La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 34 La Marca en la Carne
30%

Capítulo 34 La Marca en la Carne

Bianca terminó de examinar la transcripción del pergamino de la libreta de Luis.

Se quitó sus gafas de lectura dejándolas caer sobre su pecho gracias una cadena que unía las patillas y apoyó sus manos sobre la mesa tratando de encontrar algo de estabilidad ante la avalancha de pensamientos.

Se hizo un silencio denso durante unos segundos, segundos que me parecieron una eternidad, hasta que se rompió de súbito.

—La marca... —susurró Bianca, mirando fijamente el croquis que Luis había dibujado de la torre, con aquellas líneas entrelazadas surgiendo de un lateral—.

Lucía, este dibujo representa la geometría de una construcción.

Esta marca de aquí, dentro de la torre, es el símbolo infinito de ocho nudos...

un entrelazado que se cierra sobre sí mismo.

—Parece un nudo celta. Me encanta para un logotipo —dije yo, incapaz de frenar mi vena publicista incluso en aquel momento—.

Estaba dibujado en el margen del pergamino, pero me fijé que la tinta era diferente a la del texto.

Parecía una anotación añadida a posteriori, como si alguien hubiera querido dejar una firma visual.

Al ojo crítico de una creativa publicitaria, aquel detalle no le había pasado desapercibido. Pero Bianca me miraba con una expresión que iba mucho más allá de la heráldica o el diseño.

—No, Lucía. No me entiendes —Bianca se levantó y me agarró por los hombros, obligándome a mirarla—.

Mi padre... tu abuelo... siempre te protegió a ti de una forma especial.

Recuerdo que cuando yo era niña, me hablaba de un secreto relacionado con nuestra familia, pero yo no alcanzaba a comprender a qué se refería.

Creo que ahora entiendo por qué he vivido obsesionada con hallar respuestas sobre nuestro origen.

Miré a Luis, que observaba la escena con un silencio poco habitual. Bianca, con semblante reflexivo, me pidió que me diera la vuelta.

—¿Te acuerdas de cuando eras pequeña y me preguntabas por qué tenías esa "mancha" de nacimiento que parecía un tatuaje mal acabado? —continuó Bianca con la voz quebrada—. La tienes justo encima de la cadera derecha, en la base de la espalda.

Sentí un frío repentino que me recorrió la columna.

Me levanté un poco la camiseta y bajé apenas el borde del pantalón.

Luis, con un respeto casi sagrado, acercó la pequeña linterna que aún llevaba en el bolsillo.

Bianca señaló una marca de color canela, pequeña pero de bordes asombrosamente nítidos.

—Luis, pon tu dibujo al lado —ordenó Bianca.

Cuando Luis acercó la libreta a mi piel, se me erizó el vello de todo el cuerpo. Era idéntica. La marca de mi nacimiento tenía una forma muy similar a la del nudo celta, el mismo entrelazado de ocho extremos curvos que alguien había trazado en el margen del pergamino del siglo XII.

—En su carne llevará la marca —recitó Luis en un susurro, recordando las palabras del Emperador Alfonso VII. Se llevó la mano a la boca para ocultar una risa nerviosa que no pudo contener ante la evidencia—. Lucía, esto se está poniendo más que interesante.

Me quedé helada. Aquella mancha que siempre había considerado una imperfección estética era, en realidad, el sello de propiedad de una historia de ochocientos años o más. Mi sangre, literalmente, guardaba la respuesta a todas las preguntas.

—Esa marca es la llave —dijo Bianca con firmeza—. Y esta torre dibujada seguramente sea una torre del monasterio, Lucía.