La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 43 El Campamento de los Cautivos
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Capítulo 43 El Campamento de los Cautivos

La lluvia había dado paso a un frío cortante que calaba más que el agua.

Doña Sancha estaba sentada sobre una piedra, con las manos atadas por un cordón de seda que contrastaba con la brutalidad de sus captores.

Frente a ella, un caballero luso de facciones afiladas y ojos como rendijas sostenía el cofre de madera que habían arrebatado al grupo en la encrucijada.

Lo lanzó al suelo; estaba abierto y humillante en su vacuidad.

—¿Dónde está, Infanta? —preguntó el luso con una calma que erizaba la piel—. Una broma de mal gusto.

Sancha levantó la barbilla. A pesar del barro en su túnica y el cansancio, su mirada seguía siendo la de una Borgoña, pura autoridad leonesa.

—Los secretos de Dios no se guardan en cajas para que cualquier advenedizo los encuentre —respondió ella con voz firme—. Podéis matarme, pero no encontraréis lo que buscáis. Mis caballeros son servidores de la Cruz y jamás se doblegarán ante la traición de quien os da órdenes.

—No necesito que hablen ellos, Infanta. Necesito que vuestro hermano, Alfonso, valore más vuestra vida que ese objeto traído de ultramar. Si el gran emperador quiere veros de nuevo en León, tendrá que entregarnos lo que tan celosamente custodian.

Mientras tanto, en la encrucijada…

Carracedo observaba el objeto plano envuelto en terciopelo negro que el caballero veterano, Gauthier, sostenía con reverencia. El viento agitaba su capa blanca y su rostro era una tormenta de culpa y determinación.

—Se han llevado el cilindro pensando que allí estaba el pergamino con el destino —dijo Carracedo, mirando hacia las sombras de las montañas—.

Han mordido el anzuelo del papel en blanco, pero a cambio tienen a la Infanta.

Elvira sabía que si salía huyendo, yo no permitiría que el "honor del custodio" cayera en manos de Portugal. Me alejó de ella... me usó.

—No os culpéis, señor —dijo Gauthier, guardando de nuevo la misteriosa reliquia en su pechera, bajo el metal de la armadura—.

Hicisteis lo que el deber exigía. Pero ahora, el deber ha cambiado.

Regresaremos a Ponferrada para informar que la expedición ha sido atacada por bandidos.

Nadie debe saber que Portugal tiene a la Infanta, o estallará una guerra que desangrará el reino.

Carracedo montó de nuevo en su caballo. Sus ojos brillaban con una luz peligrosa, la de quien ya ha cruzado el umbral del miedo.

—Los heridos irán a Ponferrada —sentenció—. Pero yo no. Yo voy a cazar traidores.

—Señor, ir solo es un suicidio —advirtió el escribano, tratando de vendarse un brazo con un trozo de tela—. Los portugueses conocen estas montañas y juegan con ventaja.

—No voy solo —respondió Carracedo, acariciando la empuñadura de su espada, cuyo pomo de acero parecía latir—.

Llevo conmigo la furia de un hombre que ha perdido su alma y la fuerza de un juramento que ni la muerte puede romper.

Si ellos creen que Sancha es su moneda de cambio, van a descubrir que han secuestrado a una leona...

y que el león que la protege ya no tiene nada que perder.

Carracedo espoleó a Cierzo. Dando la espalda a la seguridad de Ponferrada, viró su semental negro hacia el sur, siguiendo un rastro de maleza pisada que solo un hombre que ama desesperadamente es capaz de ver en medio de la oscuridad.