Capítulo 83 El Banquete de los Inocentes
El invierno en el Bierzo tenía un aroma particular: una mezcla de tierra mojada, castañas asadas y el humo dulce de las chimeneas que se elevaba hacia los picos nevados de los Ancares.
El Monasterio de Carracedo, aunque todavía con andamios en el ala del claustro, lucía imponente bajo la luz grisácea del solsticio.
La Fuente de la Chata ya manaba agua cristalina, decorada para la ocasión con ramas de acebo y muérdago, símbolos antiguos que los monjes toleraban como bendiciones de la tierra.
En el interior de la Cocina de la Reina, el ajetreo era incesante. Aquel espacio se había convertido en un palacio de luz y fuego. Los cuatro grandes arcos frente a la chimenea proyectaban sombras danzantes sobre los frescos del techo.
—¡Mirad las pinturas! —exclamaba Sancho, señalando los techos de la sala—. Padre dice que este es el salón más hermoso de todo el reino.
La sorpresa llegó con el estruendo de los cuernos de caza en el exterior. Alfonso, el Emperador, y su esposa Berenguela, habían decidido desviar su camino hacia León para pasar la Natividad en el refugio de su hermana.
—¡Hermana! —tronó la voz de Alfonso al entrar en la sala, despojándose de su capa cubierta de escarcha—. No podíamos permitir que disfrutarais de este calor sin nosotros.
Berenguela de Barcelona, con su elegancia innata y su tocado de finas gasas, abrazó a Sancha con afecto.
La presencia de la Emperatriz traía consigo el refinamiento de la corte de Barcelona: especias exóticas, espejos de metal pulido y una alegría más mediterránea que suavizaba la severidad leonesa.
El banquete fue una oda a la abundancia del Bierzo.
Los monjes de la cocina, bajo la supervisión del Caballero de Carracedo (que actuaba como anfitrión militar del lugar), servían jabalí asado con miel, truchas frescas del río Sil, pan de centeno recién horneado y grandes jarras de vino tinto de la zona.
No había tenedores; se usaban cuchillos de caza y trozos de pan para recoger los jugos, pero la vajilla era de plata y estaño, una vajilla reservada para la realeza.
El Caballero, sentado en un extremo de la mesa para no romper el protocolo real, cruzó una mirada con Sancha.
Sus ojos se desviaron hacia Vera, que estaba sentada entre los infantes reales, compartiendo un trozo de pastel de manzana.
Era una visión peligrosa y hermosa: la hija secreta cenando con los herederos legítimos del Imperio, sin que nadie, salvo tres personas en aquella sala, supiera la verdad.
—Este lugar tiene alma, Sancha —comentó Berenguela, mirando hacia los óculos que daban al ala oeste—. Se siente una paz que no existe en Toledo ni en León. ¿Qué es ese diseño que se vislumbra tras los andamios?
Sancha mantuvo la calma, aunque el corazón le dio un vuelco. —Un simple motivo de entrelazado, cuñada. Los cesteros de estas tierras lo usan para reforzar la base de sus cestos. Quise honrar a la gente del Bierzo en mi palacio.
Alfonso rió, golpeando la mesa con su jarra. —¡Honrar a los cesteros! Solo tú, Sancha, pondrías un nudo de mimbre en un palacio de piedra. Pero el efecto es magnífico.
La cena terminó con los cantos de los monjes que llegaban desde los arcos del templo.
El Puer Natus Est resonaba en los muros de piedra, fundiéndose con el crepitar de la chimenea.
En ese momento, en la Cocina de la Reina, la historia se detuvo.
No había guerras, ni conspiraciones, ni fronteras.
Solo una familia unida por la sangre y el secreto, protegida por el fuego y por la geometría oculta grabada en sus muros que, en la penumbra del invierno, parecía vigilar el sueño de una niña llamada Vera.
Esa noche, Sancha supo que Carracedo era sagrado. No por las piedras, sino por lo que acababa de suceder: la paz de una gran familia junta, bajo la misma luz de Navidad.