Capítulo 46 El Aliento del Dragón
El campamento portugués dormitaba bajo una falsa sensación de seguridad.
Habían colocado centinelas, pero los soldados estaban confiados tras haber herido a los monjes y dispersado a los freires franceses en la encrucijada.
En el centro, atada a un tronco de castaño, doña Sancha mantenía la espalda recta y los ojos cerrados, rezando en un susurro que el viento se llevaba hacia las cumbres.
Carracedo, oculto entre los matorrales en la parte alta de la ladera, proseguía con su plan. No usaría acero hasta que fuera estrictamente necesario. Recordando las lecciones de su madre sobre la combustión de las fibras, preparó tres focos estratégicos.
El brezo verde junto a los helechos secos generaría un humo denso, blanco y pesado que se arrastraría por el suelo como una criatura viva.
En el centro de esos fardos, colocó ramas de castaño verde, que al prenderse emitían destellos rápidos y chasquidos violentos, similares al chocar de las espadas.
Cuando el viento sopló a su favor, hacia el centro del claro, Carracedo prendió las mechas.
En pocos minutos, una niebla artificial y asfixiante invadió el campamento. Los centinelas portugueses empezaron a toser, restregándose los ojos. El humo era tan espeso que no veían sus propias manos.
—¡Ataque! ¡Nos rodean! —gritó un soldado, aterrorizado por los destellos del castaño que brillaban entre la humareda como chispas de acero.
Carracedo bajó por la ladera como una exhalación. Se había tapado la boca y la nariz con un trozo de lino húmedo. Se movía entre el caos como si conociera cada sombra; para él, el humo no era un obstáculo sino su aliado, el mismo que recordaba de las tardes de invierno en el taller de su infancia.
Llegó hasta Sancha. Ella tosió, asustada, sintiendo una presencia repentina a su lado.
—No grites, mi señora —susurró él al oído, cortando las cuerdas de seda con un movimiento preciso de su daga—. Soy yo.
Sancha se estremeció al reconocer la voz.
Carracedo la alzó en sus brazos con presteza.
. Su primer instinto fue proteger el vientre de ella con su propio cuerpo mientras la alejaba de la humareda, buscando el aire limpio de la zona alta.
En mitad del caos, Carracedo vio a Elvira.
La criada estaba aterrada, aferrada al cilindro de plata como si fuera su única salvación.
Un soldado luso la arrastraba hacia los caballos para huir.
Recordó la vitela en blanco que había dejado dentro de aquel cilindro y esbozó una sonrisa amarga bajo el embozo.
—Corre, traidora —murmuró—. Lleva tu mentira hasta Portugal.
Dejó que los caballos de la avanzadilla lusa partieran al galope, perdiéndose en la oscuridad hacia el sur. Elvira se iba con un tesoro de aire, convencida de su éxito, mientras el verdadero Vigilante Eterno y la verdadera Reliquia desaparecían monte arriba, en dirección opuesta
Cuando por fin alcanzaron un claro seguro, lejos de los gritos del campamento desorientado, Carracedo dejó a Sancha en el suelo con una delicadeza extrema.
—¿Estáis herida? —preguntó él, con la voz rota por la agitación de la huida.
Sancha respiraba agitada, mirándole con ojos llenos de asombro. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar su corazón.
—Estoy bien, mi señor... Me habéis salvado —susurró ella, buscando el calor de sus manos—. Pero el cilindro... Elvira se lo ha llevado... lo hemos perdido todo.
Carracedo la miró intensamente. Sabía lo que ella aún ignoraba: que la verdadera reliquia latía contra su pecho y que una vida nueva ya germinaba en el seno de ella. Pero guardó el secreto. Se limitó a apretar sus manos y a besarle la frente con una devoción infinita.
—No hemos perdido nada, Sancha. Todo lo que importa está aquí, con nosotros. Y ahora, debemos ir a Foncebadón. Gauthier y el resto del grupo nos esperan; están heridos, pero no temáis, estoy seguro de que sobrevivirán y llegarán a salvo hasta el final de este viaje.