Capítulo 38 El Juramento de Luis
Tras un bocado al ocho blanco, Luis me miró fijamente. El espejo a nuestra espalda duplicaba la escena, creando una profundidad extraña en el gran salón de El Minuto. Saqué con cuidado el diario de mi abuelo y lo abrí por la página del mapa, deslizándolo sobre el mármol frío de la mesa.
—Mira esto, Luis —susurré, señalando los puntos marcados—. Mi abuelo había trazado una ruta. Órbigo, Ponferrada, Bergidum... y aquí, en Carracedo, dibujó el mismo nudo de ocho que tú copiaste del pergamino. El destino, el lugar clave, es ese monasterio.
Luis dejó el dulce a un lado y se inclinó sobre el mapa. Vi cómo su mandíbula se tensaba. Sus dedos rozaron la cruz que el abuelo había pintado sobre Ponferrada.
—Tu abuelo era un "Rastreador", Lucía —dijo con una voz que nunca le había oído: baja, cargada de un respeto casi religioso—. Sabía de nuestra existencia.
—¿De nuestra existencia? ¿A qué te refieres? —pregunté, sintiendo que el café se me enfriaba en las manos.
Luis suspiró y se aseguró de que las mesas de al lado estuvieran lo suficientemente lejos. Me miró a los ojos sin pestañear.
—Pertenezco a una rama que ha sobrevivido en la sombra desde la disolución de la Orden Templaria en el siglo XIV. Aquí en Valladolid, en León y en más regiones, nunca nos fuimos del todo. Los caballeros no se disolvieron tal y como dicta la historia oficial; sobrevivieron de otra manera.
Tomó una pausa para coger fuerza antes de la siguiente revelación.
—Hay requisitos para ser parte de la Orden hoy.
Uno es tener un antepasado caballero; otro, que tus apellidos provengan de la nobleza o la realeza.
En mi familia conservamos un documento que nos vincula a los Bermúdez de Castro, descendientes de la Casa de Borgoña.
Según ese papel, vengo de una línea de un hijo de Alfonso VII.
El problema es que el Emperador tuvo al menos diez hijos, entre legítimos e ilegítimos, y el rastro se vuelve imposible de seguir.
—¡Caray con el rey Alfonso! ¡Era el Julio Iglesias de su época! —bromeé, intentando que no me explotara la cabeza—. A ver, ¿me estás diciendo que eres de sangre real? ¿Tú, que me llevas llamando "reinita" toda la vida? ¿Voy a tener que llamarte yo ahora "reinito"?
Me reía, pero por dentro sentía el peso de la verdad.
Ahora entendía por qué Luis siempre usaba el humor: era su forma de aligerar una herencia que le quemaba.
El hecho de que fuera miembro de una orden templaria moderna surgida tras el siglo XIV y que su linaje rozara la realeza leonesa daba sentido a su protección...
pero también me hacía dudar. ¿Era un amigo fiel o me acompañaba por interés dinástico?
Luis captó mi confusión, como si leyera el pensamiento en mis ojos.
—Tu tío y tu abuelo conocían esto, Lucía.
Por eso siempre sentí afinidad con tu familia.
Ayer, en casa de Bianca, cuando atamos cabos entre el señor de Carracedo y el objeto que los templarios trajeron de Francia, vi un halo de esperanza para mi propia investigación genealógica.
Pero te lo juro, reinita —y apretó mi mano sobre el mármol—: lo que más me importa es tu bienestar.
Eres como una sobrina para mí, y lo sabes.
Se hizo un silencio sepulcral a pesar del jaleo de la cafetería.
—Si todo esto arroja luz para que tus sueños no te atormenten más, me doy por satisfecho. No pararé hasta conseguirlo. Tu paz es lo primero. No lo olvides nunca.
Me quedé callada, organizando las piezas.
Decidí confiar. Me daba igual la riqueza o los títulos; yo solo quería volver a dormir sin miedo y no perder nunca la buena amistad que nos unía.
Sabía que Luis, con su anillo y su juramento, era el único que podía ayudarme a desvelar por qué el caballero medieval me reclamaba desde el pasado.