La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 27 El Juego de las Sombras
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Capítulo 27 El Juego de las Sombras

El Palatium Episcopal era un laberinto de piedra fría y vigas de madera que crujían con el viento racheado de la tierra de Astorga. Mientras doña Sancha descansaba en la cámara principal, el señor de Carracedo decidió que no podía permitirse el lujo de esperar a que el traidor diera el primer paso.

Había enviado al hermano Baudilio, el freire del Císter más joven, a seguir a don Nuño por las abigarradas calles del mercado. Él, por su parte, se quedó vigilando el cofre en la sala de armas, pero su atención, afilada como un puñal, estaba puesta en el monje García.

García estaba sentado en un rincón, iluminado por el temblor de una vela de cera.

Supuestamente revisaba las cuentas del viaje, pero su pluma no se movía sobre el pergamino.

De repente, el monje se levantó con sigilo y se deslizó hacia el huerto del obispo.

Carracedo le siguió como una sombra fundida en los muros.

Entre los perales, García se encontró con un hombre embozado y le entregó un pergamino enrollado.

—El precio del grano debe ser muy alto para negociarlo a estas horas, hermano García —tronó la voz de Carracedo, emergiendo de la oscuridad.

El monje dio un respingo, cayendo de rodillas sobre la tierra húmeda.

—¡Señor! ¡No es lo que pensáis! —sollozó García, extendiendo el papel con manos temblorosas—.

Son las cartas de defunción de los peregrinos que murieron en el Órbigo.

El hombre es un enterrador de la cofradía local; le pedí que enviara los nombres a sus familias en Galicia...

No quería que la Infanta cargara con más muerte de la necesaria.

Carracedo arrebató el papel. Bajo la luz de la luna, comprobó que era cierto: una lista de nombres, edades y aldeas.

Una obra de caridad cristiana, no de traición política.

Poco después, el hermano Baudilio regresó con don Nuño.

El escribano había sido visto entregando una bolsa de monedas a un desconocido, pero resultó ser el pago atrasado a un joven copista que le había ayudado con los códices de León.

Ambos sospechosos quedaban, de momento, limpios de culpa.

Pero la inquietud en el pecho de Carracedo no amainaba.

La cena oficial con el obispo fue un despliegue de poder espiritual y terrenal.

Tras un baño reparador y vestirse con ropa limpia de lino, la comitiva se sentó a una mesa larga de roble.

Sirvieron un reconfortante potaje de garbanzos con berzas y puerros junto a una generosa bandeja de verduras asadas.

De beber, un vino tinto de los valles del Cea, servido en pesadas copas de estaño.

El obispo bendijo la mesa bajo los arcos románicos del Palatium.

Tras apenas probar bocado y sin mediar palabra, los tres freires se retiraron discretamente a sus aposentos.

Cuando el banquete tocaba a su fin para el resto de los comensales  y los criados comenzaban a retirar las pesadas fuentes, doña Sancha se levantó con majestad.

Todos se levantaron al unísono como signo de respeto a la Infanta de León.

Al pasar junto al señor de Carracedo, su mano rozó la de él por un instante fugaz, casi imperceptible para el resto.

No hubo palabras, solo el roce de un trozo de vitela que quedó en la palma del caballero.

Carracedo esperó a estar a solas bajo la luz vacilante de una antorcha para leer el mensaje escrito con letra firme:

En sonando la campana de Completas, aguardadme vos en reposo del corcel

El Caballero guardó la nota en su jubón. Sabía que Sancha no pediría una reunión secreta en las caballerizas sin un motivo de peso. Aguardó en sus aposentos, escuchando el lejano sonido del último rezo, y se dirigió con precaución hacia el establo donde descansaba su fiel caballo Cierzo.