Capítulo 28 El Aliento de la Luna
El establo del Palatium olía a heno fresco, a cuero tibio y a la presencia pausada de los animales.
El señor de Carracedo aguardaba junto a Cierzo, su mano acariciando el belfo del semental para calmar una inquietud que no era del animal, sino propia.
El eco de los rezos se desvanecía en la distancia, dejando a Astorga bajo el dominio absoluto de una luna llena que bañaba de plata las aristas de la piedra roja.
Cuando una sombra grácil cruzó el dintel, el corazón del guerrero, forjado en el rigor de mil batallas, dio un vuelco que ninguna carga de caballería había logrado jamás.
—No habéis hecho esperar a la noche, caballero —susurró doña Sancha.
Ella se despojó de la capucha de su capa oscura.
Al entrar en el área donde los rayos de luna se filtraban por las rendijas de la madera, su rostro apareció ante él con una belleza que le dolió.
Carracedo hincó una rodilla en tierra por puro instinto de vasallaje, pero ella, con un movimiento rápido y casi desesperado, le tomó de las manos para obligarlo a levantarse.
—Aquí no, Carracedo. Aquí no hay coronas —dijo ella, con una voz quebrada que él nunca había escuchado.
Se desplazaron hacia un rincón protegido por altos fardos de heno que crujían bajo sus pies. El lugar era cálido, íntimo; un santuario de paja y penumbra donde el mundo exterior, con sus reyes y sus traiciones, parecía una fábula lejana.
—Señora... —empezó él, intentando aferrarse a la voz firme del soldado—, me habéis convocado por el peligro que nos acecha. Mis sospechas sobre García y Nuño...
—Olvida a los clérigos, olvida a los escribanos —le interrumpió Sancha, dándose la vuelta para mirarlo de frente.
Sus ojos, bañados por la luz plateada, buscaban los de él con una intensidad que lo desarmaba—.
El peligro es real, Carracedo. Alfonso Enríquez quiere la reliquia porque cree que el poder está en el objeto.
Pero tú y yo sabemos que el verdadero poder reside en quienes lo custodian.
Sancha se acercó más. El aroma a sándalo y lino de la Infanta se mezcló con el olor a tierra y acero del guerrero.
Carracedo sintió que el aire se espesaba.
Su respeto por ella había sido siempre su armadura, pero esa noche, el hierro pesaba demasiado.
Él la veneraba como a una santa, pero la deseaba como el hombre que se ha forjado en la soledad de la frontera.
—Mis visiones... —continuó ella, bajando el tono hasta que su aliento rozó el rostro del caballero—, me mostraron la traición de Portugal, sí. Pero también me mostraron que en este viaje, mi mayor fortaleza eres tú. Y mi mayor condena también.
Carracedo sintió un escalofrío de fuego recorriéndole la espalda. Ella era de sangre real, un faro para la cristiandad. Él era el hijo de un el hijo de un infanzón despojado de sus tierras que apenas empezaba a levantar el honor de su nombre.
Era una transgresión que desafiaba el orden sagrado de los reinos, y sin embargo, en aquel lecho de heno, bajo la mirada cómplice de la luna, nada de eso importaba.
—Venerada señora —musitó él, con la voz ronca por la contención—, daría cada gota de mi sangre por protegeros. Mi vida es vuestra. Mi alma... mi alma ya os pertenece desde que cruzamos las puertas de León.
Sancha extendió una mano temblorosa y rozó la mejilla del caballero, justo sobre la pequeña cicatriz que marcaba su pómulo. Carracedo cerró los ojos ante el contacto, permitiéndose por primera vez la debilidad de sentir el calor de su piel.
—Si el destino decide que esta reliquia sea lo último que guardemos —dijo Sancha, acortando la distancia final—, quiero saber que, al menos por una noche, somos quienes queremos ser. Solo dos almas buscando refugio en la tormenta.
La misión y las traiciones se desvanecieron, sustituidos por el lenguaje del aliento compartido.
En el silencio de las caballerizas de Astorga, dos adultos curtidos por el peso del mundo se rindieron a la atracción que los unía.
Se miraron con la verdad desnuda de quien sabe que mañana el acero volverá a mandar, pero que hoy, bajo la luz de la luna, el amor era la única reliquia que valía la pena proteger.
Sus manos se entrelazaron buscando la calidez entre el heno, mientras los bronces del templo de Santa María marcaban el inicio de un secreto que ni el tiempo, ni la historia, lograrían jamás borrar.