La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 35 El Sello de los Dos Jinetes
31%

Capítulo 35 El Sello de los Dos Jinetes

Nos despedimos de la tía Bianca en su portal.

Ella se quedó arriba, rodeada de sus mapas y con una mirada de alivio, como si al fin hubiera pasado el testigo de una carrera que le había agotado el alma.

Luis insistió en acompañarme hasta mi casa.

Caminamos en silencio por las calles vacías de Valladolid, bajo las luces anaranjadas de las farolas que hacían que su sombra y la mía parecieran entrelazarse sobre el asfalto frío.

Al llegar al portal de mi casa, el aire cortaba. Me giré para darle las gracias, pero Luis me detuvo poniendo una mano sobre mi brazo. Su expresión había cambiado; la picardía habitual había dejado paso a una solemnidad que me hizo contener el aliento.

—Reinita... —empezó, buscando algo en el bolsillo interior de su chaqueta—. Con todo lo que ha pasado hoy, no imaginaba que llegaríamos tan lejos. Sabía que la historia de tu familia tiene su chicha, pero no sabía que todo su peso recaería sobre tus hombros.

Sacó un pequeño fardel de cuero y, al abrirlo, la luz de la calle arrancó un brillo frío y ancestral a una pieza de plata. Era un anillo robusto, un sello grabado con la icónica figura de dos caballeros montados sobre un mismo caballo. Alrededor, en una caligrafía precisa, se leía:

Non nobis, Domine, non nobis,

sed nomini tuo da gloriam

Una cruz patada, esmaltada en un rojo tan intenso que parecía sangre viva, destacaba en una pequeña bandera grabada.

—¿Un anillo templario? —susurré, reconociendo el lema de la Orden.

—Yo sé que formo parte de tu historia de alguna manera —continuó él, deslizándolo en mi mano—.

Todo lo que te afecta a ti, me afecta a mí por duplicado.

Quiero que lleves este anillo esta noche.

Tómalo como un protector para que descanses y tengas la certeza de que nada malo te va a pasar mientras lo lleves puesto.

Me quedé mirando el anillo en mi palma. Pesaba. No era una réplica de una tienda de recuerdos; era una pieza que había visto batallas, que había sentido el calor de manos que juraron proteger lo sagrado hasta el último aliento.

—Luis... ¿de dónde has sacado esto? —pregunté, buscándole la mirada.

Él me dedicó una sonrisa triste, casi de disculpa, una expresión que nunca le había visto.

—Descansa, Lucía. Mañana te vendré a buscar para irnos a desayunar al Minuto. Allí te contaré algo que... bueno, que no debería, pero creo que va a ser necesario. Espero que ellos lo entiendan.

Me agarró de las mejillas y me propinó un beso en la frente, de esos que sellan bendición y protección al mismo tiempo.

—Buenas noches, reinita mía. Tómate un Cola-Cao calentito antes de dormir, ya verás que te sienta bien. Hasta mañana.

Subí las escaleras en trance, sintiendo el metal contra mi piel.

El anillo templario parecía pulsar en mi mano.

Luis guardaba un juramento, un secreto que lo unía a los guardianes de la cruz bermeja, y yo, con la marca del nudo en mi piel, acababa de entender que nuestro vínculo iba más allá de una simple amistad.

Éramos las dos caras de la misma moneda, una ficha en un tablero de juego que solo podría avanzar hacia adelante, sin opción a retroceder.