La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 51 El Refugio de la Villa del Esgueva
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Capítulo 51 El Refugio de la Villa del Esgueva

El traqueteo del carro sobre las piedras del camino real era rítmico y pesado.

Carracedo, vestido con un sayal de lana parda que ocultaba su túnica blanca, guiaba con firmeza las riendas.

Al frente, Cierzo y un rocín castaño tiraban del carromato con la cabeza baja, ocultando su nervio bajo arneses de cuero viejo.

Bajo la lona, protegida entre fardos de paja, Sancha descansaba del balanceo, sintiendo cómo el aire de Castilla se volvía más seco y frío a medida que se acercaban a la villa de la Esgueva.

Al llegar a las puertas de la muralla de Valladolid, un guardia se acercó con una tea.

—¿Qué traéis, arriero? —preguntó, fijándose en la calidad de los animales.

—Paños del norte y especias para el mercado de la Colegiata —respondió Carracedo con voz ronca, manteniendo el rostro en la sombra—. Y a mi esposa, que está delicada y busca refugio en casa de unos parientes.

El guardia asintió; el porte de los caballos indicaba que eran mercaderes con recursos que no buscaban problemas, y les dejó pasar sin sospechar que acababa de abrir paso a la Infanta de León y un Vigilante Eterno nombrado por el mismísimo Emperador.

Carracedo condujo el convoy hasta un establo discreto, a un paso de la iglesia de Santa María la Antigua, un templo de piedra que se erguía junto al ramal del río Esgueva, cuyas aguas mansas y oscuras lamían directamente los cimientos uno de sus muros.

Tras poner a cubierto a los animales, cruzaron el estrecho puente de madera que unía las orillas hacia hacia un sendero, rodeando la silueta de la iglesia que el conde Pedro Ansúrez y su esposa, la condesa doña Eylo, habían mandado levantar décadas atrás para ver crecer su amada villa.

Al abrigo de los nuevos muros y el rumor del río, se fundieron entre las sombras de las callejuelas.

—¿A dónde me llevas ahora, mi caballero? —susurró Sancha, divertida por la extraña libertad de ser una desconocida.

—A un lugar modesto pero donde nadie busca coronas —respondió él—. Mi antiguo señor decía que allí se servía el mejor cordero de la ribera. Un lugar que frecuentamos juntos cuando fui su escudero.

Se detuvieron ante una puerta baja. Al interior de la taberna se accedía bajando por unas estrechas escaleras de piedra.

El humo de las leñas y el bullicio de los viajeros los envolvió.

El dueño, un hombre robusto llamado Lope, reconoció a Carracedo con una carcajada y los acomodó en el rincón del fondo, junto al fuego.

Sentados en el banco de madera desgastada, compartiendo pan de centeno y una jarra de vino, Sancha se acercó a él buscando su calor.

—Dime la verdad, mi señor —susurró—. ¿Cómo supiste lo de... nuestra hija? Me asusta pensar que vuestra certeza fuera anterior a la mía propia.

Carracedo le tomó la mano bajo la mesa.

—Durante vuestro secuestro, mi hermosa Sancha.

Ante la incertidumbre, desaté la tela que envolvía la sagrada reliquia.

Es una pieza redonda y plana, como un espejo, negra como el azabache.

La piedra se nubló y ese humo me mostró fuego y destrucción.

Pero después, mostró con nitidez una visión de paz absoluta: os vi a vos, pasábamos nuestras manos sobre vuestro vientre y caminábamos hacia un balcón, con la mirada puesta en un claustro lleno de flores y… una fuente con una estatua.

El caballero se quedó en silencio un segundo, uniendo las piezas.

—Una estatua con la figura de una niña. Lo acabo de recordar…

—¡La Chata! —dijeron los dos al unísono, sus voces fundiéndose con el crepitar de la leña.

—La reliquia me mostró no solo un deseo oculto, sino cómo proteger nuestra sangre —concluyó él con gravedad.

Sancha se quedó en silencio, conmovida. —Los acontecimientos muestran un camino dirigido por una gracia divina. No es casualidad que estemos aquí, vos y yo. Nuestro Señor nos tiene encomendada una misión grande, mi noble caballero.

—Cierto es —respondió él con una sonrisa tierna—. Pero ahora, la mayor victoria que puedo daros es una noche de paz antes de que los últimos fríos del invierno nos obliguen a refugiarnos en el taller de mis padres.

Rieron juntos cuando Lope les trajo un plato de asado humeante, olvidando por unas horas que fuera, el reino de León seguía girando, ajeno al milagro que crecía en el rincón más acogedor de la taberna, junto al calor del fuego y del amor.