Capítulo 55 El Maestre del Acero y del Vino #2
—Lucía se apellida Carracedo, Borja —dijo Luis, antes de apurar el último sorbo de su copa.
—¡Ah! ¡Una Carracedo! ¡De la estirpe de los Vigilantes entonces! Podrías entrar en la orden, ¡que te explique el compañero este que me traes! Luis, anda, que nos viene bien nuevos miembros.
Luis trató de ignorar lo que Borja acababa de decir y le explicó los planes de acudir en mayo.
—Si vais a Carracedo el mes que viene, más que en las puertas —explicó Borja volviendo a su cuchillo—, buscad el sogueado en las columnas del Palacio Real; ese estilo antiguo es la firma de los que estuvieron antes, os recordará al nudo de Salomón.
Y después, os sugiero que aprovechéis el viaje y vayáis a Villafranca a ver la fuente de niña de piedra. Tened en cuenta que el nivel superior es el original, el capitel de los leones y la columna de la base probablemente sean añadidos posteriores.
Ella es la única que queda viva de este patio.
Salimos del bar con la chispa del vino y la certeza de que lo que fuera que debíamos buscar allí no se encontraba en los libros oficiales por lo que tendríamos que estar muy atentos a cada detalle.
Capítulo 56: El Refugio de la Memoria
Segovia / Valladolid. Abril- mayo de 1998
Tras el encuentro con Borja, el plano de Carracedo quedó doblado con cuidado extremo entre las páginas del diario de mi abuelo. Pero la magia de la taberna y el aroma del Ribera se disiparon pronto ante la crudeza del lunes. La gripe tuvo que rendirse por decreto ante la necesidad.
Mi madre se había tenido que trasladar a setecientos kilómetros para trabajar duro, enviando lo justo para mantener a flote una casa rota por el divorcio.
Mi estancia en Segovia, estudiando Publicidad en aquella universidad privada adscrita a la Complutense que, de forma casi surrealista, se asentaba sobre un centro comercial, era un lujo que me costaba la piel.
Entre la matrícula, el alquiler del piso y los viajes, ni siquiera tres trabajos semanales parecían suficientes.
Aquel fin de semana, tras librarme por los pelos del turno en el Black Rose, tuve que armarme de valor para cumplir en el estadio de la pulmonía José Zorrilla.
Trabajé bajo el frío cortante, sintiendo cómo el cansancio se me metía en los huesos.
Al terminar, salí corriendo hacia la estación de autobuses rumbo a Segovia.
Mis días eran una carrera de obstáculos: asistir a todas las clases, tomar apuntes, calcular cada peseta para la comida.
Pero al llegar a casa, en el silencio de mi habitación, ocurría el milagro.
Dedicarle mis últimos minutos antes de dormir a Sancha, al custodio de Carracedo y a los muros del monasterio, me otorgaba una fuerza extraña.
Era una protección invisible, un hilo de seda que me unía a algo más grande que mis facturas y mi soledad.
Investigar mi origen era lo único que me permitía pasar la noche sin sobresaltos.
Estaba deseando que llegara el día de partir con el coro hacia el Bierzo porque sentía en mi corazón un regreso al hogar en la tierra de mis antepasados.
Plaza de la Universidad, Valladolid. Primer fin de semana de mayo 1998. Sábado de salida.
El motor de La Regional roncaba en la oscuridad de la mañana. Me subí al autobús arrastrando mi mochila, sintiendo el plano contra mi espalda.
—Lucía, por fin —dijo Luis desde los asientos del fondo, haciéndome un hueco—. Pareces agotada.
—Lo estoy, Luis. Pero ya estamos en camino.
Mientras el autobús enfilaba la carretera de León, dejando atrás el perfil de Valladolid, sentí que por fin podía respirar. Bianca, unas filas más adelante, repartía las partituras, pero yo solo podía pensar en la estatua de "La Chata" y en el sogueado de las columnas que Borja nos había descrito.
—Luis —susurré cuando el autobús se sumergió en la niebla de la meseta—, ¿qué es eso de que "nos vienen bien nuevos miembros" en la orden que dijo tu amigo en el bar el otro día? ¿A qué narices se refería?
Luis miró por la ventanilla, donde el sol empezaba a luchar contra la bruma.
—La Orden no es un club social, Lucía. Es una responsabilidad.
Borja tiene la lengua muy larga, pero tiene razón en algo: tu apellido es una marca.
En el Bierzo, las piedras te van a reconocer.
Y hay gente que lleva mucho tiempo esperando a que alguien con tu sangre cruce las puertas de Carracedo.
—¡Chicos! —la voz enérgica de Bianca cortó la confesión de Luis como un cuchillo—. Dejad de cuchichear, que parecéis conspiradores. Tomad, repartid esto.
Nos puso en las manos un fajo de folios fotocopiados con las letras de los cánticos.
—Vamos a ensayar el Canticum Novum. Quiero que las voces se calienten antes de llegar al Manzanal. ¡Venga, Luis, sé que tienes buen fuelle!
Luis aceptó los papeles con una sonrisa divertida.
Él era así: le encantaba el jaleo, la gente y se apuntaba a cualquier plan con un entusiasmo que a veces me agotaba.
Yo cogí las hojas por compromiso, sintiendo un escalofrío de rechazo.
No cantaba en grupo desde la catequesis.
Desde que mi hermana y yo, de pequeñas, asistíamos los sábados por la mañana al coro en la Iglesia de San Miguel.
Mientras el autobús se convertía en una caja de resonancia llena de armonías y Luis se integraba en el grupo de mi tía como si hubiera nacido para ser tenor, yo empecé mi retirada táctica.
Fui deslizándome de asiento en asiento hacia la parte de atrás, haciendo un playback descarado, moviendo los labios sin emitir sonido hasta que quedé fuera de su alcance visual.
Me apoyé contra el cristal frío de la ventana. El paisaje castellano, llano y austero, empezaba a romperse en lomas más pronunciadas a medida que nos acercábamos a León.
"Y pensar que hacían todo esto a caballo o a pie", reflexioné, mirando la inmensidad del horizonte. "¿Cómo podían ser tan fuertes? Sin calefacción, sin supermercados, sin nada más que su voluntad y su fuerza...".
La vibración del motor contra mi sien y el murmullo lejano del coro empezaron a sumirme en un sopor pesado, un sueño mezcla de cansancio y trance.
Las montañas del Bierzo aparecieron a lo lejos como gigantes dormidos bajo la niebla.
De repente, el cristal de la ventana dejó de reflejar el interior del autobús.
En la transparencia grisácea, sobrepuesta a los robles y la pizarra, vi un rostro de unos ojos claros, color miel y profundos, una mandíbula firme y el destello metálico de un almófar de malla.
Mi antepasado, el custodio de Carracedo, el Vigilante, me observaba desde el otro lado del tiempo.
Su reflejo aunque rudo, transmitía una dulzura casi paternal.
Estábamos entrando en su territorio y me daba la bienvenida.
Cerré los ojos con suavidad, y cuando los abrí, el cartel de la carretera indicaba: CARRACEDO DEL MONASTERIO - 1 KM.
Habíamos llegado.
Capítulo 57: El Umbral de Piedra
Carracedo del Monasterio. Mayo de 1998
Las puertas de La Regional se abrieron con un suspiro de aire comprimido, dejando entrar un golpe de frío húmedo que olía a humo de leña, a tierra mojada y a la floración de los castaños.
Bajé los escalones del autobús con las piernas todavía entumecidas, sintiendo que el suelo bajo mis botas no era el asfalto de Valladolid, sino algo mucho más antiguo.
Allí estaba.
El Monasterio de Santa María de Carracedo se alzaba ante nosotros, no como el edificio perfecto que yo había imaginado, sino como un gigante herido y majestuoso, una mezcla de sillería caliza, pizarra y madera que parecía emerger directamente de la tierra del Bierzo.
—¡Venga, chicos! ¡A la sacristía para dejar las cosas! —gritaba Bianca, guiando al grupo con la energía de un general—. ¡Tenemos solo una hora para probar la acústica antes del primer ensayo general!
Luis caminaba a mi lado, cargando su mochila y mirando hacia arriba, con el cuello estirado hacia las ruinas de la iglesia neoclásica.
—Es más grande de lo que parece en el plano, ¿verdad? —me susurró.
Yo no podía contestar. Mis ojos estaban fijos en el ala oriental. Recordaba perfectamente las palabras de Borja y los nombres en el mapa: el Palacio Real, el Mirador de la Reina. Desde donde estábamos, podía ver la silueta del balcón, esa galería-mirador me atraía especialmente.
Sentí una presión en el bolsillo de mi chaqueta. El broche de mi familia. Introduje la mano y lo agarré con fuerza.
Mientras el coro se dirigía en tropel hacia el interior, yo me detuve afuera entre el claustro principal y el camino que conducía a la explanada. Según lo que habíamos investigado, aquí es donde debería estar la fuente de "La Chata". Pero, tal como nos advirtió Borja, solo había un espacio vacío.
Cerré los ojos e intenté superponer el plano de la biblioteca sobre la realidad. Si el mirador de la reina estaba allí… y la fuente estaba justo enfrente…
Abrí los ojos y me percaté de un pequeño cubo de piedra que emergía de la tierra, en medio de la explanada. Estaba alineado perfectamente frente a la puerta del mirador. Su ubicación coincidía con el lugar en el que la fuente debía estar en el pasado según nuestro mapa.
Era un cubo moderno aunque se veía con humedad y musgo en la parte baja.
No debía medir más de 40 centímetros por cada lado.
Desde lo lejos, pude distinguir un relieve de un círculo hendido en el lateral.
Me vino a la mente que el cubo podría ser como un tapón, que evitaba que brotara el agua del interior desde que se retiró la fuente de allí.
Eso podría significar que el sistema hidráulico del que nos habló Borja aún funcionaba.
—Lucía, no te quedes ahí pasmada —me apremió Luis, agarrándome del brazo—. Bianca nos va a echar la bronca si no aparecemos ya.
—Luis, fíjate en ese cubo en el suelo —dije señalando hacia la tierra—, queda justo frente al balcón, coincide con el lugar en el que estaba la fuente en el mapa. La fuente de la niña.
—Ostras, es verdad —se sorprendió Luis, no me había fijado—. ¡Vamos a verlo!