La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 91 El descanso de la Reina
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Capítulo 91 El descanso de la Reina

Bajé de los hombros de Luis casi sin aliento, no por el esfuerzo físico, sino por la visión de esa cruz grabada en la sombra.

Guardamos los prismáticos y nos alejamos del jardín del monasterio a paso rápido, con la culpabilidad de dos adolescentes traviesos y la excitación de dos arqueólogos profesionales.

El vinilo se quedó allí, adherido al metacrilato por la fuerza electrostática; para quien lo viera minutos después, ya no serviría, ya que la marca de luz se habría desplazado con el movimiento del sol.

Lo encontrará probablemente el guardia, pensé, y seguramente lo retirará pensando que es una broma de algún graciosillo.

—No podemos volver a Valladolid y esperar sentados, Luis —dije mientras subíamos al coche—. El abuelo anotó el epitafio del sarcófago de Sancha en las mismas páginas que el Janua Hominum. Puede que en su tumba encontremos más respuestas antes de volver a Carracedo.

Luis arrancó el coche, todavía frotándose los hombros con una mueca. —A León, entonces. A ver si doña Sancha nos recibe hoy.

Llegamos a la Real Colegiata de San Isidoro antes del mediodía.

El ambiente allí era distinto al del Bierzo; más solemne, más regio.

Pagamos la entrada y nos dirigimos al Panteón de los Reyes.

En cuanto entramos, el frescor de la piedra y la magnitud de las pinturas románicas nos envolvieron.

Es un lugar que te obliga a bajar la voz, incluso a bajar los pensamientos.

Buscamos el sarcófago de la Reina Sancha.

Allí estaba, imponente, una pieza de mármol custodiando los restos de la mujer que había marcado nuestro destino siglos después.

—¡Guau! vaya shock!. Me esperaba un sarcófago más "sofisticado", con detalles dorados o grabados de su vida. Un estilo Tutankamón. Da que pensar el gran poder que tuvo y la humildad que desprende su lugar de reposo —le dije a Luis mientras sacaba el diario de la mochila.

Lo abrí y busqué la página dedicada al epitafio con las palabras en latín: “Hesperiae Speculum decus orbis, gloria regni. Justitia culmen et pietatis apex”.

—Mira, Lucía —susurró Luis—. El abuelo no se equivocó ni en una letra.

—"...y aunque doña Sancha falleció en León, su corazón siempre estuvo en su fundación del Bierzo —una mujer con voz pausada explicaba a unos turistas, acercándose al sepulcro—.

De hecho —continuó—, se dice que este sarcófago está orientado de tal manera que, si pudiéramos trazar una línea recta hacia el oeste, conectaría directamente con el altar de su 'querido' Carracedo.

Además, fíjense en el texto: menciona la 'Pietatis Apex'.

Muchos creen que se refiere a una cima física, pero los estudiosos sugieren que es una clave de acceso espiritual: solo se alcanza la cima cuando el que busca tiene el corazón virtuoso.

Esta idea coincide con el eje central de la doctrina del famoso abad Bernardo de Claraval, conocido por ser el fundador de la orden del Císter e impulsor de los Caballeros Templarios y, por cierto, gran amigo de la reina Sancha Raimúndez, que ahora reposa en paz aquí".

Luis me miró con los ojos como platos.

—Lucía... "el corazón virtuoso". Tiene que ver con las virtudes —Luis se puso serio por primera vez en la vida—. Vamos, ya hemos visto todo lo que teníamos que ver. Te cuento en el coche.

No abrió la boca durante el trayecto a la salida de la Colegiata.

A mí me tenía preocupada. ¿Qué era eso del corazón virtuoso y por qué Luis, de repente, se mostraba tan misteriosamente callado?

Llegamos al coche y Luis se apresuró a subir.

Normalmente me abre la puerta del copiloto, como buen caballero, pero esta vez su mente estaba en otro lugar.

No quise molestarle, así que también guardé silencio.

Sabía que, cuando tuviera sus pensamientos en orden, me contaría lo que tuviera que contarme.

Presentía que era algo que no debería contar, o algo que mejor mantener en secreto. Conozco a Luis y, cuando está así, es porque tiene un choque interno entre lo que quería decir y lo que tenía que callar.