Capítulo 44 El Peso del Mundo en un solo Guerrero
Mientras la lluvia arreciaba, el freire veterano, Gauthier, se acercó a Carracedo con la túnica blanca manchada de un carmesí denso. Su mano, firme a pesar de la edad y la fatiga, se posó sobre el cuello del leal Cierzo, que resoplaba inquieto ante el olor a sangre.
—Escuchadme bien —dijo Gauthier con una voz que parecía brotar de las mismas raíces del Bierzo—.
Mis hombres están heridos de gravedad. El fraile y el escribano apenas pueden sostenerse en las monturas.
Debemos refugiarnos en las ruinas del antiguo cenobio de Carracedo; es un lugar que los lugareños evitan y donde la maleza nos ocultará hasta que recuperemos fuerzas.
Carracedo miró al veterano y luego a los hombres que se desangraban bajo la lluvia persistente. Negó con la cabeza con una autoridad que no admitía réplica.
—No, hermano —le cortó con firmeza—. El cenobio está demasiado lejos para hombres en vuestro estado. El viaje a través del valle os mataría antes de llegar; no encontraríais allí más que piedras frías y humedad mortal.
Carracedo señaló hacia las cumbres borrosas por la niebla que dejaban atrás, hacia el este.
—Debéis dar la vuelta y subir hacia Foncebadón.
Allí se alza el Hospital de San Salvador del Monte Irago.
Los monjes de Gaucelmo conocen el arte de sanar y tratan a todo el que llega con la misericordia de Dios.
No harán preguntas sobre vuestras heridas ni sobre vuestra misión.
Es el único lugar donde vuestros cuerpos podrán resistir.
Gauthier guardó silencio un instante, reconociendo la sabiduría táctica en las palabras del caballero. Con un gesto solemne, metió la mano bajo su pesada pechera de armadura y extrajo el bulto envuelto en terciopelo negro. Se lo entregó a Carracedo.
—Llevadla vos, entonces —sentenció—. Si vamos al hospital, la reliquia no está segura con nosotros.
La vida de doña Sancha, la paz de este reino y la seguridad de este objeto dependen de un solo hombre ahora.
Id tras ella. Rescatad a la Infanta. Nosotros resistiremos en el Monte Irago hasta que deis la señal de que el peligro ha pasado.
Carracedo recogió con reverencia el oscuro y misterioso objeto.
Al tocarlo, sintió una vibración antigua, una energía condensada que parecía conectar su linaje de cestero con la misión divina que ahora portaba.
Lo guardó en su pechera, justo tras la fíbula de plata que su madre le dio en Peñafiel y que sujetaba su modesta capa de lana parda.
—Si muero... —empezó a decir Carracedo con la mirada perdida en la bruma.
—No moriréis —le interrumpió Gauthier—. Porque lleváis el peso de un imperio y el corazón de una mujer que es la verdadera columna de León. Con Dios.
— Con Dios. —Carracedo miró a sus hermanos de armas por última vez.
Golpeó su pecho en señal de respeto y espoleó su montura.
Tenía que ser inteligente; no podía atacar un campamento portugués de frente.
Debía convertirse en el cazador silencioso que su madre le enseñó a ser en los bosques, mucho antes de ser nombrado caballero.
Mientras galopaba hacia las cuencas fronterizas, una idea empezó a formarse en su mente.
Usaría los senderos de los pastores para flanquear a los secuestradores.
Si el Rey de Portugal quería la reliquia para legitimar su reino, él le daría un encuentro que jamás olvidaría.
Pero no sería con el objeto de Jerusalén, sino con el filo de la justicia leonesa.