Capítulo 47 La Ruta de las Estrellas
El mundo parecía haberse detenido. El estrépito del campamento portugués y la humareda de brezo habían quedado atrás, sepultados por la paz inmensa de los montes leoneses.
Cierzo avanzaba con paso firme y pausado, cargando con el peso de los dos amantes.
Sancha iba sentada delante de Carracedo, protegida por el cerco de sus brazos y envuelta en su tosca capa de lana parda, que aún conservaba el calor del cuerpo del guerrero.
En el centro del pecho de la Infanta, brillaba la fíbula de plata de los cesteros. Su aguja atravesaba la lana basta, uniendo simbólicamente el linaje de los humildes con la sangre de los reyes.
—Me ocultaste lo de Elvira —susurró Sancha, apoyando la cabeza en el hombro de él, dejando que el rítmico caminar del caballo la meciera—. Sabías que era la traidora y me dejaste jugar mi papel hasta el final.
—No quería alertarla hasta estar seguro, mi señora—respondió él, estrechándola un poco más contra su pecho—. Perdonad mi audacia, pero necesitaba que ella creyera que su engaño funcionaba para poder salvaros a vos y a la fe de este reino.
Sancha soltó una pequeña risa, una nota de puro alivio en la oscuridad.
—No hay nada que perdonar. Tu audacia es la que nos mantiene vivos. Sin tu previsión, ahora estaría camino de Coímbra y el pergamino real sería pasto de las ambiciones de mi primo.
Se hizo un silencio cómodo, solo roto por el roce de los cascos en la grava. Sancha buscó la mano de Carracedo, que sostenía las riendas, y la apretó con ternura.
—¿Andáis con la reliquia? —preguntó ella en un susurro—. ¿Está a salvo?
—Está conmigo, junto a mi corazón —respondió él con gravedad—.
Es un objeto de un poder que escapa a nuestra comprensión, excelencia.
He sentido su vibración en el bosque. Es capaz de crear paraísos o desatar infiernos, dependiendo de la pureza de quien lo sostenga.
No puede estar en una ciudad abierta, ni en un palacio lleno de oídos indiscretos.
Sancha miró hacia el horizonte, donde las estrellas —la Vía Láctea que guiaba a los peregrinos hacia el Finis Terrae— parecían señalar con un dedo de luz el valle del Bierzo. En ese momento de comunión perfecta, la visión de la Infanta se aclaró.
—Entonces ya no hay duda —sentenció ella con una voz cargada de autoridad real—.
Carracedo será el lugar. Levantaremos allí la sede espiritual y militar de este secreto.
Será más que un monasterio, será el centro de mi legado, el punto donde recuperaremos la gracia divina que se perdió con el azote sarraceno.
Carracedo escuchaba conmovido. El plan de Sancha era lo que la santa reliquia le mostró en el bosque: reconstruir las ruinas, llamar a los arquitectos del Císter y convertir aquel rincón en el faro de León.
Cederé a Bernardo y a su orden los privilegios y el señorío sobre estas tierras —continuó Sancha—.
Para que sean ellos quienes vigilen el paso de los peregrinos y protejan la entrada al valle, mientras nosotros, en la paz del monasterio, custodiaremos lo que Dios nos ha confiado.
Nos ayudaremos mutuamente en esta cruzada hacia la salvación de las almas que caminan por la ruta de estrellas.
Carracedo cerró los ojos un instante. Pensó en el futuro, en el fruto que ya crecía en ella y en la certeza de que algún día ese paraíso oculto se haría realidad.
—Estaré a vuestro lado, Sancha. Siempre —prometió él contra su oído.
Esa noche, bajo la mirada de las constelaciones, se selló el destino del Bierzo. Lo que Carracedo no sabía era que su hazaña —salvar a la Infanta, a sus hermanos y a la reliquia— llegaría pronto a oídos de Bernardo de Claraval.
Pero para ellos, en ese momento, no había órdenes, ni reyes, ni guerras. Solo el calor de la lana, el paso delicado de Cierzo y un amor que, sin saberlo, acababa de salvar al mundo.