La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 84 El Maestro de las Aguas Mansas
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Capítulo 84 El Maestro de las Aguas Mansas

El frío de Segovia en enero era distinto al del Bierzo; era un frío seco, que subía desde el valle del Eresma y se instalaba en los huesos de la ciudad de piedra.

Sancha Raimúndez caminaba por las naves de la antigua Catedral de Santa María, cuyas obras aún se mezclaban con el eco de los salmos.

Se dirigía a la residencia episcopal, un lugar de sobriedad absoluta donde el hombre que la había moldeado, el obispo Pedro de Agén, se desvanecía lentamente.

Al entrar en la estancia, el olor a cera de abeja y a hierbas medicinales la envolvió.

Pedro, el mentor que le enseñó a leer los códices y las almas de los hombres, yacía en una cama sencilla, rodeado de libros y mapas.

Sus ojos, aunque hundidos, brillaron con una luz antigua al reconocer a la Infanta.

—Habéis venido, mi pequeña soberana —susurró con una voz que parecía el roce del viento sobre el pergamino.

Sancha se arrodilló junto a él, tomando su mano fría entre las suyas. —No podía dejar que el maestro partiera sin que la alumna le rindiera cuentas, Pedro. Todo lo que soy, la piedad que profeso y la mano firme con la que ayudo a mi hermano a gobernar, nació de vuestras palabras aquí, en Segovia.

Pedro de Agén sonrió levemente. Hablaron de la ética del poder, de las negociaciones con Roma y de esa red de protección que Sancha había tejido para las infantas y mujeres desamparadas del reino.

Pero el aire se volvió más denso cuando Sancha, asegurándose de que nadie escuchaba tras la puerta, bajó la voz hasta el susurro.

—Padre, en este umbral donde la verdad es lo único que importa, debo confesaros algo que solo Dios y otro hombre saben. Tengo descendencia. Una niña llamada Vera.

El obispo no mostró sorpresa. Su rostro se inundó de una paz profunda, casi mística.

—Una bendición, Sancha... una flor que nace entre las grietas de la corona.

Escuchadme bien: mantenedla alejada de la púrpura y el trono.

El reino es ahora un hervidero; la ambición de los nobles arderá como el fuego en rastrojo cuando vuestro hermano falte.

Se produjo un silencio sagrado. Pedro cerró los ojos y, con un esfuerzo final, le transmitió la última lección, la que nunca figuraría en los libros de leyes.

—Recordad lo que os enseñé de la vía suave, Sancha.

Como el agua que parece débil pero es capaz de horadar la roca más dura.

No busquéis para Vera la fuerza del hierro, sino la fuerza del río.

La vía femenina no necesita estrépito para cambiar el curso de la historia.

Enseñadle a ser aire, a mover los hilos desde la sombra.

Que su nombre no figure en los árboles genealógicos de los hombres, pero que su obra se lea en las hospederías que construya, en los pobres que consuele y en la paz que gestione desde el silencio.

Sancha escuchaba con el corazón encogido.

—Ahora os toca a vos, Sancha —continuó el obispo—.

Debéis ser para ella lo que yo fui para vos.

Formadla en la virtud, no en el orgullo.

Que aprenda que el verdadero poder no es el que se exhibe en el trono, sino el que transforma la realidad sin ser visto.

Haced de ella una mujer libre, una guardiana de la vida suave.

Pedro de Agén exhaló un suspiro largo. Antes de sumirse en el letargo definitivo, señaló hacia la ventana, desde donde se divisaba la silueta del Alcázar recortada contra el cielo de Segovia.

—Id en paz, hija mía. La semilla está plantada.

Descendió la mirada hacia el destello de la fíbula de plata engarzada en la capa de Sancha a la altura de su corazón.

Desde lo más profundo, encontró fuerzas para suspirar sus últimas palabras antes de reunirse con el Altísimo —.

El nudo no tiene principio ni fin porque el amor que lo sostiene es eterno.

Sancha salió de la estancia con las mejillas húmedas.

Al cruzar el atrio de la catedral, sintió que Segovia era, más que nunca, un espejo de su propio destino.

Pedro de Agén se iba, pero le dejaba el encargo más sagrado: convertir a Vera en una maestra en la sombra, en una infanta del espíritu que, sin corona, sostendría los cimientos del reino.