Capítulo 50 La Promesa de la Niña
El invierno en el Bierzo era una mezcla de barro, neblina y el sonido constante de los picos golpeando la piedra.
Carracedo caminaba entre los andamios de madera que empezaban a rodear los muros del antiguo cenobio.
A pesar del frío, sentía el calor del Espejo de Azabache contra su pecho, bajo el manto blanco que selló su voto de custodio.
Vio a Sancha al fondo, cerca de lo que sería el nuevo claustro.
Llevaba una capa de lana gruesa y observaba a los canteros con una seriedad que ocultaba su cansancio.
Él sabía, por la visión del espejo, lo que ella aún no se atrevía a confirmar en voz alta, aunque el brillo en sus ojos y la forma en que su mano buscaba inconscientemente su vientre lo decían todo.
—¡Señor de Carracedo! —gritó un capataz—. Mirad lo que hemos sacado del lodo de las ruinas de Bergidum.
Un grupo de hombres tiraba de unas cuerdas, elevando una figura de piedra que parecía emerger de la propia tierra. Al limpiarla de barro, apareció ella: una niña de mirada solemne, sentada sobre dos ánforas, con la espalda erguida y los ojos fijos en un horizonte invisible.
—Los hombres de la cantera ya la han apodado "La Chata", por esa diminuta naricilla que el tiempo ha desgastado —se apresuró a decir el capataz con simpatía—. Parece haber salido de la tierra como una bendición o un buen augurio.
Sancha que lo vió de lejos, se acercó fascinada. El tiempo pareció detenerse cuando sus dedos rozaron la frente de piedra de la pequeña estatua.
—Es ella —susurró Sancha, tan bajo que solo Carracedo pudo oírla.
—La Chata —dijo él con una sonrisa leve, usando el apodo que ya corría entre los trabajadores.
Sancha miró a Carracedo. En ese cruce de miradas se dijeron todo lo que el protocolo prohibía.
Ella ya era consciente de su estado, de ese cambio sutil en su cuerpo que la vinculaba para siempre a la visión que él le había confesado tras el rescate.
Aquella estatua era la señal del cielo que necesitaban.
—Esta niña guardará el centro de mi hogar —sentenció Sancha con voz firme—. Que se construya la fuente allí mismo en medio del claustro. Y que mi estancia sea proyectada de modo que mis ojos nunca dejen de verla.
Se alejaron un poco del ruido de las obras para hablar en la intimidad de un arco a medio construir.
—Debo partir, señor mío —dijo ella, bajando la voz—. No puedo ocultar esto mucho más tiempo bajo las sedas de León. Mi hermano Alfonso espera que retome mis funciones en palacio, pero mi cuerpo tiene otros planes.
—Iremos a Peñafiel —respondió él, tomándole las manos con devoción—. Mis padres os recibirán como a una hija. Allí solo seréis una mujer bajo el olor del mimbre y el sauce. Nadie buscará a la Infanta de León en un taller de cesteros.
Sancha asintió, sintiendo el alivio recorrer su cuerpo.
—Tú irás y vendrás —decidió ella—. Serás mis ojos aquí. Supervisarás cada piedra de este monasterio. Quiero que para cuando nuestra hija pueda caminar, este lugar sea el baluarte más seguro de la cristiandad. El palacio donde ella pueda crecer libre y podamos criarla juntos.
Carracedo besó las manos de su señora. La decisión estaba tomada. Mientras el monasterio crecía en piedra y cal en el Bierzo, la verdadera reliquia —la vida que latía en Sancha— crecería en el silencio humilde de las tierras de Castilla.