La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 42 La Encrucijada de la Traición
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Capítulo 42 La Encrucijada de la Traición

El grupo avanzaba bajo una lluvia fina que calaba hasta los huesos.

Elvira, la criada de confianza de doña Sancha, cabalgaba unos metros por delante, custodiando las alforjas con las pertenencias más íntimas de la Infanta y, lo más importante, el cilindro de plata que todos creían la pieza central para hallar las claves del futuro escondite del secreto de Cíteaux.

Al llegar a la encrucijada del Valle, donde el camino se bifurca —un sendero hacia la seguridad de Ponferrada y el otro, estrecho y traicionero, hacia el sur, hacia la frontera de los lusos— ocurrió lo impensable.

Sin mediar palabra, Elvira espoleó su montura con una violencia inusitada y giró hacia el sur, desapareciendo entre la bruma a galope tendido.

—¡No! ¡Elvira! —el grito de doña Sancha rasgó el aire, cargado de un pánico genuino.

El señor de Carracedo intercambió una mirada fugaz con la Infanta. En sus ojos se revelaba la confirmación de una sospecha que le llevaba quemando días.

—¡Lo sabía! —rugió Carracedo—. ¡Esa víbora nos ha vendido!

Se giró hacia los dos freires que cerraban la marcha, jóvenes pero valientes, y hacia el monje veterano de tierras galas, el mentor.

—¡Cuidad de la señora! ¡No os separéis de ella! —ordenó antes de lanzar su caballo a una velocidad suicida tras la doncella.

La persecución fue frenética. El sonido de los cascos de Carracedo resonaba contra las rocas mientras veía la capa de Elvira agitarse a lo lejos.

Sin embargo, al llegar a una zona de espesos castaños y refugios naturales de piedra, la criada pareció desvanecerse.

Carracedo frenó en seco, buscando huellas, pero sus cómplices portugueses habían hecho bien su trabajo: una entrada camuflada con hojas y ramas secas tragó a la traidora en cuestión de segundos.

Maldiciendo su suerte, Carracedo no perdió más tiempo. Un instinto primario, un presentimiento oscuro, le hizo virar y regresar al galope hacia la encrucijada donde dejó a la comitiva. Lo que encontró le heló la sangre.

El escribano don Nuño y el monje García yacían en el suelo, gimiendo de dolor. Los dos freires del Císter más jóvenes estaban heridos, apoyados en sus espadas sobre el barro teñido de rojo. Había sido un ataque relámpago, profesional y letal.

—¿Dónde está ella? —bramó Carracedo desmontando de un salto.

—Se la han llevado... —balbuceó uno de los jóvenes, presionando una herida en su hombro—. Eran muchos... Vinieron por el bosque.

Carracedo buscó a su alrededor el cofre de la expedición. No estaba. Los atacantes se lo habían llevado junto a su señora, la Infanta.

—Buscaban la reliquia, pero no temáis, que a buen recaudo está con nosotros —dijo una voz firme y rasposa.

El hermano Gauthier, herido pero en pie, se acercó a Carracedo. Con un gesto solemne, metió la mano bajo su pesada pechera de armadura y extrajo un objeto plano, envuelto en un pesado terciopelo negro que parecía absorber la luz.

—La reliquia está aquí, señor. Siempre estuvo a salvo con nosotros. Los portugueses se han llevado a su alteza, pero nosotros tenemos lo que buscan. Ahora tenemos con qué negociar.

Carracedo apretó los puños hasta que sus nudillos blanquearon. La ira le recorría el cuerpo como fuego líquido, pero sus ojos estaban fijos en el horizonte por donde se habían llevado a Sancha.

—No creo que le hagan daño —sentenció Carracedo, con una voz que sonaba a acero frío y sentencia de muerte—. Porque si la tocan un solo cabello, quien quiera que sea, desde el último secuaz hasta el propio rey de Portugal, probará el filo de mi espada antes de que el sol vuelva a ponerse.