Capítulo 79 El Cuerpo de Estrellas
El viaje de vuelta en el Linecar de Segovia había sido silencioso.
El traqueteo del motor y la oscuridad de la nacional me habían sumido en un estado de duermevela extraño.
Al llegar al piso, mis compañeras andaban de un lado a otro con las maletas, quejándose del frío de las habitaciones y del olor a cerrado tras las vacaciones, pero yo apenas las oía.
Tenía la mente en la biblioteca de Panaderos y la medalla de San Benito pesaba sobre mi pecho, fría y protectora.
Abrí mi bolsa, donde llevaba algo de ropa y varios cuadernos.
Saqué el diario de mi abuelo y lo dejé en la mesilla.
Mi cama se empotraba en un hueco que quedaba a la derecha de la entrada de mi habitación, entre dos paredes.
A un lado quedaba el espacio justo para la pequeña mesilla; al otro, la cama quedaba pegada a la pared, donde estaba el interruptor y, justo encima, la ventana.
Me dejé caer. Llevaba días queriendo ojear el diario para ver si encontraba más pistas, pero me había sido imposible.
Los trabajos sirviendo copas, la fiesta de después con mi hermana, un extra de azafata en la feria de muestras de Valladolid y los sprints en la barra del estadio de fútbol habían acabado con todas mis reservas de energía en el fin de semana.
El silencio de mi cuarto segoviano me envolvió, pero no era un silencio vacío. Estaba cargado de una vibración eléctrica. De repente, sentí un leve pitido en los oídos y las “hormiguitas” comenzaron a cosquillear desde la punta de mis dedos.
—Oh, no... ya estamos —susurré para mis adentros.
Sabía lo que llegaría después, pero mi cansancio dominó mi voluntad de evitarlo. Y de repente, todo cambió. Ya no estaba en mi habitación.
Me encontraba en un lugar angosto, un pasadizo donde el aire sabía a tierra húmeda y a tiempo estancado.
Mis pies se hundían en un suelo enfangado que me helaba los tobillos.
La oscuridad era casi sólida. Busqué una guía, un punto de referencia.
Extendí la mano y toqué la pared: una piedra fría, rugosa, cubierta de salitre.
Y allí, tallado con una precisión que desafiaba la falta de luz, lo sentí bajo mis dedos: el nudo infinito de ocho curvas junto a una cruz templaria.
No sabía dónde estaba, pero sabía que aquel lugar me pertenecía. Levanté la vista y vi una escalera de piedra, empinada y estrecha, que ascendía hacia una luz pálida y lejana. El corazón me dio un vuelco de terror y fascinación.
Entonces, el entorno cambió bruscamente.
Desperté, o creí despertar. Estaba en mi cama, en la habitación, pero no podía mover ni un solo músculo.
Estaba sumergida en ese tono grisáceo y denso que ya conocía.
La parálisis era total. Mi respiración era lenta, pero mi mente gritaba: "Si enciendo la luz, esta oscuridad desaparecerá".
El interruptor estaba allí mismo, a escasos centímetros de mi alcance.
Intenté mover el brazo con todas mis fuerzas, pero mi cuerpo físico pesaba como si fuera de plomo. Entonces, recordé las palabras de Luis: "No luches, Lucía. Fluye con la sensación".
Cerré los ojos, me concentré en la voluntad pura de alcanzar la luz y algo insólito sucedió.
Sentí un desprendimiento, una ligereza indescriptible.
Mi brazo derecho se elevó despacio, sin esfuerzo.
Sentí el alivio de controlar por fin el movimiento.
Abrí los ojos y, al mirarlo, me quedé sin aliento.
Mi extremidad era semitransparente, un halo tridimensional compuesto por miles de estrellas multicolores que palpitaban y giraban formando mi anatomía perfecta.
Era una galaxia con forma de mano. Intenté pulsar el interruptor, pero mis dedos de luz traspasaron la pared como si fuera humo.
Bajé la vista y vi mi otro brazo, el sólido, el de carne y hueso, reposando inmóvil sobre la colcha.
En ese instante, comprendí algo que hizo que el miedo se evaporara, dejando paso a una comprensión profunda y serena. No pude evitar que la letra de los hermanos Castro resonara en mi mente como una revelación: "Una noche pasé / a través del umbral / de otra dimensión".
Observé mi brazo de estrellas con una felicidad plena, una alegría que no cabía en mis pulmones. "Somos más que carne y huesos", pensé. Somos luz. Nada nace y nada muere; somos parte de un ciclo de amor puro infinito. Como el broche de mi familia.
Relajé mi cuerpo, dejé que el brazo de estrellas volviera a fundirse con el de plomo y, por primera vez en mi vida, me sumergí en un sueño profundo y sin sombras.