La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 88 Hesperiae Speculum
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Capítulo 88 Hesperiae Speculum

Había quedado con las chicas después de las clases en el Ópera, en la Plaza de Guevara.

Era el cuartel general de los universitarios, ese lugar donde el humo del tabaco y las risas tapaban cualquier preocupación académica.

El plan era sencillo y sagrado: la ruta de las tapas por el casco antiguo.

Teníamos el buche pidiendo guerra y sabíamos que Segovia no nos iba a fallar: cazuelitas de lentejas con patatas, cortezas crujientes, espárragos trigueros con jamón... un festín de supervivencia estudiantil.

Pero antes de que pudiéramos pedir la primera ronda, algo rompió la atmósfera.

Dentro de mi mochila, unos pitidos electrónicos con una melodía monofónica y repetitiva empezaron a sonar. Aquel sonido era el equivalente a que un alienígena aterrizara en mitad del bar. Toda la facultad se quedó mirándome como si tuviera una bomba o un bicho raro entre los libros.

Muerta de vergüenza —porque en aquella época ser la única con móvil te hacía sentir como una exhibicionista tecnológica—, saqué mi Alcatel One Touch Easy de color mostaza. Salí corriendo del local, esquivando miradas, mientras el aparato no dejaba de vibrar en mi mano.

—¿Dígame? —Hola cariño, soy tu madre.

Se me pasó el sofoco de golpe. Mi madre me llamaba desde Formentera, el destino que había encontrado para trabajar y recomponerse tras el derrumbe del castillo de naipes que había sido nuestra estabilidad familiar.

Hablamos de lo de siempre: el dinero, el frío de Segovia, que si no paraba quieta con tanto trabajo extra...

Pero su voz tenía un tono insistente, como si estuviera esperando que yo soltara una pieza del puzzle que ella ya tenía en la mano.

—Mamá... tengo que contarte algo —le dije, apoyada en una pared de piedra fría, lejos del ruido del Ópera—.

Llevo tiempo con unas parálisis, no se exactamente lo que es, me pasa justo antes de dormir.

Pero es raro. El escenario de la habitación cambia, como si fuera a otra dimensión. Veo pasadizos, escaleras...

Hubo un silencio al otro lado de la línea, solo roto por el siseo de las ondas que cruzaban el mar.

—A mí también me está pasando, Lucía —soltó ella de repente.

Me quedé helada. ¿A ella también? ¿A miles de kilómetros, en una isla rodeada de agua turquesa, el mismo gris denso la atrapaba por las noches?

—Tengo visitas nocturnas —continuó mi madre, con voz serena pero extrañada—. La habitación se vuelve gris y sé que hay alguien. Es un hombre alto, moreno, de aspecto rudo. Nunca lo he visto con los ojos, Lucía, es algo intuitivo. Sé que está ahí, cuidándome o vigilándome.

—Es él, mamá. Es el Caballero de Carracedo, un antepasado nuestro—sentencié, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el enero segoviano.

Le conté todo: el diario del abuelo, el broche que Bianca custodiaba y mi plan de ir al Bierzo con Luis en San Juan. Mi madre escuchó en silencio, con esa sabiduría de las mujeres que han aprendido a leer entre líneas.

—Ten mucho cuidado, hija. Te echo mucho de menos. Estudia, que eso es lo único que nadie podrá quitarte nunca; es la base de tu futuro. En cuanto pueda, volveré a Valladolid para veros a los tres.

Nos despedimos con un "te quiero" que sonó a promesa. La familia podía estar hecha añicos, dispersa por la geografía, pero los pedazos seguíamos unidos por ese vínculo invisible que ahora sabía que era, además, un vínculo más allá de este mundo, un hilo infinito que duraría para siempre.

Mis compañeras salieron del Ópera en ese momento, empujándome entre risas.

—¡Venga, Lucía! Deja de hacer el ridículo con esa cosa pegada a la cara y vamos a por las lentejas. ¡Que se enfrían!

Guardé el Alcatel amarillo en el bolsillo. Se reirían del teléfono pero yo acababa de descubrir que mi madre y yo compartíamos el mismo guardián.

Capítulo 88: Hesperiae Speculum

Valladolid. Sábado, 16 de enero de 1999

Salí del Black Rose a las cuatro de la mañana con los oídos pitando por la música y el olor a tabaco mezclado con perfume de Armani pegado a la ropa.

Mi hermana se había quedado en Madrid este finde para preparar su máster, así que la casa familiar me esperaba vacía, con ese silencio denso que últimamente me ponía los pelos de punta. No quería dormir.

Para hacer tiempo hasta que saliera el sol, fui a Paco Suárez.

Aquella noche el after estaba a tope. Saludé a medio Valladolid en la pista, bailando entre luces de neón hasta que los primeros rayos del amanecer empezaron a clarear la calle del Cuadro.

La luz matutina siempre me reconfortaba, como si barriera de un plumazo las sombras de la noche.

Tras arrasar con las tapas de la cafetería junto al colegio El Salvador —necesitaba comida caliente para asentar el cuerpo—, me dirigí a casa.

Entré directa a la habitación de mis padres, mi luminoso refugio, huyendo del aspecto abandonado del resto del piso.

Di un salto a la cama y abrí el diario de mi abuelo con una mezcla de ansiedad y complacencia.

Tenía una corazonada. Recordaba la inscripción de la Fuente de la Chata:

Vera lux est speculum Sanciae

In Gloria Mundi,

in die Portae Hominum,

ad memoriam posterorum

Saqué el cuaderno de Luis para releer la traducción:

"La verdadera luz es el espejo de Sancha en la Gloria del Mundo, en el día de la Puerta de los Hombres…".

—Speculum... —susurré—. ¿Un espejo? ¿Tendremos que llevar uno?

Empecé a pasar páginas con frenesí. Vi el mapa del Camino de Santiago, con Peñafiel marcado con fuerza —mis raíces — y el árbol genealógico de Alfonso VII.

Me detuve en el signo de interrogación junto a Sancha.

El abuelo también sospechaba que aquella mujer libre y poderosa no podía ser de piedra; tuvo que amar, pudo emparejarse con alguien.

¿Sería mi antepasado, el Vigilante, ese alguien?

Pasé a la página siguiente y una palabra en mayúsculas me perforó el ojo en la hoja derecha:

HESPERIAE SPECULUM (Espejo del atardecer)

Debajo, el abuelo había escrito: "Su reflejo es el amanecer".

Había dos diagramas solares. En el primero, el sol estaba a la izquierda (Oeste/Ocaso). En el segundo, separado por una línea vertical, el sol estaba a la derecha (Este/Amanecer). Bajo la línea de separación, una palabra en grande: ESPEJO.

Y debajo: JANUA HOMINUM.

Mi abuelo había llegado a la misma conclusión que Luis y yo por una vía distinta.

La página izquierda venía encabezada por el título: el "Epitafio de la tumba en el Panteón de los Reyes de León":

Hesperiae Speculum decus orbis,

gloria regni. Justitia culmen et pietatis apex

Me quedé mirando el latín y un arrepentimiento tardío me recorrió el cuerpo. "Debería haber atendido mucho más a Sócrates, mi profesor de latín de las Carmelitas", pensé. Y yo que creía que aquello no servía para nada... Mi abuelo lo había desglosado como un código a lo Indiana Jones:

HESPERIAE SPECULUM: Espejo de la tierra del atardecer                                           (Hispania).

DECUS ORBIS: Joya de la humanidad (Monasterio de Carracedo).

GLORIA REGNI: Gloria del reino (La Cocina de la Reina).

JUSTITIA CULMEN: Alineación / Equilibrio.

PIETATIS APEX: Cima de la piedad.

—¡Es un acertijo! —exclamé en la habitación vacía.

"In gloria mundi" de la fuente era lo mismo que "Gloria regni" del epitafio.

Se referían al Monasterio. Pero, ¿qué era el Espejo?

¿Era un objeto físico o una alegoría del reflejo del sol al atardecer proyectándose hacia el amanecer?

¿Y qué era la "cima de la piedad"? ¿Una montaña? ¿El punto más alto del monasterio?

La exaltación me borró el cansancio de golpe. Me olvidé de dormir. Agarré el teléfono y marqué el número de Luis.

—¿Luis? Soy Lucía. Nos vemos en veinte minutos en el bar de Borja. No me importa que sea temprano. Tienes que ver lo que he encontrado en el diario. El abuelo descubrió algo...

Colgué, agarré el diario y salí de casa como alma que lleva el diablo.