Capítulo 76 El Estruendo de Almería
Las Navidades habían pasado como un torbellino de luces blancas y exámenes del primer cuatrimestre.
Milagrosamente pasé con todas las asignaturas aprobadas del curso anterior.
Mi madre había venido unos días para estar con nosotros, y por un momento, el piso recuperó ese calor de hogar que tanto echábamos de menos.
Estuvimos los cuatro juntos: mi hermano, mi hermana, mi madre y yo.
Fueron días de risas, de cenas alargadas y de olvidar, por un momento, que el mundo era un lugar complicado.
Los planes de visitar el monasterio de Carracedo la noche de San Juan se habían visto truncados. Me pillaron plenos exámenes y Luis estuvo desaparecido todo el verano visitando a unos amigos en Andalucía. Tuvimos que posponerlo con la esperanza de poder cuadrar en el próximo año.
Yo me tiré el verano trabajando en las fiestas de los pueblos para reunir lo suficiente para pagar la matrícula del curso siguiente. Una cantidad que cada vez era más difícil de reunir. Afortunadamente pude matricularme y comenzar el curso retomando mis trabajos en Segovia y Valladolid.
Tras las vacaciones de Navidad la realidad había vuelto con el frío gris de las mañanas típicas de los inviernos vallisoletanos. Mi madre acababa de marchar de vuelta a las Baleares y mis hermanos habían salido a dar un paseo por la ciudad.
Me quedé sola en el cuarto de mis padres.
El silencio se sentía denso. Me senté en la cama y saqué del cajón de la mesilla el diario de mi abuelo que reposaba allí desde junio del año pasado.
Durante todo este tiempo apenas había tenido tiempo de dedicarle a la investigación, y durante las noches de los últimos meses había dormido con normalidad, sin parálisis, sin saltos interdimensionales ni visitas aterradoras.
Me vino muy bien la pausa. Pero ese día sentí que era momento de retomar la búsqueda de respuestas sobre el monasterio de Carracedo y mi legado familiar.
Abrí el diario al azar por una hoja donde hasta ahora me había parecido vacía, una de esas páginas que pasas rápido porque crees que no tienen nada. Sin embargo, con la típica caligrafía firme de mi abuelo podía leerse: Buscar en la biblioteca.
Al principio pensé que era un recordatorio que él se había hecho a sí mismo, una nota mental sobre algún libro de consulta.
Pero al mirarla de nuevo, me percaté de un detalle: la esquina inferior derecha estaba doblada, como si hubiera sido marcada para ser encontrada.
Mirar en la biblioteca. ¿Y si la nota no fuera para él sino para mi como indicación?
La biblioteca; el templo del misterio y del saber, donde pasaba horas de pequeña durante las visitas familiares; la biblioteca de la casa de mi abuelo en la calle Panaderos.
Aquella era la casa donde se había criado mi madre con todos sus hermanos.
Para mí, Panaderos era el olor de las estanterías infinitas y el silencio denso de la sala de música insonorizada donde mi abuelo se encerraba a escuchar sus vinilos en aquellos altavoces de última generación que eran su tesoro.
Cuando falleció, mi tío Tito se había quedado en la casa custodiando todos esos tesoros.
La intuición me decía que debía ir, algo había allí que me sería de ayuda. Mi abuelo era un hombre prudente; sabía que un diario se puede perder, pero una biblioteca familiar es un legado que permanece bajo llave.
Me puse la trenca y me dirigí hacia Panaderos. El portal de la casa todavía conservaba ese aire señorial y austero. Al subir las escaleras, el corazón me latía con fuerza. Mi tío Tito me recibió con un abrazo apretado; yo siempre había sido su debilidad.
—Lucía, qué alegría. Entra, entra... que hace un frío que pela —me dijo animado, aunque noté en sus ojos una sombra de melancolía.
—Tito, necesito mirar unas cosas en la biblioteca del abuelo —le dije sin rodeos mientras me quitaba la bufanda—. Para un trabajo de la facultad sobre la identidad y el patrimonio del Bierzo.
—Claro, hija. Ya sabes que esa sala es tuya. No he movido ni un solo libro desde que él se fue. A veces me parece que todavía puedo oler su tabaco de pipa allí dentro.
Entré en la biblioteca. La luz del sol de invierno entraba tamizada por las cortinas, iluminando millones de partículas de polvo que bailaban en el aire. Fui directamente a la sección de "Historia y Arte de Castilla y León". Sabía que era el mejor punto de partida.
Pasé horas revisando volúmenes pesados hasta que, en la parte inferior de una estantería, encontré un álbum de fotografías antiguas encuadernado en cuero gastado.
Lo abrí sobre la mesa de despacho. Era una colección de fotos de paisajes y monumentos de los años 20.
Al pasar las hojas, mi corazón dio un vuelco.
Allí estaba. Una fotografía en sepia, de una nitidez asombrosa para la época, que mostraba el Mirador de la Reina antes de la gran ruina.
Unos lugareños sentados en la escalera que llevaba al balcón del mirador reían tranquilos.
Todo estaba lleno de maleza y arboles mostrando el lugar como desatendido.
Sin embargo, el óculo del mirador estaba intacto.
Se veía perfectamente el nudo infinito de ocho curvas, indicando que en 1920 aún conservaba el diseño original.
La octalfa de los cesteros que Borja nos había descrito y que coincidía con el diseño de la fíbula de plata de mi familia.
Pero lo mejor estaba al dorso.
Con la letra de mi abuelo, había una anotación técnica, probablemente copiada de algún informe de restauración antiguo o medida por él mismo en alguna visita al monasterio:
"Diámetro del óculo: 120 cm. Espesor de la moldura: 15 cm. La luz de la Janua Hominum debe ser filtrada para que el speculum despierte".
Tenía el dato. 120 centímetros. Tenía la cifra exacta para el plan que en la taberna Sixtina ideé meses atrás para que Chema y su iMac pudieran obrar el milagro.
Me quedé mirando la foto, acariciando la imagen de aquel nudo de piedra que ahora existía en mi broche y que ese papel amarillento mostraba como real.
—Gracias, abuelo —susurré en la penumbra de la biblioteca.
Al salir, vi a mi tío Tito sentado en el sofá, mirando hacia la sala de música vacía. Me dolió verle así. Le dí un fuerte abrazo y me despedí sin saber que pasarían años hasta volverle a ver.
Capítulo 74: El Intercambio de las Sombras
Valladolid. Viernes, 8 de enero de 1999
Luis y yo quedamos en el Lion d’Or, en plena Plaza Mayor.
Me encanta este sitio; tiene ese aire de café de tertulia antigua, con sus espejos, sus maderas nobles y ese murmullo de voces que parece venir de otro siglo.
Valladolid seguía bajo cero, y tras los cristales del Lion d'Or, la gente cruzaba la plaza encogida de hombros, huyendo del viento.
Luis ya me esperaba en una mesa del fondo.
—Dichosos los ojos que le ven a vuestra merced, ¡noble caballero! —Le dije al llegar a su mesa haciendo una pequeña reverencia.
—Hola Lucía… te has quitado el rojo —dijo levantándose súbitamente para darme un abrazo.
Me toqué el pelo de forma instintiva. En Segovia antes de las vacaciones de verano me había pasado por la peluquería para que me arreglaran el estropicio.
Había vuelto a ser yo: melena larga, ondulada, castaña con esos reflejos dorados que el sol siempre me sacaba.
Lo natural siempre ganaba, al menos en mi caso; nunca me había sentido cómoda llamando la atención con colores estridentes.
—Mucho más guapa así, natural como la vida misma.
—Era la necesidad, Luis. Pero tenemos mucho que contarnos, olvida mi pelo.
—Bueno lo primero antes de nada —le dije mientras me acomodaba en la silla de al lado—. Encontré esta foto en un álbum antiguo en la biblioteca de Panaderos.
Luis cogió el papel y sus ojos se clavaron en el nudo de ocho curvas que aún estaba intacto en la imagen. —Es impresionante, Lucía. Mira la perfección de la traza. Tenías razón, el abuelo lo sabía.
—Y hay más —añadí entusiasmada, volteando la foto—.
Mi abuelo anotó las medidas exactas. Mira.
El óculo mide 120 centímetros. Y aquí al lado escribió: "La luz de la Janua Hominum debe ser filtrada para que el speculum despierte".
Tenemos el número, Luis. 120. El lunes cuando vaya a la uni, hablaré con Chema.
Luis, con esa sonrisa que siempre lleva en la cara, me miró con los ojos brillantes. No dijo nada al respecto, como si hubiera algo más importante que estaba deseando revelarme. De repente, rebuscó en su mochila y sacó una cajita pequeña de terciopelo azul.
—Como no nos hemos visto en estas fiestas, quería darte esto. Fui a la Iglesia de San Benito y pedí al párroco que la bendijera.
Abrí la caja. Dentro brillaba una pequeña medalla de San Benito de plata de ley. Sus relieves eran nítidos: la cruz, las inscripciones, la figura del santo.
—Es para que te proteja, Lucía —dijo Luis con un tono serio—. Sé que tus sueños son cada vez más reales y que lo que estamos buscando en Carracedo no es solo algo físico. Quiero que la lleves siempre.
Me emocioné. La fría plata en mi mano se sentía como un escudo. Me quité el cordón que llevaba al cuello, donde colgaba el anillo templario que me había prestado tiempo atrás, y se lo puse en la mano.
—Entonces te devuelvo de buen grado tu anillo. A ti te será de más utilidad ahora. Ya no lo necesito ahora que tengo la medalla. Muchas gracias, Luis, —Le dije con emoción—. Es todo un detalle.
Luis cerró el puño sobre el anillo, aceptando el intercambio. Yo me colgué la medalla de San Benito, sintiendo su peso reconfortante sobre el pecho.
—¿Sabes? Yo también tengo algo para ti —saqué un paquete envuelto en papel de estraza—. Lo encontré en una tienda de antigüedades en Segovia.
Luis lo abrió con curiosidad. Sus ojos se iluminaron al ver la edición de 1914 de La Leyenda Negra, de Julián Juderías. —¿Juderías? Lucía, esto es una joya... Es fundamental para entender cómo nos han contado la historia de este país. Gracias.