La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 76 El Estruendo de Almería #2
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Capítulo 76 El Estruendo de Almería #2

—De nada. Es para que no olvides que a veces la verdad está enterrada bajo capas de mentiras oficiales —le dije con una sonrisa.

Nos quedamos un rato allí, bajo la luz cálida del Lion d'Or, dos jóvenes de los 90 con regalos de principios de siglo y amuletos medievales. Parecíamos un anacronismo viviente. Luis guardó el libro y yo guardé la foto antigua del Mirador de la Reina.

—Bueno —dijo él, apurando su café—. Esta semana toca darle a la informática. Vamos a ver si ese tal Chema es capaz de convertir este nudo de piedra en un vinilo adhesivo.

Salimos a la Plaza Mayor. El viento nos golpeó con fuerza, pero esta vez, con la medalla de San Benito bajo mi trenca y el secreto de los 120 centímetros en mi mochila, me sentí invencible. El camino hacia el 24 de junio acababa de retomarse de nuevo.

Capítulo 75: El Velo del Infantado

León. Mayo de 1141

Sancha Raimúndez cruzó el umbral del Palacio Real de León con la cabeza en alto y el rostro impasible, como si los meses de ausencia en Peñafiel no hubieran sido más que un retiro de oración y ayuno.

A su lado, su hermano, el emperador Alfonso VII, caminaba con paso firme, orgulloso de recuperar a su consejera más valiosa.

Nadie en la corte sospechaba que, bajo el brial heráldico de los leones de oro, el corazón de Sancha latía por una niña que acababa de dejar en manos de nodrizas leales.

—Habéis estado demasiado tiempo lejos, hermana —dijo Alfonso, deteniéndose frente a los sepulcros de mármol del Panteón de los Reyes—. El reino de Portugal se agita en la frontera y los almorávides refuerzan sus muros en Almería. Necesito vuestra claridad.

—Mi claridad nunca ha dejado de estar con vos, hermano —respondió Sancha con voz gélida y soberana—. Pero para servir a León, necesito que mi casa esté en orden. He decidido fortalecer el Infantado de San Isidoro.

Alfonso asintió. Para él, que Sancha se rodeara de una corte de damas y religiosas solteras era lo natural. Pero para Sancha, era la creación de un búnker de lealtad femenina.

Esa misma noche, en las estancias privadas de la Infanta, se produjo un encuentro que el protocolo jamás habría permitido.

El Caballero de Carracedo entró por la puerta de servicio, vistiendo el sayón pardo de un converso del Císter para no despertar sospechas.

Al ver a Sancha, sus ojos de guerrero se suavizaron.

—¿Cómo está ella? —preguntó él, refiriéndose a Vera.

—A salvo —susurró Sancha, señalando hacia el ala norte del monasterio de San Isidoro—.

Está en la zona de las infantas, bajo el cuidado de la abadesa Jimena, una mujer cuya lealtad a mi sangre es inquebrantable.

Ante el mundo, Vera es la hija de una noble dama de mi séquito que murió en el parto.

Nadie se atreverá a cuestionar la palabra de la Infanta Sancha.

Allí crecerá, entre pergaminos y salmos, protegida por los muros más sagrados de este reino.

El Caballero se acercó y, con dedos callosos por el manejo de la piedra y el acero, acarició una pequeña caja de madera de cedro que descansaba sobre la mesa. Sancha la abrió. En su interior, sobre un lecho de terciopelo, descansaba la fíbula del nudo infinito.

—Es demasiado pronto para que ella lo porte —dijo Sancha, cerrando la tapa con solemnidad—. Pero es su herencia. Cuando llegue el momento, cuando su linaje deba ser revelado para proteger el Espejo, este broche será su llave. Lo guardaré en el tesoro del Infantado, donde solo mis ojos puedan verlo.

—He terminado el óculo del Mirador de la Reina, Sancha —anunció él, cambiando el tono a uno más técnico—.

El Maestro Petrus ha seguido mis instrucciones al milímetro.

Los ocho nudos de la octalfa están tallados en la piedra.

He comprobado la orientación con las estrellas de primavera; cuando llegue el solsticio de verano, la luz entrará exactamente por la curva del octavo nudo.

Sancha se estremeció. La arquitectura del destino estaba casi completa.

—Bien. Id ahora al Bierzo. Mi hermano os llamará pronto para la campaña contra los sarracenos en el sur. Debéis ser el brazo ejecutor de su voluntad en la batalla para que nadie sospeche de vuestro verdadero propósito en Carracedo.

—¿Y vos? —preguntó el Caballero, tomando su mano.

—Yo protegeré la luz en la sombra —sentenció Sancha con una determinación que recordaba a su madre, la reina Urraca—.

Mientras vos lucháis en el sol de Almería contra los enemigos de Dios, yo tejeré en León la red que mantendrá a nuestra hija y al secreto del reino fuera del alcance de Portugal y de aquellos que codician lo que no les pertenece.

Aquella noche, Sancha no durmió. Desde su ventana, veía las luces del monasterio de San Isidoro.

Sabía que a pocos cientos de metros, Vera dormía ajena a que era la pieza central de un tablero que abarcaba siglos.

La Infanta tomó una pluma y, en un pergamino que guardaría en el mismo cofre que la fíbula de plata, comenzó a escribir:

"Vera lux est speculum Sanciae..."

Capítulo 76: El Estruendo de Almería

Reino de León. Verano de 1147

Crónica de los años de espera (1141-1147): Durante este tiempo, el Imperio de Alfonso VII alcanzó su cénit.

El emperador consolidó su dominio sobre los núcleos cristianos, mientras que en el sur, el poder almorávide se desmoronaba ante el empuje de los almohades.

Sancha Raimúndez, desde su retiro estratégico en el Infantado de San Isidoro, financió puentes, hospitales de peregrinos y, sobre todo, la expansión del Císter.

En 1147, la cristiandad se unió en una cruzada sin precedentes: la toma de Almería, el mayor puerto del Mediterráneo y nido de la piratería sarracena.

Un ejército compuesto por leoneses, castellanos, navarros, catalanes, genoveses y las pujantes órdenes del Temple y el Hospital se puso en marcha.

El patio del Monasterio de Carracedo pasó de ser un campo de barro y andamios a un recinto de piedra dorada donde se empezaba a respirar santidad.

El Caballero de Carracedo observaba el Mirador de la Reina, cuya estructura octogonal se elevaba sobre el ala de la cocina como un faro de geometría sagrada.

El óculo de la octalfa estaba allí, silencioso, esperando la luz de un solsticio que él, muy probablemente, no vería aquel año.

El estruendo de los cascos de los caballos y el brillo de las cotas de malla llenaban el recinto. El Emperador Alfonso le había enviado una orden directa: el contingente del Bierzo debía unirse a las tropas imperiales en Toledo para marchar hacia el sur.

—¿Está todo dispuesto, Maestro Petrus? —preguntó el Caballero sin apartar la vista del óculo—.

Cada sillar está sellado, señor —respondió el cantero, que ahora vestía el sayón pardo de hermano converso—.

El mecanismo es exacto. Si la luz entra en el día señalado, incidirá en el punto que vos y la Infanta designasteis.

Nadie, salvo los que conozcan el secreto, podrá entender qué ocurre en esa sala.

El Caballero asintió y montó sobre Cierzo. Su destino era Almería, una ciudad de murallas inexpugnables donde el hierro y la sangre iban a decidir el futuro del reino. Aunque su mente permanecería en León.

León. Dos días después.

En el frescor del claustro de San Isidoro, una niña de siete años corría entre las columnas, con la risa contenida bajo la mirada vigilante de la abadesa Jimena.

Vera era una criatura de ojos despiertos y una curiosidad que a veces asustaba a las monjas.

Se detuvo frente a una inscripción en la pared y trazó con su pequeño dedo una forma que le resultaba familiar: un nudo entrelazado.

Sancha observaba a su hija desde la sombra de un arco. La niña era el vivo retrato del Caballero, pero con esa intensidad en la mirada que Sancha solo había visto en su propia madre, Urraca.

—Es demasiado lista, Jimena —comentó Sancha en voz baja—. Ayer la encontré en el scriptorium mirando los trazados de las acequias de las tierras de Sahagún como si intentara descifrar un enigma.

—Tiene sangre de reyes y constructores, señora —respondió Jimena—. Pregunta por vos cada vez que os vais. Empieza a sospechar que su "protectora" es algo más que una infanta piadosa.

Sancha se acercó a la niña y le puso una mano en el hombro. Vera se giró con una sonrisa radiante.

—Señora Sancha... ¿por qué este nudo no tiene fin? —preguntó la pequeña señalando el relieve—. He intentado buscar por dónde empieza, pero siempre vuelvo al mismo sitio.

—Porque el amor de Dios no tiene principio ni fin, Vera —indicó Sancha con dulzura, sintiendo el peso de su amor infinito por ella—. Y porque hay promesas que deben permanecer unidas para siempre, como los hilos de este nudo.

Un mensajero entró en el claustro, rompiendo la paz del momento. Se arrodilló ante Sancha y le entregó un pergamino sellado con el emblema de la Orden del Císter.

—La flota genovesa ya está en la costa de Almería, señora. El Emperador y el Caballero de Carracedo han llegado a las puertas de la ciudad. El asedio ha comenzado.

Sancha apretó el pergamino contra su pecho.

Mientras Vera volvía a sus juegos, ajena a que su padre se jugaba la vida bajo los muros de la ciudad prohibida, una sombra de duda cruzó el rostro de la Infanta.

Si el Caballero no regresaba de Almería, el peso del secreto recaería únicamente sobre sus hombros.

Sin él para custodiar los muros de Carracedo, ella tendría que redoblar la vigilancia sobre el monasterio desde León y, lo más difícil de todo, preparar en el más absoluto silencio el camino para que Vera, cuando alcanzara la madurez, estuviera lista para recibir la carga de la reliquia sagrada: el peligroso espejo de azabache.

Sancha miró a la niña y comprendió que, a partir de ese instante, cada lección, cada salmo y cada nudo que le enseñara, sería una pieza de una armadura invisible que Vera tendría que vestir el día de mañana.