La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 55 El Maestre del Acero y del Vino
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Capítulo 55 El Maestre del Acero y del Vino

—Ven conmigo —dijo Luis, guiándome por el entramado de calles que llevan hacia la Iglesia de San Martín—. Conozco un sitio detrás de Las Angustias, cerca de donde ponen los huevos de fraile, que te va a encantar. Vamos a tomar un clarinete donde un colega que… el tío sabe, ya verás.

Llegamos a un local acogedor, de esos donde el tiempo parece detenerse entre vigas de madera y olor a bodega.

Tras la barra, un hombre de hombros anchos y mirada inteligente manejaba el cuchillo jamonero con una precisión casi quirúrgica.

Cada loncha de jamón de bellota que caía sobre el plato era una obra de arte, traslúcida y perfecta.

—Borja —saludó Luis con un gesto cómplice que incluyó un breve roce de manos, casi un código—. Necesitamos beber de la luz de tu conocimiento.

—De mi conocimiento no sé, ¡pero de un par de riberitas seguro que sí!

Borja nos sirvió dos copas de un tinto de la tierra, denso y con cuerpo, y nos puso delante un pequeño plato con ese jamón que acababa de cortar. Mientras dos vejetes en la esquina de la barra discutían sobre el clima ajenos a nosotros, Luis desplegó la fotocopia del plano sobre la madera pulida.

—Lucía Borja, Borja Lucia. —Tras la esporádica presentación, Luis me dirigió la mirada.

—Aquí donde le tienes es Doctor en Historia —me susurró—. Borja, mira este plano del monasterio de Carracedo. Representa la época de la Infanta Sancha. ¿Ves algo que no cuadre con lo que se visita hoy en día?

Borja dejó el cuchillo, se limpió las manos y se ajustó las gafas. Su mirada cambió; pasó en medio segundo de tabernero a historiador. Sus dedos, acostumbrados a acariciar legajos, recorrieron el dibujo del claustro.

—Curioso... —murmuró Borja—. Veréis, el monasterio que conocemos hoy es el resultado de muchas capas.

Pero el proyecto de Sancha en 1138 tenía una ambición más compleja de lo que la mayoría piensa.

Ella quería un palacio real integrado, no solo un cenobio.

Quería convertirlo en su “campamento base” porque la vida de los reyes de la época era muy itinerante.

El monasterio acabó siendo la cabeza de la congregación de filiales en El Bierzo del Reino de León, digamos el centro neurálgico de operaciones de la época.

De ahí la famosa frase que surgió después y que tantos historiadores mencionan cuando se refieren a la infanta también llamada reina Sancha: “Valde dilexit Carrazetum”...

que se traduce como “Ella amaba mucho a Carracedo”...

Casi me atraganto en pleno sorbo. Una asociación de ideas pasaron por mi mente.

¿Y si en vez de referirse al monasterio se refería a mi antepasado, el señor de Carracedo, el caballero custodio de la misteriosa reliquia que el mismo Alfonso VII le nombró en el pergamino?

Explicaría por qué este documento acabara entre la almohada de piedra y la cabeza de Doña Sancha en su tumba.

No dije nada, me ceñí a escuchar las palabras del licenciado:

—…esta devoción fue destacada en el siglo XVI por el cronista Ambrosio de Morales, documentada un siglo después por Fray Prudencio de Sandoval, y recogida finalmente por Enrique Flórez en su célebre obra España Sagrada durante el siglo XVIII.

—Ambrosio de Morales, cronista de Felipe II, presenta… —Luis rompió el silencio de la pausa de Borja sin poder evitar poner su voz ronca cinematográfica y hacer la gracia.

Asentí con la cabeza y le mostré una ligera sonrisa complaciente a Luis por su aclaración. Aunque realmente había dejado de lado la conversación concediendo mayor atención a mis propios pensamientos.

—Así es —Borja se incorporó repentinamente y se adentró por el arco que separaba el bar de lo que pensé que sería la cocina.

Tras unos minutos apareció con un libro en la mano.

Como si en el interior de su local escondiera una biblioteca oculta tras los fogones.

Se volvió a colocar las gafas. Con ellas puestas parecía que envejecía 10 años, pasando automáticamente de un señor maduro a un abuelito entrañable.

Ajeno a mis pensamientos, procedió a leernos, con un tono solemne:

—En su obra: Viage de Ambrosio de Morales por orden del Rey D. Phelipe II a los Reynos de León, y Galicia, y Principado de Asturias (publicada póstumamente), el historiador detalla lo siguiente:

“El patronazgo de Carracedo: Describe cómo doña Sancha, a quien él llama La Reina (título que ella ostentó por privilegio de su hermano Alfonso VII), tomó bajo su protección el monasterio de Carracedo para restaurarlo y entregarlo a la orden del Císter. Su entierro original: Morales relata que doña Sancha Raimúndez amaba tanto este lugar que mandó enterrarse allí. De hecho, describe el suntuoso sepulcro que vio en Carracedo y cómo, posteriormente, sus restos fueron trasladados al Panteón de Reyes de San Isidoro de León”.

Tras una pausa como tratando de encontrar algo más significativo que lo que había leído, levantó la mirada hacia nosotros dos:

—Él deja claro que la Sancha del siglo XII (Raimúndez) es la figura central de la grandeza de Carracedo (Carracetum).

Mientras se disponía a revisar de nuevo el mapa, aproveché a preguntar:

—¿Quién fue el marido de Sancha?

Sin levantar los ojos del mapa, me respondió sin dudarlo ni un segundo:

—La reina Sancha fue soltera toda la vida hasta donde yo sé, nunca se casó.

—Sin darle el más mínimo de importancia a este hecho, prosiguió con la exploración del mapa—.

Mirad estas líneas en el ala oriental. —Señaló la zona que el informe identifica como el Cuerpo Torreado y el Palacio Real—.

Esta zona es el lugar que se dice eran las dependencias de la reina.

Las salas de la segunda planta aún se conservan y se pueden visitar.

—¿Has visto la fuente que está justo aquí frente a las dependencias de la reina? —pregunté.

—La fuente de este plano ya no está en Carracedo.

Debió de ser el lugar donde colocaron la famosa fuente de la niña.

Una pieza de piedra enorme que hallaron en Castro Ventosa, un yacimiento prerromano situado muy cerca de la zona en Bergidum Flavium.

Lo encontrarían muy probablemente durante la reconstrucción por orden de Sancha alrededor del 1140, ya que aprovechaban materiales y construcciones en ruinas extraídas de excavaciones.

Ante el silencio de los dos, Borja entendió que debía seguir hablando sobre la fuente:

—La estatua representa a una niña sentada sobre el lomo de dos ánforas iguales, cuyas bocas apuntan hacia afuera y por donde brota el agua.

Algunos dicen que es una diosa romana, yo discrepo bastante porque no veo conexión entre la diosa y la edad.

Para mí podría provenir más bien de la imagen de una niña de una familia de alto cargo romana, en la época en la que los romanos se asentaron allí.

Al ser de origen pagano no creo que la ubicaran en el claustro principal en esa época, además aparece sin ropa, y una niña desnuda coronando el centro del área central del monasterio...

no lo veo muy probable en pleno siglo XII.

—Este plano me hace pensar que pudieran ubicarla más bien en este punto —Borja señaló con el dedo justo en el patio frente al palacio real—.

Puesto que según este plano, existe aquí un sistema de aguas.

Al ser un patio frente a las dependencias de la reina, sería un jardín o un huerto.

Y cuadra, porque en la estancia más famosa, la que llaman la cocina de la reina, el corazón de las dependencias de Sancha, existe un balcón que lo llaman el Mirador de la reina.

Ella podría asomarse y ver un precioso jardín con la estatua de la niña mirando de frente. Ahí me pega más.

—Lo que me parece especialmente curioso es que el agua del patio de la reina no va hacia el río directamente —continuó Borja bajando la voz—.

Hace un ángulo extraño, cerca de un pasadizo estrecho, de apenas dos metros, donde pone Locutorio.

En mis investigaciones sobre arquitectura cisterciense y prerrománica, estos "ángulos muertos" suelen ocultar estancias de servicio o, en casos muy excepcionales, cámaras de seguridad.

Sancha sabía que el monasterio original de Vermudo II fue arrasado por Almanzor, y podría haber aprovechado las cimentaciones del siglo X para crear un vacío que no aparece en las crónicas por si os sirve de algo.

Luis y yo nos miramos perplejos. Y al mismo tiempo dijimos sin pensar:

—¿Nos pones otro vino Borja?

—¡Sí claro, faltaría más! —se rió.

—Entonces, Borja —dije mientras el rubí líquido del reserva caía denso sobre mi copa—, ¿la fuente de la niña sigue está ya en el Monasterio?

—No, Lucía, la fuente fue literalmente sustraída durante la desamortización de Mendizábal en el siglo XIX. Fue entonces cuando fue adquirida y trasladada a Villafranca del Bierzo para decorar su Alameda. Lleva ahí más de 100 años. La gente del Bierzo la llama cariñosamente "La Chata".

—La Chata —Luis recordó el nombre de nuestras investigaciones—. Vaya nombre, parece el nombre de la señora que te encuentras en el mercado por la mañana que se te cuela. ¡Ay la chata, la chata! —comenzó a tocar las palmas; sin duda los dos riberas ya estaban surtiendo efecto en él.

A mí me ayudó a lanzar una sonrisa seguida de una risa de esas que no puedes parar.

Luis logró con su chorrada que soltara mágicamente toda la tensión que llevaba acumulada durante semanas.

Qué momento más sublime, en el bar del sorprendente Borja, doctor en Historias, hablando de los orígenes de mi familia Carracedo y de una niña de piedra a la que llamaban la Chata.

No podría ser un momento más surrealista. Esto solo pasa en mi tierra.

Durante nuestro ataque de risa desenfrenada, Borja nos miró con una sonrisa enigmática.

—¿Qué andáis buscando en Carracedo? ¡Es un lugar lleno de enigmas y muy templario, por cierto!

—Sí, lo sabemos, Borja, pero la verdad es que no tenemos muy claro qué es lo que buscamos. Quiero conocer más sobre mi origen, de dónde vengo.