Capítulo 26 Las Murallas de la Memoria
El sol de la mañana golpeaba las espaldas de la comitiva mientras avanzaban por las áridas llanuras de la tierra de Astorga.
Al fondo, recortándose contra un cielo de un azul hiriente, empezaban a vislumbrarse las imponentes murallas romanas de Astorga.
Aquella ciudad de piedra roja era un bastión de seguridad, pero para doña Sancha y el señor de Carracedo, cualquier sombra proyectada sobre el camino polvoriento se sentía ya como una amenaza.
La infanta Sancha cabalgaba en un silencio tenso.
El incidente del puente la había dejado inquieta; sabía que su caballero sospechaba lo mismo que ella, pero también entendía su prudencia.
En una corte tejida por linajes ancestrales y alianzas frágiles, acusar de traición sin pruebas físicas era como lanzar una antorcha a un pajar: el fuego podía volverse contra uno mismo.
Aprovechando que el sendero se ensanchaba y que el escribano don Nuño y el monje García se habían quedado rezagados discutiendo con vehemencia sobre el precio del grano, Sancha espoleó suavemente su palafrenera hasta ponerse a la altura de Carracedo.
—Habéis dormido poco, noble caballero —dijo ella, con una voz lo suficientemente baja para que solo el viento y él la oyeran.
—El sueño es un lujo que el Vigilante no puede permitirse, mi señora —respondió él sin apartar la vista del horizonte—. Al menos no hasta que estéis a salvo tras los muros de Asturica.
Sancha suspiró, mirando hacia las torres que se aproximaban.
—Lo que me comentasteis anoche tras la emboscada, sobre lo que visteis en el río... el olor a brezo y a incienso. Coincide con lo que vi en mi despertar en León. Así es, el enemigo no reza en los templos del sur. Mi primo, Alfonso Enríquez, es quien viene tras la reliquia y sin piedad alguna.
Carracedo giró levemente la cabeza. Sus miradas se cruzaron por un instante y en ese segundo hubo más comunicación que en mil pergaminos sellados. Él vio el temor regio en ella, y ella vio la determinación implacable en él.
—Tiene sentido, señora. Hemos de ser precavidos.
Puede haber un infiltrado entre los que viajan con nosotros y si es así, no tardará en dar su siguiente paso.
En Astorga hay demasiados rincones y callejas.
Le imploro que no os separéis de mí ni de los freires ni siquiera para rezar en la seo de Santa María.
—¿Sospecháis de alguno en concreto? —preguntó Sancha, rozando con sus dedos el pomo de la silla de montar.
—Don Nuño escribe demasiado y mira poco a los ojos. El monje García pregunta demasiado por la ruta que tomaremos al salir de Ponferrada. Cualquiera de los dos podría ser la mano que escribe a Portugal. Pero os prometo algo, señora: antes de que crucemos el monte Irago, sabré quién es.
Entraron en Astorga por la Puerta del Sol.
El bullicio de la ciudad, con sus mercaderes de especias, peregrinos de lenguas extrañas y soldados de guardia, les rodeó de inmediato.
El olor a polvo y a cuero viejo de la vieja ciudad romana les dio una falsa sensación de normalidad.
Se dirigieron al Palatium episcopal, una construcción robusta cerca de la seo de Santa María que servía de residencia para el obispo y como lugar de recepción para la nobleza.
Mientras los monjes blancos descargaban el cofre bajo la vigilancia de Carracedo, don Nuño se apartó un momento del grupo alegando que debía buscar tinta y pergamino nuevo en el mercado.
Carracedo le vio alejarse, perdiéndose entre la multitud con una prisa sospechosa.
Hizo una señal discreta a uno de los monjes para que lo siguiera desde las sombras y luego volvió su mirada hacia la torre del templo.
Sabía que en algún lugar de aquella ciudad roja, un mensajero estaba esperando una señal. Y él estaba dispuesto a interceptarla.