Capítulo 45 La Visión de la Reliquia
Carracedo avanzaba como un fantasma entre los robles centenarios.
Los senderos de los pastores, angostos y cubiertos por un manto de hojarasca húmeda, le permitían ganar un tiempo precioso mientras los portugueses, lastrados por el botín y la prisionera, permanecían en el campamento improvisado.
Al llegar a un altozano, detuvo a Cierzo.
A lo lejos, el parpadeo errático de una hoguera denunciaba la posición del enemigo entre la bruma.
—Son demasiados para un solo acero —susurró para sus adentros.
Carracedo desmontó y, bajo el refugio de un castaño milenario, sintió con más fuerza el latido rítmico del objeto sagrado contra su pecho.
Sabía que era el momento; debía desvelar el secreto que se ocultaba bajo la envoltura de terciopelo.
Lo extrajo cuidadosamente de su jubón, bajo el frío entramado de la cota de malla, y desató el cordón.
Era un extraño objeto redondo y plano, como un espejo, pero de un profundo color negro, como de azabache. Se quitó los guantes y no pudo evitar tocar la superficie con la piel de sus dedos. Al contacto, la superficie vibró, emitiendo un calor súbito.
Carracedo fijó su mirada en el vacío oscuro de la piedra y, de repente, el bosque desapareció. La realidad se disolvió en un torbellino de sombras y luces.
Vio llamas. Unas llamas voraces que parecían devorar los pecados del pasado.
Pero de entre las cenizas, surgió una visión deslumbrante: el futuro Monasterio de Carracedo, reconstruido en piedra blanca y luminosa, alzándose con una majestuosidad que desafiaba al tiempo mismo.
En el centro de aquel palacio espiritual, apareció la silueta de Sancha.
Ella se acercaba hacia él con una sonrisa que borraba todo rastro de guerra y miedo.
Sus manos delicadas buscaron las suyas y, con una ternura infinita, se las llevó a su vientre.
Su seno ya albergaba el fruto de la vida.
El amor consumado en aquella noche mágica de entrega absoluta en las caballerizas había obrado el milagro: una criatura crecía en su interior.
En su visión, ambos caminaban de la mano hacia un balcón que divisaba un claustro de una arquitectura sobrecogedora, donde la piedra se volvía luz, bañado por el resplandor de una tarde eterna y lleno de flores silvestres que nunca se marchitaban.
Sancha señaló el centro del jardín, donde una fuente de piedra emanaba generosamente agua cristalina.
Sobre la fuente, una estatua representaba a una niña; la viva imagen de la pequeña que, por gracia divina, ya latía en el vientre de su amada Infanta.
La visión se desvaneció de golpe, devolviéndolo a la oscuridad gélida del bosque, pero con el alma encendida como una antorcha.
Ahora lo comprendía todo. La reliquia no era solo para el reino, era para proteger esa sangre.
El monasterio debía ser construido no solo como un asilo para monjes, sino como el hogar sagrado y el escudo de su descendencia oculta.
—Por ella. Por nuestra hija —sentenció Carracedo, guardando el espejo con manos que ya no temblaban.
La duda se había evaporado.
Ya no temía a los diez hombres que custodiaban a Sancha.
Tenía el mapa del futuro grabado en su mente y la fuerza de un padre en su corazón.
No usaría la fuerza bruta; usaría la astucia del cestero.
Trenzaría haces de brezo verde y helechos secos con la destreza de sus manos, creando un infierno de humo y sombras que haría huir a los portugueses, convencidos de que el mismísimo ejército del cielo bajaba por el monte berciano para reclamar a la Infanta de León.