Capítulo 82 El Tubo del Destino
Crucé la Plaza Mayor de Segovia con el CD-ROM de Chema a buen recaudo en la mochila.
Esta plaza tiene algo que te abraza; es amplia pero recogida, con la silueta imponente de la Catedral —la "Dama de las Catedrales"— asomando con sus pináculos góticos por un costado.
En el centro, el quiosco de música redondo parecía esperar a una banda que nunca terminaba de llegar.
Caminaba sobre los adoquines pensando en lo que decían las malas lenguas: que cada vez que los obreros levantaban el suelo para alguna reforma, aparecían esqueletos de romanos con sus armaduras y cascos intactos.
Decían que los tapaban corriendo, con miedo a que los arqueólogos paralizaran las obras durante décadas.
Me estremecí al pensar que, bajo mis pies, Segovia era un cementerio de legiones, igual que el Bierzo era un cementerio de secretos.
Doblé por una de las calles radiales que mueren en la plaza y encontré el letrero: Copyfast.
Al entrar, me recibió el olor inconfundible a ozono y papel caliente.
Un chico joven, alto y guapo, pero con ese tono de piel grisáceo de quien no ha visto la luz del sol desde el verano, me atendió tras el mostrador.
Al alzar la vista tras él, el local parecía no tener fondo; un laberinto de fotocopiadoras zumbando y, al final, unos plotters gigantes de donde salían rollos de papel interminables.
Alguna de aquellas máquinas iba a traer el siglo XII al presente.
—Hola. Traigo un archivo vectorial en este CD —le dije, intentando sonar profesional—. Es un diseño de nudo celta para un escaparate. Necesito que mida 120 centímetros de diámetro.
El chico metió el CD en su ordenador y silbó al ver la perfección del trazo de Chema. —Está muy bien hecho. Nodos limpios. ¿Lo quieres en vinilo adhesivo normal o impreso en papel?
—Es para ponerlo en un cristal —respondí, pensando en el Mirador de la Reina.
El chico se rascó la barbilla y me miró con complicidad.
—Si vas a ponerlo por la cara interior del cristal, te propongo algo mejor.
Podemos hacerlo en un material no adhesivo que se pega por electricidad estática.
Se adhiere solo, no deja burbujas y, lo más importante, se quita en un segundo sin dejar ni rastro de pegamento. Es ideal para montajes temporales.
Me quedé de piedra. Ni el listillo de Chema, con todo su Illustrator 8.0, me había hablado de eso. Era la solución perfecta para Carracedo: una intervención limpia, sin huellas.
—¡Eso es perfecto! —exclamé—. Hagámoslo así.
—Dame quince minutos.
Me quedé esperando en la puerta, viendo cómo la luz de Segovia empezaba a declinar sobre la piedra ocre de los edificios. Quince minutos después, el chico volvió con un tubo de cartón de un metro y treinta centímetros.
Al cogerlo, sentí un escalofrío. El tubo era rígido, largo y pesado. Al momento me vino a la mente el pergamino de Sancha y nuestro asalto a la Catedral de León, parecía que habían pasado siglos desde entonces.
Aquello era mi versión moderna del legado: el plano de la luz de Sancha, protegido en un cilindro de cartón de finales de milenio.
—Aquí tienes. Trátalo con cuidado, que a ese tamaño el material es delicado —me advirtió el chico con una sonrisa lánguida.
Salí de la imprenta con el tubo al hombro, como si fuera una lanza o un estandarte. Tenía el rosetón de la Octalfa conmigo. Solo faltaba que pasaran los meses, que el invierno se rindiera a la primavera y que el sol buscara, una vez más, la Puerta de los Hombres.