Capítulo 58 El Cantar de las Piedras #3
Corrieron campo a través por el verde patio como Heidi y Pedro corriendo sobre los prados suizos. Debían de apresurarse para no llamar la atención y evitar ausentarse demasiado del grupo de Bianca.
Luis, con cautela se subió al cubo mientras Lucía lo observaba con atención por si hubiera alguna inscripción o cualquier pista. Pero no había nada más que ese círculo hendido en uno de los laterales como pudo observar desde la lejanía.
—Luis, quédate quieto, no te bajes y mira para el edificio. Imaginemos que eres la fuente y la niña de piedra mira hacia el palacio de la reina como sugirió Borja.
Luis se giró toscamente haciéndose pasar por una estatua de piedra con los brazos extendidos y los ojos abiertos como platos. No sabía cómo lo conseguía pero siempre me hacía reír.
Me quedé sin palabras. Su mirada apuntaba al hermoso balcón que se escondía entre dos salientes del edificio. Se encontraba en una planta elevada y habían dispuesto una escalera moderna para acceder a la puerta desde la explanada donde nos encontrábamos.
El mirador de la reina. Tan modesta como majestuosa.
Un equilibrio perfecto donde me imaginaba a Sancha y al Vigilante de Carracedo mirando al cielo estrellado en una noche de León.
Con un precioso patio lleno de flores y árboles frutales.
Y la fuente, frente a ellos, con una alineación que se veía matemática.
—¿Ya puedo bajar los brazos? —Luis interrumpió a mi imaginación, lo que me hizo volver a la realidad.
—Ay, sí. Perdona. La fuente estuvo aquí. Borja tenía razón. Y tenía una función más importante incluso que la de deleitar las miradas a quienes se asomaban desde ese balcón. No hay duda.
No podía quitar los ojos del mirador. Algo sobrenatural me unía a él, su arquitectura o sus proporciones atrapaban toda mi atención.
Arquitectura. Proporciones. ¡La torre!
—Luis, la torre. ¿Recuerdas el boceto que estaba pintado en el pergamino? Saca la libreta.
Luis se bajó del cubo de piedra tras haber hecho unos cuantos gestos de ballet para probar su equilibrio con una sola pierna. Abrió su mochila y extrajo la libreta por donde había transcrito lo que contenía el famoso manuscrito que Sancha llegó a custodiar bajo su cabeza en su mismísima tumba.
Lucía, mirando a Luis con cara de impaciencia, le arrancó la libreta literalmente de las manos. Elevó el dibujo de la torre con las líneas intrincadas y lo puso junto al lado del mirador que tenían delante.
Coincidía. En el dibujo no había escaleras ni tampoco los dos bloques salientes que tenía a los lados, por lo que parecía una torre.
Pero la representación de la puerta, la ventana doble de la izquierda y el círculo de la derecha eran totalmente idénticos en tamaño y proporción.
Sin duda ese boceto trataba de representar al mirador de la reina.
Mi corazón dio un vuelco. Es de estos momentos en los que la vida te muestra lo maravillosa que puede ser.
Estar ahí, con Luis descubriendo algo tan trascendental, que quizá en 800 años nadie se había percatado antes me hacía sentir orgullosa de mí misma.
Sentir que la vida puede ofrecerte más que obligaciones y desgracias.
—Qué pasada —dijo Luis—. Y el dibujo de las curvas es el nudo de los cesteros, el nudo de ocho puntas de tu broche.
Debió de ser el diseño de la ventana, grabado en piedra, antes de que alguien llegara y lo rompiera.
Aún quedan restos del borde. A saber cuándo lo destrozaron, este monasterio ha aguantado carros y carretas...
Una vez, el símbolo de los cesteros de tu familia estuvo ahí, reinita.
Imagina el sol pasando por ahí cada mañana. Debía de ser un espectáculo.
Nos dirigimos de vuelta al claustro mayor. Yo no podía articular palabra. La emoción, la conexión con este lugar mágico y el reciente descubrimiento superaban todas mis expectativas.
Entramos en el monasterio siguiendo el eco de las voces del coro.
El interior era un laberinto de luces y sombras.
Pasamos por la Sala Capitular, con sus cuatro haces de columnas que parecían palmeras de piedra sosteniendo las bóvedas.
Sentí un escalofrío al pasar; Bianca nos había dicho que allí descansaban abades y reyes.
—Escucha —dije, deteniéndome en seco.
—¿El qué? Solo oigo a tu tía regañando al bajo por no estar en su lugar —respondió Luis.
—No es eso. Es... el agua.
Me acerqué a uno de los muros de la panda este. Si pegabas la oreja, podías sentir una vibración sutil, un rumor lejano que corría bajo las losas. El monasterio seguía vivo, canalizando el agua del río Cúa a través de venas invisibles.
—La fuente no está —susurré—, pero la canalización sigue ahí.
Luis se quedó mirándome un segundo, con esa medio sonrisa que no dejaba averiguar si le estaba divirtiendo o estaba tratando de ponerse serio.
Sin decir una palabra, se acercó y puso su palma abierta sobre la piedra fría, justo al lado de mi oído.
Vi cómo cerraba los ojos y concentraba su respiración.
Tras un instante, asintió con un gesto seco y solemne.
—Corre por debajo de la sala —murmuró con una voz que no admitía dudas—.
Capítulo 58: El Cantar de las Piedras
Monasterio de Carracedo. Mayo de 1998
Nos situamos en lo que queda de la nave central. El aire allí dentro es distinto: pesa más, es más denso y conserva un frío que parece venir directamente del siglo XII. Bianca nos colocó en semicírculo, justo frente a los restos de la cabecera románica.
—¡Silencio! —ordenó mi tía, y su voz rebotó en los muros de piedra caliza con una nitidez terrorífica—. Olvidaos de Valladolid, olvidaos del autobús. Estamos en Santa María. Cantad para las piedras, porque ellas son vuestro único público hoy.
Luis, a mi izquierda, se irguió con orgullo. Se le veía cómodo, integrado, respirando el aroma a incienso viejo y humedad. Bianca dio la señal y el coro rompió a cantar. Las armonías del Locus Iste de Bruckner empezaron a elevarse, buscando las techumbres de madera y las bóvedas de crucería.
"Locus iste a Deo factus est..." (Este lugar ha sido hecho por Dios).
Yo abrí la boca y, como de costumbre, me limité a mover los labios.
Pero entonces ocurrió algo extraño. La música no se quedaba en el aire; parecía filtrarse por las grietas de los sillares.
Al no estar centrada en la partitura, mis ojos empezaron a vagar, libres, por la arquitectura que nos rodeaba.
Me fijé en la llamada Puerta de los Monjes.
Los capiteles con hojas enroscadas parecían vibrar con las notas bajas de los tenores.
Recordé lo que leí en uno de los libros que consulté en la biblioteca del Palacio Santa Cruz: "la imposta aparece recorrida por motivos estrellados".
Mis ojos saltaron de una estrella a otra, siguiendo un ritmo que no era el de la música, sino el de una geometría oculta.
De repente, un rayo de sol de tarde, de ese oro viejo del Bierzo, entró por una de las saeteras superiores y golpeó directamente un capitel cercano al crucero. Allí, entre la maleza de piedra, lo vi.
En vez de mostrar hojas o animales fantásticos como el resto de los capiteles, mostraba una marca de cantero muy llamativa. Era un entramado de líneas cruzadas, un diseño que recordaba poderosamente a la cestería. El "nudo" del que hablaba Borja, el nudo celta tan antiguo como mi origen familiar.
—Luis —susurré, aprovechando un crescendo de los sopranos que ocultaba mi voz—, mira el tercer capitel de la derecha. El del sogueado.
Luis no dejó de cantar, pero sus ojos se desviaron hacia donde yo señalaba. Noté cómo su expresión cambiaba. Sus pupilas se dilataron. Él también lo veía.
"...et inaestimabile sacramentum..." El coro llegó al clímax de la pieza.
En ese momento, la vibración del sonido fue tan fuerte que juraría que la losa bajo mis pies se movió un milímetro.
Sentí un calor repentino en el bolsillo de mi chaqueta.
El broche de plata, la fíbula de mi familia, parecía estar respondiendo a la frecuencia de la música, como un diapasón.
Bianca bajó los brazos y el silencio que siguió fue más ruidoso que el propio canto.
—Bien —dijo ella con una sonrisa satisfecha—. Las piedras nos han escuchado y la acústica es sublime. Descansamos media hora y nos vamos al hostal. No os alejéis mucho.
Luis se acercó a mí, todavía con el brillo de la música en los ojos. —Lucía, estamos cerca, muy cerca. La energía de este lugar es una pasada.
—Lo sé —respondí, mirando hacia la penumbra del Palacio Real—. Pero no podemos hacer nada. No con treinta personas mirando.
—La Chata —asintió Luis—. Mañana por la mañana tendremos tiempo libre en Villafranca, iremos a ver la fuente de la niña. A ver si nos aporta alguna pista más.