La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 37 Vuesa Merced y el Caballero del Espejo
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Capítulo 37 Vuesa Merced y el Caballero del Espejo

El sueño me tenía atrapada en una red de lino y acero.

En la penumbra de una estancia de piedra, vi al caballero de Carracedo.

Estaba arrodillado y sobre sus hombros descansaba una capa blanca con la cruz patada en rojo fuego.

Parecía el ritual en el que se enfundaba el manto del Temple.

Lo más inquietante era que, cuando levantó la vista, su rostro no era el de un desconocido.

Era el mismo rostro que había visto durante mi parálisis en Segovia: los mismos ojos profundos, la misma mandíbula marcada…

¡BZZZZZZZZ!

El sonido estridente del telefonillo me hizo dar un brinco en la cama que casi me manda al suelo. El diario de mi abuelo salió volando y el anillo templario, que me había puesto para dormir, chocó contra el cabecero con un clanc metálico.

Me froté la cara, tratando de sacudirme la imagen del caballero. "Solo son sueños, Lucía", me dije. "Has mezclado el anillo, el pergamino y la falta de sueño. ¡Vaya volada!".

Me acerqué al telefonillo con el pijama de lana y los pelos revueltos.

—¿Sí? —pregunté con la voz todavía tomada por el sueño.

—¡Buenos días, doña Lucía de Carracedo! —la voz de Luis sonó distorsionada pero cargada de energía a través del altavoz—. ¡Haga su merced los favores de bajar, para un rico desayuno tomar! Los ochos del Minuto no esperan a las herederas de linajes sagrados, ¡y yo tengo un hambre de tres siglos!

No pude evitar sonreír. Su capacidad para quitarle hierro a la magnitud de lo que estábamos viviendo era su mejor superpoder.

—¡Deme cinco minutos, noble caballero! —le seguí el juego—. Y no te muevas del portal o te convierto en rana.

Me vestí a toda prisa: vaqueros, una sudadera y el anillo colgado de una cadena al cuello, por dentro de la ropa.

Allí estaría a salvo de miradas curiosas.

Al bajar, allí estaba él, apoyado en el marco del portal con su chaqueta de cuero y esa mirada que parecía leerte el alma antes de que dijeras una sola palabra.

—Vaya cara, reinita —dijo dándome un beso en la mejilla que olía a aire fresco y a su colonia de siempre—. ¿Has estado luchando contra dragones o es que te echaste demasiado Cola-Cao?

—He soñado cosas raras, Luis —contesté mientras caminábamos hacia la cafetería—. Vas a flipar cuando te cuente lo que encontré en el diario de mi abuelo. Pero antes, necesito un café calentito.

Llegamos a El Minuto. El local estaba lleno de ese murmullo matinal de Valladolid, de gente leyendo El Norte de Castilla y el olor a tortilla de patata recién hecha. Nos hicimos un hueco en la barra.

—Dos cafés, dos pinchos de tortilla y un ocho blanco —pidió Luis.

El camarero, con una agilidad sorprendente, nos sirvió en un santiamén.

—¿Y si nos sentamos en una mesa? Creo que esta ocasión lo requiere —dije.

Luis asintió. Buscamos un hueco y encontramos la mesa ideal, justo bajo un espejo vintage.

El mármol blanco con vetas grises parecía invitarnos a sentarnos.

Tras los malabares para llevar los cafés y los pinchos, nos acomodamos.

Apareció el camarero con el ocho blanco.

Al mirar la forma del dulce, con su glaseado entrelazado, me recordó irremediablemente al símbolo de los ocho nudos.

¿Tendría alguna relación o es que ahora empezaba a verlo en todas partes?

Luis me miró fijamente, dejó el café sobre el mármol y suspiró.