Capítulo 54 El Nudo Infinito
Habían pasado diez días desde su llegada.
Diez días en los que Sancha había cambiado la seda por la lana basta y las intrigas palaciegas por el ritmo pausado del taller.
Antes de que el sol terminara de despuntar sobre el castillo, Pedro, el padre de Carracedo, apareció en la estancia principal cargando un objeto que olía a campo y a madera fresca.
Era una cuna. Una obra maestra de mimbre blanco, ligera como una pluma pero firme como la fe, tejida con una delicadeza que solo un abuelo que desea conocer a su nieto puede imprimir.
—Para el tiempo de la siega, en san Juan —dijo Pedro con su habitual parquedad castellana, aunque sus ojos brillaban—. Para que la pequeña Vera no toque el suelo frío cuando llegue al mundo.
Vera. Ese era el nombre que habían acordado para su pequeña. Vera de Carracedo, a la que todo el mundo llamaría con cariño "La Chata", por su naricita idéntica a la de la milagrosa estatua que ya esperaba en el claustro del monasterio.
Sancha acarició el borde de la cuna, emocionada.
Carracedo agradeció a su padre con un apretón de manos que valía más que mil palabras.
Pero el momento de la partida había llegado.
El caballero debía volver al Bierzo; su ausencia prolongada podría suponer un riesgo para el secreto y para el avance de las obras.
Sancha acompañó a su amado hasta la orilla del río, donde los sauces de la ribera se inclinaban sobre el agua como si quisieran escuchar sus secretos. Allí, entre la niebla del Duero, ella sacó un bulto envuelto en un paño de lino.
—Tengo algo para vos —dijo Sancha, sintiendo un rubor impropio de una mujer de su estirpe—. He estado robándole horas al sueño bajo la mirada paciente de vuestra madre.
Con manos temblorosas, le entregó una cesta de forma cuadrada con las puntas redondeadas.
Tenía una tapa que encajaba con dificultad, y el trenzado mostraba las vacilaciones de quien nunca ha lidiado con la dureza del sauce.
Había hebras sueltas y nudos que no guardaban la simetría perfecta de un maestro.
Carracedo la tomó entre sus manos y, al ver las imperfecciones, soltó una carcajada limpia y llena de amor.
—¿Reís de mi torpeza, mi señor? —preguntó ella, fingiendo ofensa.
—Río de alegría, Sancha —respondió él, recorriendo con los dedos el centro de la tapa—. Porque habéis logrado lo más difícil. Mirad el sello.
Sancha había logrado que tanto la base como la tapa partieran de ese nudo ancestral del infinito, el de las ocho puntas que identificaba a los Carracedo. Era un nudo torpe, pero vivo.
—Quería que la tuvierais antes de partir —dijo ella, recobrando la seriedad—.
Sé que la caja original de la reliquia se perdió.
Esta cesta os servirá para aliviar la carga.
No quiero que el espejo de azabache pese siempre sobre vuestro pecho.
Guardadlo aquí. Que este mimbre hecho por mis manos lo resguarde de las miradas curiosas.
Carracedo miró la cesta con una reverencia nueva. Entendió que aquel objeto era el verdadero cofre de la futura custodia.
—Será su hogar —prometió él—. Y cuando los muros de nuestro monasterio vuelvan a estar en pie, este será el lugar donde esconderemos la luz. Vuestras manos han tejido el primer refugio de la verdad.
Sancha se apoyó en su hombro. —Vuelve pronto. Vera y yo os esperaremos bajo la sombra del castillo.
Carracedo la besó en la frente. Guardó la pequeña cesta en sus alforjas de cuero y montó sobre Cierzo.
Entregó a Sancha su capa de lana parda y descubrió su túnica blanca resplandeciente.
Ya no tenía que esconder su identidad; Sancha se quedó en la orilla, viendo cómo la silueta se perdía entre los sauces, llevando consigo un pedazo de su alma guardado en una humilde caja de mimbre, sellada con el nudo del infinito.