Capítulo 39 Los Carrales a la Antigua
—¡Aaaaaaachús!
Mi estornudo hizo que varias personas ataviadas con ligeras chaquetas se giraran en mitad de la calle Angustias, justo a la salida de El Minuto.
El aire de de primavera en Valladolid no perdonaba y el cambio de temperatura estaba haciendo mella en mi organismo, que ya andaba bastante sensible ante los últimos acontecimientos.
—No, si al final me voy a poner mala de verdad, ya lo verás —murmuré frotándome los brazos.
—Tengo el remedio perfecto antienfriamiento: ¡un caldito en Los Carrales! —dijo Luis con esa sonrisa que siempre prometía una solución.
Caminamos la escasa distancia que nos separaba de nuestra taberna favorita.
Los Carrales es un enclave inmejorable, situado frente a la imponente y a la vez modesta torre de la Antigua.
Esa iglesia, donde mis padres nos bautizaron a mi y a mis hermanos, corona la ciudad con un halo austero y majestuoso que siempre me ha hecho sentir en casa.
Al entrar, el calor nos golpeó la cara. El estrecho pasillo que une la Plaza de la Antigua con la calle Angustias estaba, como siempre, a rebosar.
Milagrosamente, encontramos un hueco en la larga barra de madera.
Nos despojamos de las chaquetas y las bufandas con las que habíamos salido al cierzo matinal y las colgamos en esas perchas que parecen tener más años que Matusalén, incrustadas en la pared de ladrillo.
—Dos calditos y dos riberas, jefe —pidió Luis.
En un santiamén, el dueño nos sirvió dos tazas humeantes.
Ese caldo tiene un sabor indescriptible: tradición, solera y un regusto a cordero que te calienta hasta el alma.
Estábamos allí, apretujados entre el murmullo de la gente y el calor de la minúscula cocina, cuando Luis me dio un codazo suave y señaló hacia arriba.
Al lado de la puerta, una pequeña televisión sintonizaba Televisión Castilla y León. Un hombre con traje, el alcalde de un municipio del Bierzo, hablaba con entusiasmo frente a las ruinas del Monasterio de Carracedo.
—¡Jefe, sube el volumen, por favor! —le rogó Luis.
—"...y por eso, con motivo de la rehabilitación de gran parte de las dependencias, el próximo año inauguraremos el primer Festival Medieval de Carracedo" —anunciaba el hombre—.
"Queremos que sea una cita anual. Habrá mercadillos, cenas y representaciones.
Todas las estancias del monasterio estarán abiertas al público, la única condición para participar en este gran evento es que es obligatorio asistir vestido con ropa de la época".
Me quedé con la taza de caldo a medio camino de los labios. Miré a Luis y vi que sus ojos brillaban con esa chispa de "misión aceptada".
—¿Has oído eso, casualidad o causalidad? —susurró Luis, bajando el tono—. Puertas abiertas. Acceso total. Solo necesitamos unos trajes para marchar hacia el Bierzo.
—Pero eso es el año que viene, Luis —dije yo, tratando de poner un poco de cordura—.
—Exacto. Pero si van a inaugurarlo el año que viene, significa que antes harán pruebas, ensayos o jornadas previas. Es nuestra oportunidad perfecta para ir a echar un vistazo antes de que se llene de turistas.
—Ir de época... ¿de dónde vamos a sacar la ropa? —pregunté.
—No te preocupes por eso. Yo tengo túnicas en casa, de lino con la cruz templaria de la orden, las que uso en nuestros encuentros. Te puedo dejar una.
—¡Vale! Y puedo preguntar a mi tía Bianca si tiene algún vestido. Ella es soprano y canta en el coro; recuerdo haberla visto en actuaciones con cantos medievales.
—Nos tomamos el vino y pasamos por su casa a ver si está —concluyó Luis—. ¡Se va a quedar de piedra cuando sepa que vamos a ir a visitar el Monasterio y además con todas las salas abiertas!
Apuré el último sorbo del caldo, sintiendo cómo el calor me devolvía la fuerza. El destino me lo estaba poniendo delante de los ojos; si esto no era una señal de que íbamos por el buen camino, ¡que bajara Dios y lo viera!