Capítulo 36 El Silencio de la Calle Imperial
Cerré la puerta del piso y el eco del cerrojo resonó en el pasillo como un disparo. La oscuridad me recibió con un abrazo gélido. Mi hermano dormía plácidamente en su habitación y mi hermana, a cientos de kilómetros, estaría trabajando en la discoteca de Madrid.
Caminé por el pasillo sintiendo el vacío de las habitaciones.
Las fotos de las paredes, donde una vez sonreímos los cinco, parecían ahora reproches de una felicidad que se nos escurrió entre los dedos.
Recordé los cabreos de mi padre, la amargura de sus frustraciones y el silencio herido de mi madre.
Mantenía el teléfono fijo operativo como un cordón umbilical para seguir unidos a ella a pesar de los setecientos kilómetros que la separaban de nosotros por su trabajo; el único que encontró tras la ruptura y con el que lograba subsanar las facturas, el alquiler y los gastos mínimos familiares.
Me dolía el pecho, de pura saturación: León, la falta de sueño, el pergamino, la marca en mi espalda, el anillo de Luis...
Busqué el teléfono. El cable enredado era lo único que parecía tener orden en esta casa. Llamé a las oficinas del Black Rose.
—Cholo, soy Lucía... No puedo ir. Estoy fatal, una gripe de esas que te dejan doblada... Sí, contagiosa. No quiero que caiga media plantilla por mi culpa.
Colgué con un sentimiento de culpa que me duró lo que tardé en llegar al baño.
Necesitaba quitarme la suciedad de los siglos de encima.
Me duché con el agua casi hirviendo, dejando que el vapor empañara el espejo y mis pensamientos.
Al salir, me puse el pijama más gordo que encontré; las paredes de la casa estaban congeladas, como si el invierno hubiera entrado antes de tiempo para reclamar su sitio.
En la cocina, el microondas pitó con un sonido metálico. Calenté la leche, añadí el Cola-Cao y removí mecánicamente. El consejo de Luis me reconfortó más que su delicioso sabor dulce.
Me dirigí a la habitación de mis padres.
Desde que se fueron, era mi refugio, el único lugar que mi hermano y sus amigos no se atrevían a profanar con su caos.
Me senté en la cama enorme, que aún conservaba un rastro casi imperceptible del perfume de mi madre, y vacié la mochila sobre la colcha: el diario de mi abuelo, la libreta de Luis con la transcripción del pergamino y el anillo templario.
Bebí un sorbo de mi brebaje y abrí el diario del abuelo por la página que siempre me había parecido un galimatías.
Antes veía solo divagaciones; ahora, después de lo que Bianca me había contado sobre los cesteros y el incendio de los seguidores de Almanzor, las palabras empezaban a reordenarse ante mis ojos como si el papel tuviera vida propia.
Busqué el mapa que él mismo había trazado.
Marcaba un sendero a lo largo de la meseta castellana uniendo Valladolid, Segovia y León.
Pero entre ellos aparecían lugares que nunca había oído: Órbigo, Bergidum Flavium...
Y allí, muy cerca de Ponferrada, el bastión donde figuraba la misma cruz del anillo de Luis, estaba el Monasterio de Santa María de Carracedo, marcado con el símbolo de los ocho nudos.
Todo convergía allí.
Me puse el anillo de Luis en el dedo corazón. Me quedaba grande, pero su peso me daba una extraña autoridad. Mañana Luis me contaría su secreto pero esta noche era mía. Mía, de mi abuelo y de ese caballero que en pleno siglo XII grabó en un pergamino el destino que yo llevaba tatuado en la piel.
Apuré el final del vaso, donde se acumulaba el grumo dulce del cacao, y me dejé caer entre las almohadas. Cerré los ojos y, como solía decir mi abuelo, viajé al cine de las sábanas blancas.