Capítulo 78 El Fuego de la Reina
El invierno del Bierzo había cubierto de escarcha los viñedos, pero en el interior de las dependencias de Sancha, el ambiente era casi estival.
La enorme chimenea central, una proeza de cantería con cuatro arcos monumentales, rugía con troncos de encina.
El calor ascendía hacia la techumbre, donde los maestros pintores traídos de León daban los últimos toques a los frescos: escenas de caza y motivos geométricos en rojos y azules que parecían cobrar vida con el parpadeo de las llamas.
Sancha aguardaba de pie junto a uno de los óculos del ala oeste.
A su espalda, la sala se desplegaba con una elegancia que nada tenía que envidiar a las cortes de Francia.
Los arcos apuntados, una novedad traída por los monjes constructores que seguían la estela de San Bernardo, daban a la estancia una ligereza celestial.
Escuchó el sonido metálico de unas espuelas contra el suelo de piedra. Se giró y el corazón le dio un vuelco.
El Caballero de Carracedo estaba allí. Había envejecido más en un año de asedio que en una década de paz.
Tenía el rostro curtido por el sol del sur y una cicatriz nueva que le cruzaba la sien, pero sus ojos seguían siendo el puerto seguro de Sancha.
Su hombro derecho caía con una rigidez que delataba la herida de la brecha de Almería.
—Habéis vuelto —susurró Sancha, rompiendo el protocolo y acortando la distancia entre ambos.
—Os dije que el próximo solsticio no se celebraría sin mí, mi reina —respondió él con voz ronca, dejándose envolver por el calor de la estancia—. Este lugar... es un milagro de piedra, Sancha.
Él levantó la vista hacia los dos óculos que flanqueaban el ala oeste.
donde el viento del invierno golpeaba las finas placas de alabastro translúcido.
A la izquierda, el círculo perfecto con el diseño lobulado típico del Císter, símbolo de la pureza y el orden de la nueva reforma.
A la derecha, su gemelo, aún envuelto en andamios: el segundo rosetón de la Octalfa representando el nudo infinito de los cesteros de Carracedo.
—Dos espejos de luz —observó el Caballero—. Uno para el mundo, que habla de vuestra devoción a la Iglesia. Otro para nosotros, que guarda el camino de Vera.
—Los constructores extranjeros dicen que nunca han visto nada igual —explicó Sancha, guiándole hacia la chimenea para que el calor sanara sus huesos—.
Creen que es simple ornamentación, un capricho de la Infanta.
No sospechan que cuando el sol cruce esos óculos, la Cocina se convertirá en un cuadrante astronómico.
Se sentaron cerca del fuego. El Caballero sacó de su jubón un pergamino amarillento por el sudor y el polvo del camino: el privilegio firmado por el emperador Alfonso en Almería.
—Aquí está, Sancha. El sello imperial. Carracedo es libre de tributos. Nadie podrá intervenir en sus muros ni auditar sus bienes. Hemos comprado la libertad del Speculum con la sangre de mil sarracenos.
Sancha tomó el documento, pero sus ojos estaban fijos en el caballero. Le ayudó a quitarse la pesada capa de viaje, descubriendo los vendajes que aún cubrían su hombro.
—Habéis arriesgado demasiado —dijo ella, acariciando el borde de la herida con infinita ternura.
—Era necesario. Si yo caía, quería que al menos tuvierais el poder legal de proteger a la niña y este lugar. —Él miró hacia las pinturas del techo, que reflejaban el resplandor anaranjado del fuego—. Este salón es enorme, Sancha, pero aquí, junto a esta chimenea, me siento por fin a salvo.
En la penumbra de la gran sala, rodeados por la majestuosidad de los nuevos arcos y la vigilancia silenciosa de los óculos, el Caballero y la Infanta compartieron un momento de paz robado a la historia.
Afuera, el mundo seguía en guerra y los reyes conspiraban, pero en la Cocina de la Reina, bajo el nudo infinito que se repetía en la piedra y en sus almas, el secreto estaba, por fin, a buen recaudo.