La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 77 El León y la Media Luna
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Capítulo 77 El León y la Media Luna

El aire era una densa cortina de polvo, salitre y el olor metálico de la sangre.

Almería, la joya del Mediterráneo, la ciudad de las mil torres que nunca había sido tomada, rugía bajo el asedio más feroz que el siglo XII había presenciado.

Desde el campamento imperial, el Caballero de Carracedo observaba las murallas de la Alcazaba, que brillaban como el hueso bajo el sol implacable de octubre.

Alfonso, el Emperador, había jugado su gran carta: la flota genovesa. Sus naves bloqueaban el puerto, y sus "ingenios" —máquinas de asedio que lanzaban piedras del tamaño de bueyes— golpeaban los muros día y noche sin descanso.

—Señor, los genoveses han terminado de montar la gata —anunció un escudero, señalando la enorme torre de asedio de madera cubierta de pieles húmedas para evitar el fuego sarraceno.

Carracedo ajustó las correas de su loriga.

Sobre su cota de malla lucía una sobreveste blanca en cuyo pecho destacaba, por primera vez, la imponente cruz patada roja.

Era el nuevo privilegio heráldico que el papa Eugenio III acababa de conceder a los freires del Temple para marchar a aquella santa Cruzada de Almería, uniendo el destino de las armas con el martirio de la fe.

Pero bajo el entramado de hierro, en su hombro derecho, llevaba cosido un pequeño trozo de lino con el nudo de ocho: la señal de los cesteros, su marca familiar.

—Hoy derribaremos la entrada a la Puerta de Pechina —sentenció el Caballero, montando en Cierzo. El animal relinchaba, percibiendo la inminencia de la carga—. ¡Por León! ¡Por el Emperador!

El estallido fue ensordecedor. Una de las catapultas genovesas logró quebrar un lienzo de la muralla exterior.

El Caballero no esperó. Espoleó a su caballo y lideró el contingente de los caballeros del Bierzo hacia la brecha.

El aire se llenó de flechas incendiarias que silbaban como serpientes.

A su alrededor, los hombres caían bajo el aceite hirviendo que los defensores vertían desde los adarves.

—¡Mantened la formación! —rugió el Caballero, desenvainando su espada de guerra. El acero de Carracedo brilló, reflejando el sol como un espejo.

Al llegar a la brecha, Cierzo tropezó con los escombros y el Caballero se vio obligado a descabalgar.

En el cuerpo a cuerpo, entre las ruinas de la muralla, se convirtió en un torbellino de muerte.

Sus movimientos eran precisos, casi rítmicos, como si estuviera siguiendo la traza del nudo infinito en cada estocada.

Un oficial almorávide, vestido con ricas sedas sobre la armadura, se lanzó contra él con una cimitarra curva.

El choque de los metales hizo saltar chispas.

El Caballero esquivó el golpe, sintiendo el aire del acero enemigo rozar su rostro, y con un movimiento ascendente, atravesó la cota de malla del oponente. En ese instante, una lluvia de piedras cayó desde lo alto. Un sillar golpeó el hombro del Caballero, lanzándolo al suelo.

—¡Nuestro señor ha caído! —gritaron sus hombres.

Pero el Caballero no podía morir allí. La luz de Vera iluminó su voluntad. Apoyó la espada en el suelo, usándola como puntal para incorporarse a pesar del dolor lacerante en el hombro. La sangre manchaba su túnica blanca, pero sus ojos eran puro fuego.

Vio a un grupo de sarracenos intentando cerrar la brecha con vigas de madera.

Si lo lograban, el asalto fallaría y miles de cristianos quedarían atrapados fuera.

Con un grito que pareció arrancar el aire de sus pulmones, el Caballero cargó en solitario, derribando a los dos primeros defensores y manteniendo la posición hasta que el grueso de las tropas leonesas entró como una marea imparable tras él.

La ciudad cayó. El saqueo fue atroz, pero el Caballero de Carracedo no participó en él. Mientras los genoveses se repartían las ricas sedas y el oro, y Alfonso recibía las llaves de la ciudad, el Caballero se sentó en un peldaño de la Mezquita Mayor, convertido ya en iglesia por la victoria.

El propio Emperador Alfonso se acercó a él, rodeado de sus generales. —Os he visto en la brecha, Caballero. Habéis luchado con la furia de diez hombres. León os debe esta victoria.

—He servido a mi señor —respondió él, intentando ocultar la gravedad de su herida.

—Habéis hecho más que eso —sentenció el Emperador—. Almería ha sido liberada gracias a vuestro valor. Pedid lo que queráis. Tierras en el sur, oro de las aduanas...

El Caballero miró hacia el horizonte, imaginando la frescura del Bierzo y la sombra de Sancha en León.

—No quiero oro de Almería, señor. Dadme el privilegio de que las tierras de Carracedo sean libres de todo tributo real para siempre, y permitidme regresar a mis muros.

La guerra de los hombres ha terminado por hoy, pero mi guardia personal aún no ha concluido.

Alfonso, impresionado por la falta de ambición material del héroe, asintió solemnemente. —Sea. Carracedo será un señorío libre, protegido por mi propio sello. Id a sanar vuestras heridas, Caballero. Habéis ganado vuestro lugar en la historia.

Esa noche, mientras el cirujano real cosía su carne, el Caballero de Carracedo apretó los dientes y pensó en Vera. Ahora, con el privilegio del Emperador, el monasterio era intocable. El Speculum tenía por fin un fuerte inexpugnable, pagado con la sangre de Almería.