La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 81 El Algoritmo de la Vera Cruz
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Capítulo 81 El Algoritmo de la Vera Cruz

Para llegar a casa de Chema tuve que cruzar el paraíso.

Me subí al autobús que serpentea por el camino del Alcázar, y al mirar por la ventanilla, me sentí transportada a uno de los cuentos que mi abuelo me contaba.

El castillo se alzaba como el de Cenicienta, recortado contra un cielo gris plomizo, con el valle del Eresma a sus pies, una alfombra verde y húmeda que me hacía soñar con princesas cautivas y valientes caballeros.

Y entonces, tras la magnificencia del imponente castillo, allí estaba: la Iglesia de la Vera Cruz.

Aparentemente modesta y discreta pero templaria y emblemática hasta la médula.

Con su planta poligonal desafiando el paso de los siglos.

Verla allí, tan cerca de mi destino, fue como recibir una señal.

Me recordó de alguna manera a la de Eunate en Navarra, San Bartolomé en Soria.

El nudo que iba a diseñar Chema parecía ser la llave de una red de piedra que cubría todo el reino.

Me bajé en Zamarramala con las piernas temblando por el frío. Busqué la calle que Chema me había anotado. En mi mochila llevaba, como cortesía de la casa, unos trozos de turrón del duro, algo grasientos por el paso de las fiestas, pero sabía que para Chema aquello sería maná.

Llamé a la puerta. Él apareció con su sonrisa infinita, esa que dejaba ver más encía que dientes, obligándome a mirarle fijamente a los ojos para no perder la compostura.

—¡Lucía! ¡Puntualidad británica! Pasa, pasa... —me hizo pasar a una habitación que olía a electrónica caliente y a una extraña mezcla de pizza fría e incienso.

En el centro del escritorio, brillando como un altar, estaba el iMac G3 azul.

—Mira esto, Lucía. He estado dándole vueltas a tu dibujo antes de que llegaras.

Busqué en internet, pero apenas hay cuatro webs con dibujos de nudos celtas y ninguna se parece a tu diseño de ocho curvas.

Pero no pasa nada, porque tengo el Adobe Illustrator 8.

0. Salió hace nada y tiene algo que te va a volar la cabeza: las Guías Inteligentes.

Chema se sentó, sus dedos morcillones volando sobre el ratón de bola. Se notaba que quería impresionarme; me miraba de reojo buscando mi aprobación.

—Atenta, que esto es magia —dijo mientras abría un archivo en blanco—. El método para que este nudo de los cesteros quede perfecto es el Método del Grafo Circular.

Empezó a trazar mientras me explicaba el proceso a una velocidad de vértigo:

El Grafo: Dibujó un círculo y lo dividió con 16 radios. —Como quieres 8 bucles exteriores, necesito al menos el doble de puntos de referencia —explicó—. Luego trazo el primer bucle asegurando que sea simétrico.

Rotación: Copió el bucle y usó la herramienta de rotación. —360 grados entre 8 bucles... ¡45 grados de rotación exacta! —Las guías inteligentes de la versión 8.0 brillaban en azul cada vez que los puntos encajaban perfectamente.

Conexión: Empezó a unir las líneas de los bucles con una precisión quirúrgica.

Alineación de puntos: Entró en el "Modo Contornear" (Ctrl+Y). —Esto es lo más importante, Lucía. Si los puntos no se besan perfectamente, el vinilo de corte se hará un lío. Con la herramienta de Selección Directa muevo los nodos hasta que el Illustrator me dice que están alineados.

—Es... es increíble —susurré. Ver cómo el dibujo torcido de mi papel vegetal se convertía en una geometría perfecta y negra en la pantalla del iMac me dio un vuelco al corazón. Aquello era el "branding" del pasado reconstruido con el futuro.

—¡Ya está! —exclamó Chema triunfante tras un par de clics finales—. Un nudo infinito de ocho lóbulos, unicursal y matemáticamente exacto. Listo para ser vectorizado.

Metió un CD-ROM en la ranura del iMac. El sonido del disco girando llenó el silencio. Mientras se grababa el archivo, Chema se echó hacia atrás, cruzando las manos sobre su camiseta de Batman.

—Oye, Lucía... por curiosidad —dijo con ese tono de "listillo" que no podía evitar—. ¿Para qué quiere una estudiante de publicidad un vinilo de corte de 120 centímetros de un nudo prerromano?

Me inventé la bola más sensata que pude procesar en ese momento.

—Es para mi tío. Quiere montar un estudio de tatuajes en Valladolid, en la zona de Cantarranas, y me ha pedido un diseño para el escaparate.

Quiere que el dibujo tape un poco la vista desde la calle para que no se vea a la gente mientras los tatúan, ¿sabes? Algo con rollo místico.

Chema se tragó la mentira sin pestañear. —¡Qué guay! Un estudio de tatuajes en Cantarranas con estética celta. ¡Me encanta! Si necesita que le diseñe el logo, avísame, que me salen unos logotipos brutales.

Me entregó el CD con un gesto solemne, como si fuera una reliquia. —Aquí lo tienes. Llévalo a la imprenta que hay cerca de la Plaza Mayor, la que te dije. Diles que vas de mi parte, que es un archivo vectorial para corte de vinilo negro mate.

Salí de Zamarramala con el CD apretado contra el pecho.

El sol se ponía tras el Alcázar y la Vera Cruz parecía vigilar mi camino.

Tenía el arma definitiva. La madrugada de San Juan, el 24 de junio, Carracedo volvería a tener su rosetón, aunque fuera solo por un día, gracias a un "huevo azul" y al ingenio de un friki con camiseta de superhéroe.