La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 25 El Paso de Órbigo
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Capítulo 25 El Paso de Órbigo

La llegada de la comitiva al puente del Órbigo fue recibida por el lamento de los heridos. El hospital de los caballeros de San Juan, una modesta construcción de piedra y adobe junto al río, trataba, como podía, de dar cobijo a una marea de peregrinos exhaustos que se hacinaban en el umbral.

—No hay sitio, señores —dijo el freire hospitalario, limpiándose las manos ensangrentadas en su sayal—. Los que no vienen consumidos por el cansancio de las calzadas, vienen con tajos de bandidos. Esto es tierra de nadie y no tenemos más manos para atender a tanta miseria.

A su lado, un peregrino francés con la mirada perdida y una pierna mal vendada hablaba con voz rota; decía que, en los pasos de montaña, los hospitales de los monjes eran su única salvación frente a los lobos y los hombres.

Todos se miraron entre sí; en sus ojos se leía una determinación compartida: aquel enclave estratégico merecía una guardia permanente, un firme bastión que fuera refugio de caridad y defensa para el Camino.

Doña Sancha, despojada de su pesado manto real de seda para moverse con libertad, se movía entre los enfermos con una piedad que no entendía de rangos.

Sin embargo, su mente habitaba en la visión: buscaba la mirada del señor de Carracedo, deseando confirmarle que el rostro del rey luso que vio en sueños era el que acechaba en las sombras.

Pero la presencia constante de la comitiva —el afilado escribano don Nuño y el monje García— se lo impedía.

—Solo puedo ofrecerles espacio en la hospedería tras la cena —añadió el freire hospitalario—. Pueden ocupar esta mesa; hoy servimos caldo y pan de hogaza.

Tras unos sorbos de aquella sopa rancia, Carracedo tomó un pedazo de pan y se levantó para hacer una ronda exterior.

A pesar del barullo de la sala, percibía el silencio de los cañaverales; un silencio artificial, denso.

Al salir al aire frío, divisó a lo lejos, en la orilla opuesta del río, el destello de una hoguera que se apagó súbitamente.

—Demasiado rápido —pensó, agazapándose.

Se acercó a la orilla, oculto entre los pilares de piedra del puente.

Allí, enganchado en una rama que lamía el agua, vio un retal de lino blanco con la típica caligrafía cúfica en negro: "Al-mulk lillāh" (El poder es de Dios).

Era un mensaje que Carracedo conocía bien de las antiguas crónicas de las incursiones sarracenas.

Pero al olerlo, algo no encajaba. No olía a las especias o los ungüentos de Al-Ándalus, sino a brezo húmedo y cuero curtido.

Recordó entonces el forcejeo con el asaltante camino a León: sus facciones no eran las de un hijo de Ismael. ¿Estaría alguien camuflando una traición fratricida bajo los símbolos del enemigo?.

Regresó apresurado a alertar del peligro cubriéndose las espaldas.

Carracedo y los tres freires se apostaron junto a las cuadras para armar guardia.

Las estrellas en el cielo se ordenaban siguiendo esa línea lechosa que los peregrinos llamaban el Camino de Santiago, su guía celestial hacia el final de la Tierra.

De repente, el silencio fue rasgado por el siseo de una flecha que se clavó vibrando en el dintel de la puerta.

—¡A las armas! —rugió Carracedo, desenvainando su espada de acero.

Una turba de sombras vestidas con chilabas oscuras y turbantes irrumpió por las ventanas y la puerta trasera, buscando directamente el cofre de cedro.

La lucha fue brutal. Los asaltantes eran numerosos, pero Carracedo notó su torpeza de inmediato: blandían las cimitarras con una rigidez impropia del sur, usando la fuerza del hombro como quien está acostumbrado al peso de la espada recta.

Eran cuatro contra cuarenta, pero peleaban como cuatrocientos. La técnica letal de los monjes blancos era una danza de muerte precisa. Carracedo logró arrancar un trozo de tela del brazo de un atacante y el aroma lo golpeó de nuevo: incienso de catedral y brezo.

Al verse superados, los asaltantes emitieron un silbido y se retiraron hacia la oscuridad del río. El hospital quedó en un silencio sepulcral.

—¿Lo habéis sentido? —preguntó Carracedo, limpiándose la sangre de la hoja. —Eran torpes con esas hojas curvas —respondió el templario veterano, cuyo rudo acento francés cortó el aire frío de la noche—. No eran sarracenos. Eran cristianos disfrazados de demonios.

Sancha salió de las sombras con el rostro pálido pero la mirada encendida. Vio a los peregrinos gimiendo en el suelo, heridos en la confusión.

—Olvidaos de las sombras por ahora —ordenó, aunque sus ojos buscaban los de Carracedo con urgencia—. Hay hombres muriendo aquí. Si Dios nos ha salvado de la traición, que nuestras manos sirvan ahora para sanar.

Carracedo asintió, guardando el retal en su cinturón. Intuía que en la comitiva pudiera haber un topo y que el próximo ataque pudiera no ser con disfraces. Astorga los esperaba, pero el camino se volvía cada vez más estrecho y letal.