La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 59 Botillo, Secretos y Humo de Leña
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Capítulo 59 Botillo, Secretos y Humo de Leña

El comedor del hostal olía a gloria. Era un salón de paredes de piedra y vigas de castaño donde una chimenea enorme devoraba troncos con un rugido reconfortante, encendida para combatir el cierzo fresco que bajaba de la sierra al caer la noche de primavera.

Sobre las mesas de madera alargadas, el banquete berciano era un despliegue de generosidad: fuentes humeantes de botillo con su berza y sus patatas, empanadas de batallón y platos de pimientos asados que brillaban bajo la luz cálida de las lámparas.

Luis y yo nos sentamos en un extremo, tratando de pasar desapercibidos, pero la hospitalidad de la zona no lo permitía. A mitad de la cena, el Alcalde de Carracedelo y el organizador de la futura feria medieval se acercaron a nuestra mesa acompañando a Bianca.

—Es un honor tener a voces tan jóvenes con nosotros —dijo el Alcalde, un hombre de mirada franca y manos curtidas—.

El futuro evento medieval, es vital para nosotros.

Queremos recaudar fondos para seguir con la restauración que veis en el monasterio.

Queremos devolverle a Carracedo el alma y el esplendor que en el pasado tuvo.

—Estamos muy ilusionados —añadió el organizador, un hombre entusiasta que ya imaginaba el monasterio lleno de estandartes—.

Es un honor que vuestro coro sea el corazón del festival.

La música en ese claustro... bueno, ya habéis sentido hoy que las piedras parecen tener vida propia; la acústica es una obra de ingeniería.

Yo asentí, forzando una sonrisa de estudiante aplicada. —Es un privilegio, señor Alcalde. El monasterio es... imponente. Las marcas de los canteros, la arquitectura... se siente la historia en cada rincón.

—¡Exacto! —exclamó él, encantado—. Pocos jóvenes se fijan en esos detalles. Si logramos dinamizar la zona, los arqueólogos podrán profundizar en las excavaciones del Palacio Real. Aún quedan tramos por documentar.

Luis me lanzó una mirada fugaz por encima de su copa de vino Mencía. Noté cómo las ganas de seguir rastreando la verdad le quemaba por dentro.

La noche en el Valle del Cúa.

Cuando la cena terminó y el resto del coro se quedó compartiendo anécdotas y orujo junto al fuego, Luis me hizo una señal.

Salimos al exterior. El aire de la noche era gélido y traía el aroma del río Cúa y la tierra mojada.

Caminamos por el sendero que rodeaba el hostal, alejándonos del ruido de las risas.

—¿Has sentido lo mismo que yo en el Palacio Real, verdad? —susurró Luis, rompiendo el silencio. Su aliento formaba una pequeña nube de vapor—. Las columnas con los diseños de los entramados. Seguro que está hecho a propósito.

—Que el palacio real esté en línea con la fuente de la niña, justo frente al balcón en el que se asomaba Doña Sancha—pensé en alto, apretando los puños dentro de los bolsillos—.

Y la marca de la cestería... el nudo del cestero de mis antepasados.

Está justo al lado. Es como si me estuvieran gritando "es aquí".

–¿Sabes reinita? aquí pasa algo que la gente no se fija. —Saltó Luis, como si nada –A veces miramos pero no vemos. Este lugar tan mágico está lleno de tréboles de cuatro hojas.

–¿En serio? —Qué guay, ¿no? y tú, ¿cómo lo sabes?

–Porque yo ya estuve aquí el año pasado con tu tío Tito y los ví.

Luis tenía esa manía de callarse cosas importantes y soltarlas en el momento menos esperado. A veces me ponía de los nervios cuando lo hacía, pero no podía negar que formaba parte de su encanto y de su carismática personalidad.

Luis se detuvo y miró hacia la silueta oscura del monasterio que se recortaba contra el cielo violeta. —Mañana en Villafranca tenemos que ser hábiles. Bianca no nos va a quitar el ojo de encima, su instinto protector lo lleva en la sangre.

Cuando el grupo se detenga en la Colegiata, tenemos que escabullirnos hacia la Alameda.

—Necesito ver a "La Chata" —dije con urgencia—. Necesito ver si esa niña de piedra esconde algún secreto, alguna pista que nos ayude a avanzar.

Luis me puso una mano en el hombro, sonriendo con media cara iluminada por la luz que salía del hostal.

—Has leído demasiadas novelas históricas, Lucía.

Me encanta tu espíritu de Indiana Jones.

Mañana a ver con lo que nos encontramos, no te hagas muchas ilusiones; la fuente lleva ahí, por lo que nos dijo Borja, más de un siglo. Descansa, mi reinita.

Mañana “la niña pastori” o nos da una pista o una patada en el trasero.

Me quedé mirando la oscuridad del valle.

Yo sabía que íbamos por el buen camino. Sentía que el caballero y doña sancha estaban con nosotros, guiando y protegiendo nuestros pasos, como lo hicieron con los peregrinos que caminaron por estas tierras hacia Compostela hace 800 años.

El lugar desprendía un halo mágico que me hacía sentir, inexplicablemente, cómoda y tranquila.

Respiré por última vez el aire fresco y puro de El Bierzo antes de regresar al hostal y caer rendida en los brazos de Morfeo.