La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 31 El Cuaderno de Luis y el Hilo de Bianca
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Capítulo 31 El Cuaderno de Luis y el Hilo de Bianca

Salimos de la Catedral casi sin aliento, fundiéndonos con las sombras de la Calle Ancha como si fuéramos dos espectros huyendo de un pasado que acabábamos de despertar.

Solo cuando doblamos la esquina hacia una pequeña bodega en el Barrio Húmedo, lejos de los focos y del eco de los pasos del guardia, nos permitimos soltar el aire.

—Luis... soy idiota —dije, tapándome la cara con las manos mientras nos abríamos paso entre la gente que apuraba las últimas rondas—.

Con el susto, no he memorizado ni la mitad.

Sé que decía algo de la Senda y de una Última Custodia...

pero los detalles, el signo rodado exacto...

Tenía que haberme llevado el pergamino, Luis. Me he quedado bloqueada.

Luis me miró con esa sonrisa pícara, disfrutando del momento como un prestidigitador a punto de revelar su mejor truco. Sin decir nada, metió la mano en su mochila y sacó una libreta de espiral algo desgastada.

—Mientras tú estabas en trance con el aroma a lino y los dibujitos, yo me he dedicado a ser tu escriba personal —dijo, dándole un golpecito triunfal a la tapa—. Lo he copiado todo. Palabra por palabra. Incluso he dibujado un croquis de esa torre con esos nudos raros.

Le arrebaté la libreta con un grito de alegría contenido y le di un abrazo tan fuerte que casi volcamos las copas de unos señores acodados en la barra que nos cerraban el paso.

—¡Eres el mejor! —exclamé, sintiendo que la sangre volvía a circularme por las venas—. Esto se merece una ronda de Prada a Tope y unos montaditos. ¡Invito yo!

Nos arrinconamos en una mesa alta para leer las notas con detenimiento. "Vigilantes de la Senda", "Sellar la luz de nuevo". A Luis se le pusieron los ojos brillantes, como si las estrellas de la Vía Láctea se hubieran colado en la bodega.

—¡Lo sabía! —susurró golpeando suavemente la madera de la mesa—. Esto no es un linaje normal, Lucía. Es una misión de custodia. Carracedo no era solo un apellido; era un cargo, un puesto de guardia que ha atravesado los siglos.

—¿Y ahora qué? ¿Por dónde seguimos? —pregunté. La universidad, los exámenes y mi vida en Segovia se sentían ahora como algo lejano, una piel con la que ya no me veía.

Me quedé mirando el poso oscuro en mi copa y, de repente, una figura familiar cobró fuerza en mi memoria.

—Tengo que ir a visitar a mi tía Bianca —sentencié—.

Es la hermana de mi madre y la única investigadora real de la familia.

Siempre la recuerdo en las cenas de Navidad, intentando explicarnos el árbol genealógico de los Carracedo mientras todos estábamos más atentos al turrón de chocolate y a los villancicos.

Nadie la escuchaba, Luis. Pero ella lleva años persiguiendo este rastro.

—¡Caro! Tu tía Bianca tiene que saber mucho de tus orígenes, quizá hasta del Vigilante de la época de Sancha y del emperador —comentó Luis mientras guardaba la libreta con cuidado—. Sin duda es el siguiente paso para seguir encontrando respuestas.

—Sigue en la misma casa de siempre con su pareja y su gata Mimi —añadí pensativa—. Mañana mismo cojo un tren a Valladolid. Hay que contrastar lo que ella sabe con lo que hemos descubierto aunque suponga pirarme las clases del viernes.

— Nada de trenes, mañana nos vemos aquí mismo para ir juntos, me traje el buga.