Capítulo 48 El Caballero de la Luz y la Piedra
El frío del invierno berciano quedaba fuera de los gruesos muros de la Iglesia de San Pedro, pero el aire en el interior estaba cargado de un incienso denso y del aroma de cientos de velas de cera de abeja.
El silencio era absoluto, roto solo por el eco metálico de las armaduras de los caballeros que flanqueaban la nave central como estatuas de hierro.
En el altar, la figura del emperador Alfonso VII, con su manto de armiño y su corona de oro, otorgaba al acto una solemnidad que hacía vibrar las piedras.
A su lado, doña Sancha, vestida de seda azul profundo con hilos de plata, sostenía sobre sus manos una almohada de terciopelo.
Encima de ella descansaba una espada de acero, limpia y desnuda, junto a su tahalí de cuero.
El pomo de plata de la pieza brillaba con la luz trémula de los cirios.
El señor de Carracedo permanecía arrodillado sobre la fría piedra. Vestía una túnica de lino blanco, la prenda de los novicios, pero bajo ella, pegado a su pecho, sentía el calor del Espejo de Azabache y el peso del broche de su familia.
Frente a él, el obispo de Astorga, actuando como legado personal de Bernardo de Claraval, sostenía un pergamino enviado desde Francia.
El prelado, con una voz que parecía ver más allá del mundo terrenal, extendió sus manos sobre el joven para dar lectura a las palabras del abad de Claraval, quien otorgaba su bendición al hombre que había salvado el secreto de Jerusalén.
—¿Qué pedís? —preguntó el obispo con una voz que resonó bajo los arcos de piedra como un trueno lejano.
—La compañía de la Orden y ser el brazo defensor de la casa —respondió el señor de Carracedo, siguiendo el ritual de los familiares de la Regla—. Deseo ser escudo de la Orden para siempre, por la salvación de mi alma y la protección de los santos lugares.
El prelado asintió y miró a Sancha. Era el momento del honor.
La Infanta se adelantó con paso firme, tomando la espada y el cinturón de cuero.
Los ojos de ambos se encontraron por un segundo, un instante donde el protocolo desapareció y solo quedó el recuerdo de la noche en el monte Irago y el juramento que compartían.
Siguiendo el rito de la caballería más pura y la confianza de los reyes, se inclinó y ciñó personalmente el cinturón de la espada a la cintura del guerrero. Sus dedos rozaron la túnica de lino de él mientras ajustaba la hebilla, un gesto de complicidad que solo ellos dos podían entender.
—Por el valor demostrado ante la adversidad, por la lealtad que no conoce límites y por la protección de lo que es sagrado para este reino —dijo Sancha, con una voz clara que no tembló—, yo, Sancha Raimúndez de Borgoña, en nombre de mi hermano el Emperador, os entrego el acero de la justicia.
Acto seguido, el obispo dio un paso al frente.
Los escuderos trajeron el pesado manto blanco propio de la orden del Císter.
El prelado se lo impuso sobre los hombros, cerrando el broche al cuello, y le otorgó el ósculo de la paz, un beso en la mejilla que sellaba su entrada en la hermandad como defensor secular de la fe.
—Levantaos, señor de Carracedo —ordenó el emperador Alfonso —. Desde hoy, vuestro nombre estará ligado a estas tierras. Que esta espada sea el muro que guarde el Bierzo de cualquier sombra.
Al cerrarse el manto sobre él, el señor de Carracedo sintió que el círculo de su destino se cerraba. El escudero que un día dejara atrás el taller de Peñafiel se había convertido en el brazo armado de la Infanta y el guardián del tesoro de todo un reino.
Al salir de la iglesia, el sol de invierno golpeaba las aguas del río Sil.
Frente a ellos, el terreno donde Sancha ya había ordenado empezar los trabajos de reconstrucción del Monasterio de Carracedo espera.
La Orden del Císter contaba con su primer gran bastión en el Bierzo, y el Vigilante Eterno tenía, por fin, un hogar que defender.