La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 30 La Llave y el Silencio de la Piedra
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Capítulo 30 La Llave y el Silencio de la Piedra

La calle de los Cubos estaba sumida en una penumbra inquietante.

El viento soplaba con fuerza, silbando entre los restos de la muralla romana que flanqueaba la Catedral.

Me ajusté la cazadora negra, sintiendo que mis manos temblaban de forma incontrolable.

El Loco, pensé. Estoy a punto de saltar al vacío.

—Puntual como un reloj suizo, reinita —la voz de Luis surgió de la nada, haciéndome dar un respingo.

Iba vestido de oscuro, con una mochila ligera y esa sonrisa que parecía inmune al miedo. Sacó una llave de hierro, larga y pesada, que brillaba débilmente bajo la luz de una farola lejana.

—¿Es la del archivero? —susurré. —Sí, se me la “prestó” del bolsillo de su chaqueta mientras se tomaba el segundo corto de vino —asintió Luis con un guiño—.

Por la mañana se la devolveré a tiempo, mientras se toma el café.

Entraremos por la puerta del claustro. A estas horas, los canónigos ya están soñando con el paraíso y el guardia nocturno tiene la costumbre de echarse una cabezadita en la sacristía.

Tranquila, lo tengo controlado; tengo mis fuentes.

La llave giró en la cerradura con un crujido que me pareció ensordecedor. La puerta cedió y, de repente, el aire cambió. El frío de la calle fue sustituido por uno más denso, cargado de olor a cera vieja, piedra húmeda y siglos de plegarias acumuladas en la sillería caliza.

Entramos en el claustro. Luis encendió una pequeña linterna de mano, pero cubrió el cristal con sus dedos para que el haz fuera apenas un hilo.

—Por aquí. El Archivo Capitular está tras esa reja —indicó señalando hacia el fondo de la galería.

Caminamos por las losas desgastadas. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad y, de repente, sentí un mareo súbito.

Las gárgolas que se proyectaban desde las alturas parecían inclinarse hacia nosotros, como jueces de piedra.

Al llegar a la puerta del archivo, mis dedos rozaron la madera de una mesa de catalogación donde los restauradores habían dejado varios objetos ese mismo día.

Y allí estaba. Un cilindro de madera de encina, el mismo que mencionaban las noticias, el que había servido de almohada a una reina durante ochocientos años.

—Luis, mira... —mi voz apenas fue un aliento—. Creo que lo hemos encontrado.

Lo tomé entre mis manos. Al contacto con la madera rugosa, sentí una descarga que me recorrió el brazo. Luis iluminó el objeto.

—Parece insignificante para tanto jaleo, ¿no?

—comentó él. —No lo es —dije, hablando con una certeza que no me pertenecía, sino que brotaba de mi sangre—.

Date cuenta de que si la mismísima infanta  Sancha mandó que lo colocaran bajo su cabeza en su sepulcro, es porque debía de ser su posesión más sagrada.

Extraje el contenido con manos temblorosas. Al desenrollar el pergamino, un aroma a lino y humedad me abofeteó los sentidos.

—Huele rico, como a lino a pesar de lo antiguo que es—exclamé sin mirar a Luis emocionada.

Mis ojos recorrieron torpemente la apretada caligrafía de la cancillería imperial, intentando reconocer las palabras que habían estado ahí plasmadas durante siglos:

"Yo, Alfonso, por la gracia de Dios Emperador, declaro que el linaje de Carracedo quede sellado por este voto. Serán señores de tierras y vigilantes de la senda. Su sangre custodiará aquello que mantiene al Reino a salvo de la sombra y asegura la victoria de la Cruz sobre la Media Luna.”

"Cuando el tiempo cumpla su ciclo y la sombra pretenda de nuevo imponerse, la última custodia surgirá de este mismo tronco del vigilante eterno. En su carne llevará la marca y en su sueño la llave. Solo ella podrá sellar la luz de nuevo, o permitir que la oscuridad devore la tierra para siempre."

—A mi me parece que este manuscrito es realmente importante—exclamé, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies—.

Madre mía… linaje de Carracedo, ¡mira Luis!

Mira esta gran rueda heráldica dibujada a tinta, mira la cruz en el centro, pone…

Imperatoris Totius Hispanie. Aunque no he entendido nada...

Tendría que leerlo mil veces para procesar esto..

En el margen inferior derecho, bajo la imponente rota imperial, había un dibujo geométrico hecho con una intensidad de tinta distinta, como una nota marginal: un boceto de trazos firmes de una torre que parecía nacer de una intrincada red de líneas entrecruzadas.

—¿Qué es eso? ¿Te dice algo este dibujo, Luis?

De repente, un haz de luz mucho más potente que el nuestro barrió el pasillo del claustro. Pasos pesados, rítmicos. ¡El guardia!.

—¡Mierda! —Luis me agarró del brazo—. La Torre, Lucía. El rayo de la carta. Tenemos que salir de aquí ¡ya!