con medio churro en la mano. Luis y yo nos miramos.
—No lo hemos pensado aún —susurró Luis, hundiendo los hombros—. Podríamos colarnos cuando esté cerrado, de madrugada.
El silencio cayó sobre nosotros. No podíamos simplemente entrar y ponernos a colocar el vinilo sobre el metacrilato del rosetón sin llamar la atención del guardia o de los visitantes.
—Necesitamos un plan para entrar sin acabar en el cuartelillo —dije yo, untando el churro en la montaña de azúcar—. Colarse en un monumento patrimonio histórico de madrugada no es precisamente moco de pavo.
Borja nos miró con una media sonrisa enigmática. —Si queréis ver lo que los monjes veían hace ochocientos años, tendréis que aprender a moveros como ellos: entre las sombras y antes de que el mundo despierte. Tendréis que estar allí antes del alba.
—Chicos —dije masticando el último churro que quedaba en el plato —. Tengo un plan.