Capítulo 61 El Guardián de la Luz y la Piedra
El valle del Cúa era un hervidero de actividad.
El polvo de la piedra caliza flotaba en el aire como una niebla blanca, cubriendo las túnicas de los canteros y las cogullas blancas de los monjes.
El Caballero de Carracedo, investido con la autoridad que Doña Sancha le había otorgado antes de partir hacia Peñafiel para "atender asuntos reales de suma urgencia", observaba el avance de las obras con una mezcla de orgullo y ansiedad.
Oficialmente, él era el supervisor de la reconstrucción encargada por la Infanta. Extraoficialmente, era el arquitecto de un secreto que debía sobrevivir a los siglos.
—Maestro Petrus —llamó el Caballero al maestro de obras, un hombre de rostro curtido por el sol que sostenía una plomada con dedos expertos—. Acercaos.
Se encontraban en el solar de lo que sería el ala este, el palacio privado de Sancha. Un edificio que, a diferencia de la austeridad cisterciense, se elevaría en tres niveles de majestuosidad.
—He revisado vuestros planos para la estancia de la Infanta en el segundo nivel —continuó el Caballero, bajando la voz—.
Añadiréis un óculo aquí, junto al mirador.
Doña Sancha desea que la luz de la mañana proyecte en la sala un haz de claridad pura, como recordatorio de la resurrección de nuestro Señor.
Mostró al maestro un pergamino con el diseño de los ocho nudos del infinito. Petrus, que además de gran constructor era un buen conocedor de la simbología y de las proporciones, asintió con admiración.
—Representa la conexión eterna entre los mundos unidos por el amor en su divina perfección —comentó Petrus—. Es un símbolo hermoso, muy antiguo y con un potente significado. Si nuestra señora Doña Sancha desea este óculo justo ahí, que así sea.
Carracedo señaló entonces hacia el espacio frente al futuro mirador, donde el terreno se abría al horizonte.
—Aquí ubicaremos un jardín, un patio semicerrado que deje entrar los rayos del sol tras el alba, para que las estancias regias reciban la gracia de Dios cada mañana.
Lo protegeremos parcialmente con la hilada de las dependencias de los monjes, que irán justo aquí, al otro lado, para resguardarlo del viento del este.
En su centro, una fuente de amplias proporciones que sea el corazón del sistema de aguas para el huerto, la arboleda y las flores; ella proporcionará el agua necesaria para abastecer el monasterio a través de canalizaciones circundantes.
El Caballero se detuvo un momento, midiendo sus palabras.
—La Infanta expresa su deseo, por añadidura, de que la figura recién hallada de la villa romana se ubique sobre esta fuente.
Que su rostro apunte directamente al mirador, para que cuando nuestra señora se asome al balcón, encuentre en ella la enseñanza de Mateo 19:14 y transmita la frescura y la inocencia de este sagrado espacio.
Sé que sois un excelente maestro de obras, Petrus.
Os ruego que hagáis el milagro, honrando este monasterio con un Janua Hominum.
El maestro comprendió la magnitud del encargo.
Continuaron la jornada sobre el plano, ideando la instalación de lo que se convertiría en un ingenioso y avanzado sistema de conductos de agua que recorrería las entrañas del palacio.
Esa noche, bajo la luz de una sola vela en su celda provisional, Carracedo escribió con urgencia. Sus pensamientos volaban hacia Peñafiel, imaginando el peso del vientre de Sancha, donde Vera aguardaba el momento de ver el mundo.
Mi señora:
El Abad Florencio ha bendecido hoy los pilares de vuestro palacio.
El ala este crece firme, con sus tres plantas desafiando al viento.
El Maestro Petrus sigue mis órdenes de alineación como acceso celestial.
He dispuesto que la cocina sea el corazón del refugio. La luz del óculo y el agua de la fuente ya están hermanadas. Muy pronto, en el día de San Juan, la luz divina iluminará a la Vera Cruz.
A la espera, como fiel vasallo, de vuestras peticiones.
Carracedo.
Dobló el pergamino y lo selló con su emblema. El jinete partiría al alba hacia Peñafiel, donde la Iglesia de San Salvador guardaba el hueco bajo el lampadario; el punto de intercambio que apaciguaba el anhelo de sentirse uno junto al otro.
Carracedo pensó en el balcón inacabado que él denominó con cariño el Mirador de la Reina, mirando al Este, la dirección hacia donde ahora se encontraba su amada. Quedaba poco para el nacimiento de su pequeña. Si Dios estaba con ellos, nacería para finales del mes de junio.