Capítulo 29 El Señuelo de Plata
La luz del amanecer se filtraba por los ventanales del Palatium , bañando la cámara episcopal con un tono dorado.
Doña Sancha se incorporó en el lecho con una lentitud inusual, estirando los brazos mientras un suspiro involuntario escapaba de sus labios.
En su piel aún vibraba el recuerdo del heno, el aroma a acero y la intensidad de una mirada que la había hecho sentir, por unas horas, fuera de la historia y sus pesadas obligaciones.
—Qué feliz se despierta mi dueña en el día de hoy —interrumpió Elvira, entrando con una palangana de agua tibia y una toalla de lino—. ¿A qué se debe tal semblante, mi señora? ¿Acaso un buen sueño ha visitado vuestro reposo?
Sancha, aún perdida en el eco de la noche anterior, le dedicó la sonrisa más auténtica de su vida.
—Sí, mi querida Elvira. Un sueño maravilloso que me da toda la fuerza necesaria para continuar nuestro camino hacia las montañas. Siento que, a partir de hoy, nada puede salir mal.
Elvira rió con suavidad, aunque sus ojos —rápidos y analíticos— no perdieron detalle de la luz nueva que brillaba en la Infanta.
Mientras terminaba de preparar el agua para su aseo, Sancha se sumergió en sus pensamientos, ignorando por un momento el peligroso paso de montaña que estaban por transitar.
Poco después, la comitiva abandonaba Astorga.
El trayecto era un hormiguero de humanidad.
Cruzaron el Monte Irago al son del ¡Ultreia!
que resonaba entre los pinos. El señor de Carracedo, abriendo la marcha, observaba el desfile de penitentes descalzos, enfermos que arrastraban sus esperanzas hacia el Apóstol y pecadores que buscaban en el polvo la redención de sus culpas.
Eran los luceros del camino, pero entre ellos, el caballero sabía que acechaban los villanos: aquellos enemigos de la paz que no temían al fuego eterno con tal de obtener oro o el favor de un rey extranjero.
Al mediodía, se detuvieron a descansar en un humilde refugio de montaña a orillas de un arroyo cantarino.
El aire olía a pino y al guiso potente que humeaba en grandes fuentes de barro.
En una mesa se sentaron los freires francos junto a don Nuño, el monje García y el señor de Carracedo.
En otra, algo más apartada, Sancha y Elvira compartían un plato de legumbres y un trago de vino tinto.
Carracedo se levantó con parsimonia. Al acercarse a la mesa de las damas, sus ojos se encontraron con los de Sancha.
Fue un instante de complicidad sobrenatural, un reconocimiento silencioso de lo ocurrido en las caballerizas que hizo que el pulso de ambos se acelerara.
Sin embargo, el rostro del caballero recuperó pronto su máscara de frío estratega.
—Señora —dijo él, inclinándose levemente y extrayendo el cilindro de plata de su jubón—.
Tenga vuestra alteza el pergamino real donde se me nombra Vigilante Eterno y se marca el destino de la luz en Carracedo.
Siento que estará a mejor recaudo entre sus posesiones que en las alforjas de mi corcel.
No quisiera que un percance en el camino nos privara de tal tesoro.
Sancha, sorprendida pero conmovida por la confianza, aceptó el cilindro. No sabía que el tubo solo contenía una vitela en blanco; Carracedo la mantenía al margen del engaño para que su reacción fuera natural, puramente real.
—Lo guardaré como mi propia vida, caballero —respondió ella, entregándole el objeto a su dama—. Elvira, ponedlo a buen recaudo entre mis enseres más privados.
Elvira tomó el cilindro de plata. Sus dedos rozaron el metal frío con una avidez que no pasó desapercibida para los ojos de halcón del señor de Carracedo.
El caballero volvió a su mesa, sintiendo el peso del verdadero pergamino imperial contra su propio pecho, oculto bajo la cota de malla, mientras recordaba que la sagrada reliquia oculta en el cofre de madera seguía a salvo con los freires .
Al retomar la marcha hacia el descenso del Acebo el valle del Bierzo se adivinaba en el horizonte. Carracedo vigilaba cada sombra en el pinar. Había lanzado el cebo. Ahora solo faltaba ver quién, en la oscuridad del siguiente campamento, intentaría morder el anzuelo de plata.