La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 49 El Agua de las Piedras
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Capítulo 49 El Agua de las Piedras

Caminar por la plaza de Santa Cruz siempre me producía una extraña sensación de pertenencia.

Al pasar frente a la imponente fachada del Palacio, mi mirada se desvió inevitablemente hacia los dos centros donde pasé mi juventud: las Carmelitas y el Colegio San José, situados a ambos lados de este enclave.

Aquella plaza era el corazón de mi memoria, un triángulo mágico entre la fe, la educación y, ahora, la búsqueda de mi propia identidad.

—Mira este inventario de materiales, Lucía —susurró Luis, señalando una caligrafía apretada bajo la luz de la lámpara de estudio—. Dice que para cimentar el nuevo claustro, el custodio de Carracedo ordenó traer carros de piedra desde las ruinas de la antigua Bergidum Flavium.

Mis ojos saltaron a una nota marginal en el registro. Una descripción breve y curiosa que me erizó el vello de los brazos.

—"Hallazgo en las tierras del Sil" —leí en voz baja—.

"Entre los bloques de la antigua villa, los canteros desenterraron una figura de piedra antigua.

Una niña, sentada sobre dos ánforas, con la mirada erguida, perdida en el horizonte como si observara algo fijamente en la lejanía.

Doña Sancha ha ordenado que sea el centro de la fuente del claustro.

Los hombres la llaman La Chata. Dicen que el agua que brota de sus ánforas es símbolo de vida y gozo divino".

Luis sacó un plano esquemático, una copia de un archivo antiguo. Allí, en los centros exactos de los claustros, estaban representados dos pequeños círculos concéntricos.

—Es extraño —dije, sintiendo un cosquilleo en la marca de mi espalda—. Se dice que Sancha era una mujer de espíritu austero interesada en traer reliquias de Jerusalén al camino de Santiago. ¿Por qué pondría una figura de piedra, una niña romana o prerromana, en el corazón de su monasterio?

—Ya... es curioso, muy curioso, de hecho —aventuró Luis, frunciendo el ceño—. Mira el plano, Lucía. Aquí también se señala la existencia de otra fuente. En el ala Este. Justo frente al palacio real. Es un lugar muy estratégico, ¿no te parece?

Me quedé mirando el boceto. Una niña de piedra que parecía observarlo todo con los ojos bien abiertos, sentada cómodamente en los cantos y con las manos apoyadas sobre ellos. Una figura enigmática que atrajo fuertemente mi atención, como si su mirada cruzara los siglos para advertirme de algo.