La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 60 La Chata de Villafranca
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Capítulo 60 La Chata de Villafranca

El autobús nos dejó en la Plaza de la Colegiata. El aire de Villafranca era más señorial, más denso que el de Carracedo. Mientras Bianca organizaba al grupo para entrar en el templo, Luis me dio un codazo suave.

—Ahora —dijo.

Aprovechando que la tía Bianca estaba discutiendo con el organista sobre los tonos del ensayo, nos separamos del grupo y caminamos a paso rápido hacia la Alameda.

Un perfume dulce e intenso me invadió de golpe.

A medida que nos acercábamos, árboles exóticos rodeaban el lugar de donde brotaban hermosas flores blancas y rosadas.

Llegamos a la fuente. Allí estaba "La Chata".

Una figura no muy grande, de rasgos desgastados por los siglos, sentada sobre sus tinajas.

El agua caía por ellas a los lados con un ritmo monótono a un plato sobre el que se apoyaba la figura y bajo este un anillo de cabezas de leones rodeaban el capitel de una columna ricamente decorada con adornos florales y hojas de acanto.

El agua también fluía a través de las bocas de los leones, descendiendo a un plato más grande que se encontraba a los pies del suelo a modo de pila.

El sonido del agua era tenue y relajante. Se podía apreciar el paso de los años en la figura. Si era de época romana debía de tener unos 2000 años de antigüedad. Aún así su mirada parecía viva y su forma mostraba la imagen de una niña que perfectamente podría ser de la época actual.

Me acerqué tanto que el aroma del musgo refrescó mi vías olfativas. Saqué el boceto del pergamino de la Catedral y el broche por si me pudieran servir de referencia para encontrar algo.

—Aquí no hay nada, reinita. Luis caminaba alrededor de la fuente buscando una grieta o un saliente que pudiera hacer de botón o escondrijo.  —venga, vamos que vamos a perder al grupo y luego a ver cómo los encontramos.

Ignorando a Luis, miré a mi alrededor para asegurarme de que no había nadie y me subí a la pila grande.

Me apoyé en el plato superior y me agaché para fijar mi mirada entre las cabezas de los leones.

El plato superior y la estatua de La Chata mostraban un tono y una textura diferente del resto.

Por lo que debían de ser las piezas más antiguas tal y como apuntó Borja.

—Luis, mira esto —dije, señalando la base del plato —. parece que hay algo escrito, grabado en la misma piedra...

Luis se subió también al borde de la pila y miró con atención —Es verdad, es una frase en latín, está rodeando toda la piedra. –Saca un boli, apunta:

Vera lux est speculum Sanciae in Gloria Mundi,

in die Portae Hominum, ad memoriam posterorum.

Estaba emocionada. No entendía nada. Pero mi intuición me decía que esa inscripción en la fuente tenía alguna relación con el broche, el pergamino y mi antepasado, el custodio de Carracedo.

—¿Quién sabe latín?

—No sé... como no sea el profesor que tuve en Las Carmelitas, al que cariñosamente llamábamos Sócrates, no se me ocurre nadie más—contesté mientras bajaba del borde de la fuente con cuidado de que no se me cayera la libreta al agua.

—Preguntemos a Borja—concluyó Luis con una seriedad que me asustó—. Él es de confianza y ha demostrado ser de gran ayuda. Si no sabe, quizá pueda decirnos quién puede traducirlo bien.

En ese momento, la voz de Bianca resonó desde el final de la Alameda: —¡Lucía! ¡Luis! ¡¿Se puede saber qué hacéis subidos en esa fuente? ¡Bajaos inmediatamente! Nos vamos todos a comer, venid.

Guardé el broche y la libreta del pergamino donde anoté la inscripción en latín a toda prisa.

No pensé lo mucho que me alegraría volver a ver al maestre del jamón en Valladolid, nuestro “docto” en historia y vino, Borja.

Aunque trataba de disimularlo, mi corazón latía con más fuerza que tras una carrera en sprint alrededor de los jardines de la Alameda.