Capítulo 80 El Mago de Zamarramala
Me levanté con una serenidad que no era de este mundo. A pesar de haber dormido poco después de la experiencia del brazo de estrellas, me sentía extrañamente feliz, como si hubiera recibido una revelación que me hacía invulnerable al frío y al madrugón.
En el salón, mis compañeras ya estaban en marcha.
El piso de estudiantes era un caos acogedor: desayunaban sobre los sofás hinchables que hacían las veces de muebles.
La cafetera moka borboteaba con café recién hecho y una jarra de leche caliente presidía la mesa, un pequeño gesto de bienvenida tras las Navidades.
Había restos de roscones y turrones traídos de nuestras respectivas casas; un festín algo cutre pero glorioso para llenar el buche antes de enfrentarse al lunes.
Charlamos un rato sobre las vacaciones, pero yo me sentía en otra frecuencia. Apuré el café, recogí mis bártulos y salí hacia la Facultad de Mahonías.
La primera clase era Historia de la Comunicación de Masas.
El profesor vivía obsesionado con Ciudadano Kane; nos la ponía una y otra vez en las pantallas de los televisores que colgaban del techo.
Nunca entendí qué aportaba Orson Welles a nuestro futuro como publicistas, así que a los cinco minutos mi mente ya volaba por el pasadizo húmedo de mis sueños.
Durante la película, me fijé en Chema. Estaba en primera fila, sin pestañear, absorbiendo cada fotograma como si fuera el código fuente de la vida.
Chema era un personaje singular y, para qué engañarnos, bastante crispante.
Era alto, algo pasado de peso y con una melena lacia hasta los hombros que pedía a gritos un champú antigrasa.
Llevaba una goma de pelo gigante a modo de diadema que le despejaba una frente prominente y vestía, como siempre, una camiseta blanca de Batman sobre unos vaqueros Levis que habían visto mejores tiempos.
Sus botas de senderismo verdes, siempre embarradas, me hacían sospechar que vivía en algún rincón perdido de la provincia.
Era el típico "listillo" que fardaba todo el tiempo de su nuevo iMac azul y que sabía antes que nadie las notas de los exámenes. Pero en ese momento, era mi única esperanza.
En cuanto se encendieron las luces entre clase y clase, me acerqué a él.
—¿Chema? ¿Tienes un momento?
—¡Hola Lucía! ¡Feliz año! ¿Qué tal las Navidades? —soltó a toda velocidad, casi sin respirar—. ¿Has visto la profundidad de campo de Welles? Es brutal, ¿eh?
—Sí, una pasada... —mentí, sacando el papel vegetal donde había calcado malamente el diseño de la Octalfa—. Oye, te quería preguntar una cosa técnica. ¿Podrías preparar un diseño con esto para poder ampliarlo y hacerlo tipo las pegatinas de los escaparates?
Chema cogió el papel y lo analizó con los ojos entornados, como si estuviera escaneándolo. —¡Ostras! Qué chulo. Es celta, ¿no? Lo que pides es que digitalicemos este dibujo para vectorizarlo y realizar un corte láser en un vinilo. ¡Eso es fácil! ¡Con Illustrator lo hago en un plis plas!
Hablaba tan rápido que me daba la sensación de que se iba a ahogar.
—Mira —continuó sin darme tregua—, esta tarde abriré el programa para terminar de pintar unos cómics de concienciación medioambiental que quiero añadir en mi revista de la facultad.
¿Quieres venir a mi casa y lo hacemos? Te lo puedo grabar después en un CD-ROM y se lo llevas a la imprenta de la Plaza Mayor.
Luego te indico dónde está exactamente. ¿Te viene bien a las cinco en punto?
Vivo en Zamarramala. Es fácil, te pillas el bus y llegas en un momento.
Me quedé con la cabeza como un bombo. Zamarramala sonaba a fin del mundo, pero si aquel genio grasiento podía convertir el dibujo de mi abuelo en un mapa de luz, iría al desierto de Gobi si hiciera falta.
—Allí estaré, Chema. A las cinco.
—¡Perfecto! ¡Trae galletas si puedes, que se me han acabado las mías! —gritó mientras se alejaba hacia la siguiente clase.
Suspiré, tocando la medalla de San Benito bajo mi ropa. Todo fuera por Carracedo. Me esperaba un viaje en bus a un pueblo con nombre de conjuro para encontrarme con el mago del iMac azul.